06/07/2019 - 09:24

Palabras de infancia y juventud en Gáldar

Nicolás Guerra

Nicolás Guerra

Si los dos tomos de un diccionario con tapas de cartón pesan 4,4 kg y almacenan en su corpus 2264 páginas, una detrás de otra, ¿puede considerarse una obra desmedida por sus aparentes desproporciones? (Obvio el Diccionario de autoridades, 1726-1739).

 

Si en cada tomo de 25x18 cm los autores han reunido miles de palabras (lo juro: están ordenadas alfabéticamente) ya no solo con significados sino, muchas de ellas, con las variantes isleñas (Fv, GC, LP, Lz, Tf, Go, Hi), su presencia en tierras españolas (León, Andalucía, Murcia…), países americanos (Chile, Venezuela, Cuba...) y localidades (Gáldar, Agaete, La Guancha, Fuencaliente…), ¿no parece, estimado lector, que el Diccionario Ejemplificado de Canarismos (2009) puede tener muy buenas intenciones pero abarca demasiado?

 

Se lo voy a poner más increíble, abracadabrante: fiel al adjetivo “Ejemplificado” del título, casi todos los términos registrados van acompañados por citas literarias de mil ciento diecisiete autores, veintiocho publicaciones periódicas, veinticuatro diarios y boletines digitales y ciento veintidós referencias de Internet. (¿No fumas, inglés?)

 

Tal trabajo de los doctores Cristóbal Corrales y Dolores Corbella no es, sin embargo, un diccionario más: se trata de una monumentalidad léxica llevada a cabo con el máximo rigor, profesionalidad y minuciosa observación. Obras como esta dignifican la investigación sobre el español en Canarias y son la razón de ser del Instituto de Estudios Canarios, organismo editor.

 

Desde su publicación lo uso para el estudio de cuestiones lingüísticas relacionadas con nuestra tierra, así como el Diccionario Histórico-Etimológico del Habla Canaria (doctor Morera, 2006), el Básico del Habla Canaria (Óliver Quintero Sánchez, 2006), el Básico de Canarismos (Academia Canaria de la Lengua, 2010, digital), el Histórico del Español de Canarias (segunda edición ampliada, 2013; doctores Corrales-Corbella) y Tesoro léxico canario-americano (los mismos autores, 2010. Por cierto: 1198 páginas; tres kilos y 28x20 cm). Y como guía, el Diccionario de la Lengua Española (digital), aunque desde 1992 empecé a manejar la 21ª ed. (31x20 cm y 3,1 kg.).

 

Pues por eso del uso volví ayer al primero de los diccionarios: investigaba y encontré una observación escrita a mano. Hice el seguimiento y tropecé con la voz falúa, motivo de estudio un par de años atrás cuando confeccionaba el listado de voces relacionadas con Sardina del Norte (Gáldar).

 

Se trata de una pequeña embarcación a motor. Pero la faluga de los Peña, también motorizada, no transportaba a “personas de calidad” como la falúa académica: eran pescadores que con grandes sacrificios habían sustituido los remos por la máquina. Y no estaba sola la palabra: en la misma página encontré otras emparentadas. Así, por ejemplo, falucho, ‘pequeña embarcación a vela y remo’ o ‘barquichuelo que se usaba en la vecina costa africana’.

 

Este reencuentro me trasladó a la infancia y primera juventud y me embarcó a la búsqueda de otros términos relacionados con tales años. (No fue añoranza, quejumbrosa nostalgia o estéril evocación de cualquiera tiempo pasado, en absoluto: simplemente recuerdos del anteayer guardados en rincones de mi diario hoy con miradas hacia mañanas más pletóricos, libres, humanizados...)

 

Así, por ejemplo, cangrejiar, pescar cangrejos (quizás por afinidad algunos hablantes sustituyen la voz gangrena por cangrena). Su campo es amplísimo: se relaciona con cangrejilla o cangrejo ermitaño y, metafóricamente, con apestar, heder, (g-)oler, jeder.

 

Veintiséis variedades localizan los autores en el sustantivo cangrejo: araña, jaca, colorado, peludo, moro… e, incluso, locuciones (GC) como “¡Amárrame ese cangrejo!”, con significado de incredulidad o dificultad.

 

Cuando en Sardina calaban (echaban el chinchorro), los tapaculos o lenguados los devolvían a la marea… pues “solo son espina”. Andalucía, Cuba, Venezuela… conocen el tapaculo pintado. Y en Gomera el profesor Alvar supo del tapaculo negro, nada que ver con el tapacarajo (especie de pardela).

 

La pleamar puede subir hasta límites insospechados: es el reboso, acompañado de fuerte oleaje. Rebosan también las orillas costeras cuando la mar brava las llena de tablas, plásticos, basura (LP)…, aunque gomeros y herreños hablen de ‘viento débil’ que rebosa. Pero también puede rebosar “la parte alta e incipiente de los pechos de una mujer” (GC).

 

Pulpiadas y calamariadas son otra cosa, referidas a la acción de coger pulpos o calamares. Para las primeras, la fija con trapos blancos junto a la afilada punta es imprescindible, lo mismo que la potera (a ser posible enjabonada, así se confunde con la sardina por el brillo) para la pesca manual de calamares con la chalana al pairo, mantenida por la soga atada a la potala.

 

El primer término está emparentado con pulpeador, pulpiador, pulpero, pulpeo e incluso el pulpo flaire (fraile o fraire), cuya hembra une a su cuerpo un depósito parecido a la concha para depositar los huevos. El sustantivo calamar lo usó nuestro paisano Nicolás Estévanez Murphy (“Antes que la patria están la humanidad y la justicia”) para referirse a los conservadores, contrincantes políticos. Calamareadero y calamarón (calamar + camarón) forman parte de su campo.

 

Cuando la orilla de algunas playas está llena de plantas marinas -las algas del peninsular (y de canarios peninsularizados)- todo arranca de los sebadales o sebales, praderas submarinas “pobladas de fanerógamas” de donde se desprende la seba, portuguesismo arraigado en Canarias. De ahí el barrio de Las Palmas, el Sebadal, con S- y no C- como años atrás figuraba en los carteles de las guaguas, línea 19. (Pero sebar olas -doctor Morera- deriva por extensión semántica de ensebar o sebar, ‘poner sebo’. Los sardineros untaban los parales para deslizar las barquillas cuando las sacaban a tierra).

 

Los anteriores, estimado lector, solo son algunos ejemplos de los miles registrados. Otros (perreta, perenquel / peringuel / perenquén, (a-)tareco, tarosada, enguirrar, fonil, cuca, tabefe, querindango, golisniar…) son también familiares, instrumentos enriquecedores del habla canaria y diariamente escuchados y usados desde años ha.

 

Hoy muchos se han perdido. Tampoco es para rasgarse las vestiduras; a fin de cuentas se va imponiendo la globalización lingüística. Otros permanecen, y su conservación depende exclusivamente de los hablantes (a veces de sus complejillos). Pero la obra de los doctores Corrales/Corbella y las otras citadas siempre serán imprescindibles instrumentos por su valor universal.

 

Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.

 

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