Camellos

Antonio María González Padrón

Camellos
Camello junto al colegio/Fedac.
Antonio María González Padrón

Aunque recientemente ya no se ven camellos de cuatro patas por nuestra ciudad y sus contornos, nos preocupa enormemente la cada vez mayor presencia de camellos de dos piernas.

 

Tal es así que en muchos rincones de los más populosos barrios teldenses, pero también del Conjunto Histórico Artístico de San Juan y San Francisco, por no contar las cuevas aborígenes dispersas por nuestro territorio municipal, son el lugar idóneo para que esta nueva especie atente contra la salud pública. Pero no vamos a dedicarles ni un párrafo más. Hecha la denuncia, pasemos a hablar de los mal llamados camellos, ya que en verdad son dromedarios, al tener una sola joroba.

 

Desde muy antiguo en la documentación existente, tanto en los Archivos Parroquiales como en el Provincial de Las Palmas, encontramos alusiones a estos animales de carga. Así, en los testamentos, minuciosamente elaborados por los escribanos, junto a bienes muebles e inmuebles se hace referencia a esclavos y animales domésticos, especialmente aquellos que por su fuerza eran imprescindibles a la hora de ayudar en los diferentes trabajos del campo.

 

Hace unos días mantuve una larga conversación telefónica con mi entrañable amigo, el Archivero Municipal de la Villa de El Ingenio. Tal parlamento vino dado porque no hacía muchas fechas que una ciudadana de origen extranjero había donado una interesantísima colección de fotografías, sacadas por ella a principios de los años sesenta del pasado siglo XX. Entre ellas, unas de camellos. Ya hace tiempo que investigando sobre el transporte interurbano de nuestra Isla, así como sobre la agricultura de la misma, me encontré de bruces con una realidad que intuíamos, pero que no podíamos afirmar con rotundidad si previamente no nos hacíamos con la documentación necesaria. Y he aquí que en el día de hoy podemos reseñar que la existencia de camellos (dromedarios) en las Islas Canarias fue realmente importante. Salvando las islas más occidentales, las otras (Tenerife, Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote) vieron por las calles de sus pueblos y ciudades, así como en sus campos iban y venían esos altos y enérgicos cuadrúpedos.

 

Todo parece indicar que eran traídos del cercano Sáhara Occidental. Bien porque allí se adquirían, previo pago con monedas de plata o simplemente con el recurrido trueque a base de cabras y enseres diversos. Otras veces, las menos, eran sustraídos empleando la fuerza armada sobre las poblaciones del lugar. Con el tiempo, la población autóctona de camellos aumentó sobremanera y ya el mercado insular se autoabastecía, sin necesidad de irlos a buscar.

 

Según dicen los entendidos en el tema, un burro o mulo no debe cargarse con más de cien kilos, en casos extremos se podría llegar a algunas decenas más. Pero el camello, verdadero cuatro por cuatro del mundo animal, muestra su resistencia al poder transportar hasta media tonelada, es decir, quinientos kilos. Así, no ha de extrañar que este bello y noble animal fuera un bien muy codiciado por nuestros arrieros y campesinos. En nuestra ciudad, como en tantas otras de Canarias, quedan constancias físicas de ello. El Conjunto Histórico Artístico de San Juan y San Francisco de Telde muestra al visitante unas argollas colgadas en los más diversos paramentos, estos elementos vienen a recordar cómo se usaban para el amarre de todos los equinos y también de la cabaña de dromedarios. Si las argollas de burros, mulos y caballos se encuentran a una altura media de un metro, metro y cuarto de altura, la de los camellos se distribuían a un metro setenta y cinco de tal manera que fuera más cómodo su amarre.

 

Este animal tiene una resistencia realmente extraordinaria, a la que se le une una salud envidiable. Bien atendido, no necesita de grandes cuidados, pudiendo estar activo durante muchísimos años. Lo mismo sirve para transportar cualquier cosa que para ser cabalgado por una o varias personas, a la vez que ser un excelente roturador de campos. En la comarca costera de Telde, El Ingenio, Agüimes y en las tierras del Sur, propiedad del Condado de la Vega Grande de Guadalupe, fueron imprescindibles en los siglos XVIII, XIX y gran parte del XX. Esos campos en su mayor parte ocupados en superficie por caliche o láminas de cal necesitaban de una acción previa a su posterior puesta en cultivo. Se trataba de meterle el arado y agrietar las planchas calcáreas para ser retiradas o al menos trituradas. Liberada la tierra de ese elemento, se descubrían aquellas otras más fértiles y, por lo tanto, susceptibles a ser cultivadas. Al mismo tiempo, el camello servía para acarrear desde las playas, más o menos cercanas, los áridos que, mezclados con tierras duras, daba como resultado la soltura de las mismas. Ese arenar era oficio de especialistas, tanto en los campos de secano como en los de regadío y muy especialmente en los dedicados al rico y abundante platanal.

