11/08/2019 - 11:44

No destruyamos el árbol

Pedro Lorenzo Rodríguez

Pedro Lorenzo Rodríguez

Salgo a entrenar y me voy al Pinar de Tamadaba. Me pongo en medio de los pinos y extiendo mis brazos al cielo, mis dos grandes ramas. Siento que de mi cuerpo salen más ramas que se extienden, buscan el sol y el viento, la luna y la humedad, la luz de las estrellas de noche y el trino de los pájaros que también me hacen crecer.

 

Descubro que a los árboles les gusta que les hablen, también que les acaricien y les abracen. Vuelvo al ajetreo diario y siento que tengo ramas. Si alguien entra en mi despacho va a poder ver que estoy frondoso y quizás se siente junto a mí y descanse.

 

Hay “personas árbol”, quizás, yo sea una de ellas, es decir personas que tenemos un sentimiento vivo hacia cada árbol individual, y respeto y empatía hacia los árboles como especie. Sentimiento que está innato en mí desde mi infancia, inducido por las experiencias tempranas con árboles como subirme en ellos, jugar y esconder tesoros en sus troncos y ramas.

 

Me gusta estar bajo el cobijo de los árboles, sintiendo la vida que albergan sus raíces, sus troncos y sus ramas, su inherente belleza y dejarme inundar de una serena alegría vital que me obliga a buscar con los ojos la propia esencia del árbol en un profundo sentimiento de gratitud.

 

Desde la Antigüedad, todas las culturas y tradiciones tienen árboles sagrados. El Árbol de la Vida del Génesis, el ficus en el que Buda alcanzó la iluminación, el manzano de la isla de Avalon del rey Arturo, los árboles mágicos de celtas y druidas; así mismo las referencias a la simbología de los árboles son frecuentes en los libros sagrados del cristianismo, judaísmo y el Islam. De tal forma y manera que ocupan un espacio protagonista en la vida diaria y en el imaginario de las culturas, tanto las de hace milenios de años como de las actuales.

 

Aunque en muchas de ellas realzan esta conexión con los árboles en la medida que pueden ser utilizados como metáforas de la representación simbólica de las aspiraciones del propio hombre, “el árbol tiene sus raíces bien insertadas en la Tierra y tiene la aspiración de trascendencia al rozar el Cielo”. El olivo como símbolo de paz, aportando calma y serenidad, el sauce llorón nos ayuda a interpretar nuestros sueños, el castaño nos da vigor, el ciprés crecimiento espiritual, el haya serenidad y confianza, el robre fuerza y consejo…… Podemos interpretar que en estos aspectos el árbol deja de ser considerado árbol como ser viviente y tan solo le interesa al hombre por el aspecto simbólico que el mismo le atribuye.

 

Que escenario tan triste el de la cumbre de mi Gran Canaria.

 

Pedro Lorenzo Rodríguez Reyes  es integrador social, técnico en Gerontología Social por la Universidad de León y director del CAMP El Tablero.

 

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