06/10/2018 - 19:27

Burgaos, caracoles, chuchangos, caracolillos

Nicolás Guerra

Nicolás Guerra

Días atrás varios periódicos se hicieron eco de la noticia difundida por la Agencia EFE. Se refiere al descubrimiento en el Parque Arqueológico Cueva Pintada (Gáldar) de una “colección de burgados (caracolillos de mar) pulidos con una técnica sin precedentes”. Para los especialistas son “auténticas joyas de nácar”.

 

Lo cual me alegra como canario, cebollero, vecino de toda la vida y frecuente visitante de la Cueva desde mi segunda etapa infantil cuando el camino discurría entre la casa de “Mastro” Pepe el Ciego, plataneras y la acequia. El descubrimiento pinta como revolucionario: una hipotética cultura de refinada orfebrería puede echar por tierra juicios acerca de los antiguos pobladores isleños a quienes, tradicionalmente, se relaciona con el Neolítico (agricultura y pastoreo).

 

Y aunque su procedencia bereber añade otros componentes cuyo análisis dejo para especialistas –los hay muy rigurosos y con fundamentación científica-, me satisface publicar que los estudios en el Parque Arqueológico fructifican. Mis felicitaciones, pues, a quienes desde las variadísimas responsabilidades se toman en serio su deuda con la Historia y la conciencia colectiva.

 

Pero como mis planteamientos sobre el tema son puramente lingüísticos, retomo el hilo conductor interrumpido por las consideraciones anteriores (trabajos y descubrimientos). Así, una vez leídos varios periódicos, algo me llamó la atención.

 

La Agencia EFE, digo, distribuyó la noticia. La titula “Aparecen en Cueva Pintada de Gáldar caracolillos pulidos con una técnica única”. A lo largo del texto valora los hallazgos y destaca el alto nivel técnico de quienes realizaron la obra de orfebrería, pues los aborígenes desconocían los metales. En medio, “[…] descubierta una colección de burgados (caracolillos de mar)”.

 

El Confidencial.com reproduce el titular anterior con absoluta literalidad: “Aparecen […] caracolillos pulidos […]”. Durante el desarrollo de la información añade: “El hecho de que […] las conchas de burgados (o "burgaos")”…. Pero entrecomilla la voz burgao, lo cual podría indicar que la considera palabra no culta, acaso víctima del uso popular: este elimina con frecuencia la d en las terminaciones “-ado” (”Hemos acabao”).

 

Lo mismo sucede en Canarias7: “Aparecen […] caracolillos pulidos […]”. Y en la entrada amplía: “[…] colección de burgados (caracolillos de mar)”… Pasa también en el cuerpo de la noticia: “[…] utilizaban […] las conchas de burgados (o burgaos)”. A diferencia del anterior, no entrecomilla burgaos… pero marca el término en cursiva. ¿Por qué? ¿Lo estima inusual, incorrecto? Se hacen precisas, pues, ciertas reflexiones.

 

El andalucismo burgado no aparece en el Diccionario de la RAE relacionado con la mar. Aquella lo define como ‘caracol terrestre’ (¡). El profesor Alonso Zamora Vicente lo registra en el manual Dialectología Española (“burgado: caracol”) sin especificar si es de tierra o de mar en el apartado “Hablas de tránsito. El canario”.

 

Sin embargo durante mi infancia, juventud y madurez caminé costas grancanarias desde La Aldea hasta el barrio capitalino de San Cristóbal (en medio, Agaete, Gáldar, Guía, Moya, Arucas). Y a ninguno de los hablantes les escuché jamás la forma burgado para el susodicho animal terrestre. Usaban burgao con una única referencia: el de mar. Hoy se van imponiendo, sin embargo, caracol y, en menor medida, burgado. ¿Por qué? Lo tengo claro: domina el complejo lingüístico caracterizador de la incultura. Sus usuarios -¿desde el aula?- estiman como vulgarismos ciertas voces canarias. Y muchos mayores, por si acaso, imitan a los pollillos de hoy.

 

Mi afirmación no es gratuita. Rigurosos profesionales insisten en lo mismo: muchos canarios piensan que “hablan mal” el español cuando palabras propias del habla canaria (seba, aguaviva, balde…) forman parte de su cuerpo léxico. E incluso ya hacen sus pinitos con “vosotros, os, “cogéis”…. Lo cual no es ningún disparate, claro, en hablantes peninsulares. Pero la conservación de particularidades lingüísticas, léxicas, sintácticas… afianza elementos identificativos, sociales, culturales. (Una constatación: en 1947 Agustín Millares, José María Millares y Ventura Doreste usan, respectivamente, “Abrid, encontráis, Mirad”. Y Saulo Torón, y Quesada… Según José María, “fue influencia de Lorca, Hernández…”.)

 

La presencia de ambas formas viene avalada por la Academia Canaria de la Lengua (Diccionario Básico de Canarismos, DBC). Además, el doctor Morera Pérez (Diccionario Histórico Etimológico…) localiza burgao en documentos de los siglos XVI, XVIII y XIX. Registra su uso en países hispanos y Andalucía. Y añade otra variedad: en documentos del siglo XX aparece bulgao. Tal variante también figura en el Diccionario Ejemplificado…, doctores Corrales y Corbella.

 

Por tanto, burgao –dominante en Gran Canaria- no puede generalizarse. Mis informantes (personas de nivel cultural superior) así lo confirman: la terminación –ado se impone en Tenerife (Helena Martín) y La Palma (Chema Tante). Pero hay más: restaurantes, campos de béisbol, gimnasios… tinerfeños llevan el nombre de Los Burgados, con –d-. En Lanzarote (Yolanda Cáceres) y Fuerteventura (Antonio Godoy) la voz dominante es burgao.

 

Su identificación con caracol invita también a precisiones pues, por ejemplo, el DBC no relaciona caracol con la mar: “Caracol, Denominación que se da en Canarias al molusco del mismo nombre solamente cuando es de tierra”. E incluso entró en el campo musical, ajeno a su condición animal: “¡Todo aquel que quiera a una mujer / que baile el caracol!”. Así cantan en Gáldar el “Baile del Caracol”.

 

El caracol viene a ser chuchango / chuchanga según nos encontremos, respectivamente, en Fuerteventura y Gran Canaria o Tenerife, Lanzarote y La Palma. Forman parte de expresiones populares (que no vulgares) como “¡Vete a freír chuchangas!” (DBC) cuando damos por acabada una discusión con alguien muy empecinado.

 

Otra cosa son los caracolillos. Trátase de pequeños caracoles de mar (apreciadísimos en Dieppe, Normandía), diferenciados de los burgaos por formas geométricas y colores. Palabra que –al menos en Sardina de Gáldar- pasó al campo de la “cirujía” popular: si una herida no se atiende y está expuesta al agua salada, el caracolillo perforará la parte afectada y puede llegar al hueso.

 

Así pues, los hablantes imponen: a fin de cuentas son los propietarios de la lengua. Burgado o burgao, indistintamente. Chuchango o chuchanga, da igual. Pero me julean, en boca de canarios, los caracoles de mar.

 

Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.

 

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