08/02/2009 - 22:24

¡Hooola!... tu

¡Hooola!... tu

L@s individu@s de la sociedad actual, en su mayoría, prescinden cómoda e inconscientemente de la responsabilidad de asumir sus propias convicciones, documentarlas culturalmente, fortalecerlas socialmente y/o educarlas psíquicamente, de tal forma que puedan esgrimir argumentos defendibles como aportaciones positivas a la convivencia cotidiana. Este tipo de conductas arrastra a l@s individu@s a un estadio de incredulidad generalizada, de forma ligera y fácil, denotando disconformidad con casi todo lo que le llega y albergando cierto descrédito ante el hecho o noticia que tacha de insegura o incierta.

No hay credibilidad que fundamente una firme opción de comportamiento reglado por la constancia o la cordura.

Desde este punto, su incredulidad, le lleva a no admitir de entrada como cierto, cualquier argumento que su entendimiento no alcance y/o no esté probado o demostrado, retirando cualquier tipo de asenso ante las evidencias que la vida le muestra, para caer en un cómodo y despreocupado agnosticismo, que surge de la inaccesibilidad que su pensamiento encuentra ante la falta de trascendencia que la experiencia cotidiana le pueda deparar.

Eso se refleja en la actual falta de compromiso para hacer una crítica estricta de la forma de actuar de quienes nos gobiernan, a quienes podemos exigir, dentro de los medios orquestados por esta sociedad en la jurisdicción ordinaria, cualquier tipo de responsabilidad o aclaración de aquellas situaciones que surgen con motivo de la mala o mafiosa gestión de los bienes públicos, de cualquier índole y, que incidan negativamente sobre los intereses de la colectividad.

Los diversos culebrones que a nivel internacional, nacional, regional, provincial o municipal vemos plasmados en la prensa cotidiana, con visos de escándalos, con una gran dosis de sensacionalismo, en los que se denuncian acciones y actuaciones con tal grado de corrupción, que provocarían estupor incluso a los fallecidos en el siglo pasado, quienes ante tamaño escándalo, preferirían seguir durmiendo en la eternidad.

Estamos en una época, en la que las convicciones que infundieron los grandes pensadores, con unas teorías filosóficas que condujeron al pensamiento dentro de unos comportamientos sociales novedosos que reglaron la sociedad, ya no están vigentes, carecen de valor moral o ético y, las conductas que inspiraron, ya no se estilan, han sido sustituidas por acciones fundamentadas en el sensacionalismo del momento que se confunden con la competitividad, como se confunde el insulto con la libertad de expresión, como también hay quienes piensan que ejercer el derecho de la interpretación les faculta a la actuación dictatorial de no considerar ni valorar las alegaciones externas o de favorecer a quienes les parezca o les venga en gana.
Lo demencial es que además no nos inmutemos ante situaciones extremas, en las que los derechos de los ciudadanos y de los seres humanos en general son pisoteados cruelmente, sin respeto ni consideración alguna, comportamientos que nos hacen ver en la tele o en la prensa imágenes en las que un padre porta en sus manos el cadáver de un bebé víctima de los ataques israelíes en la franja de Gaza, o tres jóvenes que van a ser juzgados por asesinato con alevosía por matar a otro joven a patadas en Las Palmas de GC.

En la primera, el dolor y la impotencia chocan frontalmente contra la inhibición de casi la totalidad de los países que podrían intervenir para acabar con este conflicto. En la otra en cambio, dos rostros impasibles y un tercero que además se ríe, tal vez por haber salido en las noticias del día como protagonista de su propia inhumanidad, con pasividad y burlándose de la actual legislación en la materia, esa que no consigue o no quiere regular las conductas de la jungla del asfalto y el hormigón y, seguramente en unos pocos años les veremos de nuevo en la calle, tal vez cometiendo las mismas atrocidades, en connivencia con el derecho que les otorga nuestra querida constitución y los derechos humanos a los que sí se acogen ellos, pero que al parecer no tienen sus víctimas.

Cuando el ser humano no tiene convicciones defendibles ante la sociedad, sin que éstas causen detrimento de los derechos de sus conciudadanos, la cosa va mal, por que, ni vence ni convence y eso, lo hemos visto en diversas ocasiones y a todos los niveles. Se convierte en una moneda de cambio que en poco tiempo se devalúa, precisamente por su fácil manejo y su pérdida de poder adquisitivo, o lo que es lo mismo, que nadie dará un duro por su intervención, como tampoco prestará atención a sus aportaciones.

Se ha vuelto muy opaca la imagen del líder, del edil, del maestro o del capitán del equipo y, ya no existen referentes que sirvan de orientación para aspirar con ilusión a una meta lógica, dentro de un proyecto de futuro que infunda esperanzas a corto o largo plazo. Ya no hay conductores creíbles que nos ofrezcan seguridad y nos infunda ilusión en la andadura cotidiana del vivir.

Al final nos embarga la incredulidad en el espacio de tiempo que ocupamos en el presente y desde el que observamos un futuro incierto, carente de aliciente y frío de espíritu, que desemboca en una total decepción de lo que pensamos que debiera suceder, cuando tras la transición, dejamos atrás una época marcada por los dogmas dictatoriales. Cuando la libertad de expresión, del pensamiento y de las decisiones del individuo debían ser sometidas a un orden preestablecido e impuesto a la fuerza.

Ahora, demostramos diariamente no saber hacer uso de esos logros, de esas concesiones y de esas libertades, sólo y exclusivamente por la falta de interés en asumir la parte de responsabilidad que ellos llevan aparejados, tanto en lo bueno como en lo malo, tanto en la exigencia como en la condescendencia y tanto en los derechos como en las obligaciones que, desde el mutuo respeto y la honestidad, estamos obligados a dar para luego tener el derecho de exigir y recibir.

La formula nueva parece ser que, al estar en posesión de una mayoría de votos, democráticamente te conviertes en líder y erróneamente, se entiende que puedes ejercer a tu antojo de forma unilateral, lo que no deja de convertirte en un dictador por mayoría absoluta o relativa, dentro del nuevo contexto político de la dictocracia.

Con todos estos sinsabores en el alma, me niego a admitir que la sociedad no tiene remedio, que todo es enfermizo y corrupto, decepcionante e impropio, que todo puede ser producto de mi propia imaginación, que puede incluso que sea una majadería más de las nuestras y que existe un futuro esperanzador alcanzable.

A mi espalda, alguien me saludó:

- ¡Hooola!... tu.

Sobresaltado, salí de mi mimetismo y miré, era un niño de unos cuatro años, moreno, con unos hermosos ojos negros, que sonriendo tímidamente, me tendía la mano para que le saludara.

Tomé suavemente su manita y él suspiró profundamente, como queriendo salir de una cruda inseguridad,… no me atreví a preguntarle nada, me sonrió y se fue mirando hacia atrás,… comprendí que aún había esperanza.

 

Comentarios

  • Jose R. S.
    08/02/2009 - 23:55

    Gran texto, mis felicitaciones por esa forma de expresar lo que vivimos y sentimos creo que la gran mayoria actualmente. Tambien dejo pasmado aqui mi deseo de que todo cambie para mejor y vuelva la credibilidad a la vida...

    0
    0
  • Pac@
    08/02/2009 - 22:33

    Excelente majader@

    0
    0

Enviar Comentario

X