13/05/2018 - 08:55

Un carlista de Gran Canaria

Nicolás Guerra

Nicolás Guerra

El nombre del carlista don Luis Doreste Manchado no encabeza este artículo por casualidad, azar o imposición de hados, sinos o destinos románticos. Además, absolutamente nada me unía a su muy respetable planteamiento político pues defiendo, por ejemplo, la elección democrática del jefe de Estado por la ciudadanía. O en su caso por las Cortes, tal como recoge el constitucional artículo 68 de la II República Española (“Presidente de la República”) sin atender a cunas, apellidos y tradiciones.

 

Aunque no lo conocí personalmente, me resultaba familiar. Tenía yo vaga idea de su tradición carlista y la estrecha relación con la Junta Suprema de la Comunión Tradicionalista, planteamiento ideológico muy relacionado con temas de palacio que giraban en torno a la entronización en España de una rama borbónica (la representada por Javier de Borbón Parma) frente a la del otro pretendiente, Juan de Borbón y Battenberg. Por tanto, nada que me pudiera interesar. Ni tan siquiera despertaba en mí la más mínima curiosidad… salvo la puramente histórica, claro.

 

Sin embargo, estimado lector, la curiosidad lectora me puso en contacto indirecto con él: don José Luis Doreste Miranda –sospecho la condición filial- publicó días atrás el artículo “Un canario en Montejurra” (La Provincia). Con entrañable devoción hace un recorrido –controlado sentimentalmente- por la actividad política de su padre.

 

Este fue combatiente en el bando franquista durante la Guerra Civil frente al Gobierno legalmente establecido, la República reinstaurada en 1931; crítico (1967) con Falange Española (añádase “y de las JONS”), partido único de la dictadura; colaboró (1972) en el Manifiesto de las Fuerzas Democráticas de Canarias cuyos planteamientos coincidían con los defendidos desde 1970 por la revista Sansofé (Las Palmas), publicación semanal en defensa de la libertad secuestrada a la cual, consecuentemente, la dictadura le secuestró sus palabras. Caminó en pública manifestación bajo la acordada pancarta que reclamaba “Amnistía, Libertad” (1976). Fracasó como candidato político carlista (1979) y, a partir de esa fecha, se retira de la política.

Lu lectura del artículo, pues, me hizo desandar caminos: yo había vivido con intensidad y apasionamiento juvenil aquella maravillosa etapa de pacífica revolución a la búsqueda de palabras en libertad. Y en medio de tantísimas vivencias el nombre de don Luis ocupaba un espacio oscuro en mi memoria, mas no lograba desentrañar la razón de su presencia.

 

Mientras paseaba durante la del alba del martes, la tarosada desbloqueó por minutos las cuasiobstruidas cañerías del recuerdo: su nombre figuraba en una publicación mía del año 2000. Se trata de 3 consejos de guerra y 1 ‘Consejo de paz’. De Sagaseta a Lezcano (CCPC). Tras la lectura del último borrador, el propio Pedro Lezcano escribió el texto para la contraportada. Destaco el siguiente párrafo: “Estos sucesos conmovieron profundamente a la opinión pública y motivaron que ciudadanos de diversas ideologías (monárquicos, falangistas, comunistas, etc.) suscribieran un pliego de protesta ante el Gobierno Civil de Las Palmas”.

 

¿A qué “sucesos” se refería el poeta? Están rigurosamente documentados en el libro. Uno: el abogado laboralista Fernando Sagaseta y siete compañeros suyos habían sido condenados (1962) en consejo de guerra a distintos años de prisión por formar parte del “Movimiento Canarias Libre […] matizado por un cierto izquierdismo marxista”.

 

Cuatro años después su sobrino Salvador Sagaseta (menor de edad. Por tanto, para el magistrado Eligio Hernández hubo “aberración jurídica”) y Juan Hernández Rodríguez (redactor jefe de Diario de Las Palmas) son sometidos a consejo de guerra acusados por la publicación en el periódico vespertino de un poema de Lezcano (“Consejo de paz”) junto a la foto del cantante Antoine, símbolo de la juventud inconformista. Fueron absueltos a la espera de la última palabra: la del capitán general de Canarias. Este no acepta el fallo.

 

Lo cual lleva al tercer consejo de guerra (1967): incluye al poeta. Y los absueltos el año anterior son imputados por el mismo delito (no hay “supuesto”). El periodista se salva; Lezcano fue condenado a seis meses de prisión, que no cumple. Y a Salvador se le impone el doble de la pena solicitada por el fiscal militar: dos años de cárcel (“monstruosidad jurídica” según el abogado defensor Lorenzo Olarte Cullen). Los sufre con algún añadido por “alteraciones internas” en varias prisiones andaluzas.

 

Y aquí es, precisamente, donde aparece don Luis Doreste Manchado, monárquico. Tras la sentencia condenatoria una comisión de ciudadanos canarios (como escribió Lezcano, “de diversas ideologías”) –Gabriel de Armas, Carlos Bosch Millares, Juan Márquez Peñate, Juan del Río Ayala, Fernando Sagaseta, Carmen Jaén (mujer de Lezcano) y Luis Doreste Manchado- presenta personalmente en el Gobierno Civil diversos escritos dirigidos a distintos organismos oficiales –entre ellos, Presidencia del Gobierno-.

 

Los documentos, firmados por unas seiscientas personas (“poetas, religiosos, escritores, profesionales, artistas, intelectuales”…) muestran estupor y quejas ante tal fallo condenatorio y el efecto que este “Puede tener en el ánimo de nuestra sociedad que verá una prueba insólita de inseguridad hacia el orden y respeto a las normas que aseguran la convivencia en el futuro de nuestra patria”.

 

En el exterior del Gobierno Civil están concentrados “amas de casa”, estudiantes, técnicos, poetas, abogados, maestros nacionales, varios enlaces sindicales y obreros de Lloret, Silos Portuarios, Tirma, Cinsa… Todos, invitados a retirarse una vez salió del centro oficial la comisión, “lo hicieron pacíficamente dentro del mayor orden” (El Eco de Canarias).

 

La protesta y los escritos, por supuesto, de nada sirvieron: Salvador Sagaseta ingresó en la cárcel (Barranco Seco). Y como recibía muchas visitas fue trasladado a territorio peninsular, separado de Gran Canaria por el altísimo precio de los billetes de avión o el martirio de tres días de barco. Pagó por llevar el mismo apellido que su tío Fernando. Al día siguiente de su regreso a la Isla el Ejército lo reclama: debe cumplir el servicio militar… en África. Huye a Italia y encuentra refugio político.

 

Un carlista ya señero, pues, sensibilizado frente a las barbaries del Régimen. Lejos quedaba el joven requeté de 19 años voluntario en la Guerra Civil a las órdenes del bando rebelde.

 

Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.

 

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