 

El camello come de todo o por lo menos de casi todo. Como diría Pancho Guerra de la cabra de Pepe Monagas cuando no había que echarlas de comer se les picaba periódicos, revistas y demás papeles. El agua acumulada en su joroba les permitía crear una fuente hídrica, desde la que se abastecían por espacio de casi quince días. Sus patas robustas y bien cimentadas le daban una estabilidad envidiable y su altura les permitía pasar por encima de tabaibas, ahulagas (julagas), tuneras, piteras y cuantas plantas nacían a boleo en los campos áridos por antonomasia del Sur de la Gran Canaria. Aquellos que fueron definidos por el poeta Alonso Quesada como campos tristes y secos. Esos mismos que con arrojo y laboriosidad extrema, nuestros agricultores supieron reverdecer, no por las escasas lluvias, sino por el riego continuado con aguas extraídas de pozos de, a veces, trescientos y cuatrocientos metros de profundidad.

 

Si titánico fue el esfuerzo de propietarios, medianeros, aparceros y agricultores en general, no fue menor el que aportaron los animales domésticos que en buen numero se utilizaron en esas y otras labores similares.

 

Curiosidad aparte, fueron las caravanas titubeantes, que desde la Montaña de las Palmas llegaban a la ciudad de Telde,

transportando los bloques de picón que se extraían en su cantera. Al ser éstos pesados, fueron los camellos y no otros animales los utilizados para tal fin.

 

Ahora recuerdo una antigua fotografía que tiene como protagonista a don Miguel de Unamuno. Sacada durante su obligada estancia en tierras de Fuerteventura, muchos sin saber, criticaron al vasco-castellano universal, por estar sentado en la parte trasera de la joroba del dromedario. Algún inteligentillo, que siempre los hay por estos y otros lares, comentaron sin saber que nuestro escritor estaba mal sentado, pues a juicio de tan doctos opinadores debería estar sobre la joroba. Permítanme que me ría con ustedes de tal absurdez, pues es de sobra sabido que, de no tener montura, cuando queremos utilizar el camello para el transporte de personas, el único lugar seguro se encuentra en el sitio de sus cuartos traseros. Seguramente don Miguel se dejó aconsejar por un camellero majorero, que sabía de sobra cómo se cabalgaba sobre tal animal.

 

Hemos hecho un pequeño estudio sobre los camellos que trabajaban en Telde a las órdenes de medianos y grandes agricultores. Los hermanos Medina, ricos terratenientes y exportadores, llegaron a tener dos docenas, y la Familia Condal casi medio centenar, éstos últimos distribuidos entre Telde, Juan Grande y Arguineguín. En total en el municipio teldense, hubo al menos centenar y medio de camellos, la mayor parte en los campos de la costa, léase finca de Jinámar, Cortijo de Belén, Cortijo de La Matanza, Hoya Aguedita, Cortijo de San Ignacio, La Estrella, La Mareta-La Garita, Marpequeña, Las Rubiesas, Las Huesas, El Goro y la planicie de Ojos de Garza-Gando. Pero como dije al principio, todos los municipios grancanarios emplearon la fuerza y la destreza de los camellos para el transporte y las labores agrícolas. Así, vemos como la constancia documental escrita y fotografiada lo evidencia.

 

Hoy en día los camellos, en mucho menor número, sirven para algunas rutas turísticas, como son las que deambulan por las dunas de Maspalomas y algún que otro barranco insular. El que esto escribe desea tener un recuerdo, muy personal, y por lo tanto íntimo y anímico, hacia los camellos de los tres Reyes Magos que cada tarde-noche del cinco de diciembre recorrían la larga calle León y Castillo desde el Puerto de la Luz a San Cristóbal, cargando sobre sus lomos a sus Majestades los Reyes Magos de Oriente, que sonrientes lanzaban a diestra y siniestra cientos de caramelos para aumentar, si cabía, la ilusión infantil de la chiquillería.

 

Mucho más podríamos escribir sobre estos animales domesticados, pero no subyugados de carácter a veces fiero, que el hombre adoptó para que le fuera más fácil emplearse con ahínco en la productividad de nuestros campos insulares.

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde, Hijo Predilecto de esta ciudad y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.

 

Comentarios

  • Fernando González
    17/09/2021 - 22:07

    Mi abuelo candidato y mi tío José traían los burros y los vendían por los pueblos según me decía mi padre

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  • antonio josé melián
    16/09/2021 - 12:08

    Recuerdo que en los años cincuenta y poco,(¡coño,que viejo me estoy haciendo!)un hijo de Cándidito,Pepe, traía de Fuerteventura animales para vender y entre ellos algunos camellos.La alegría de nosotros los chiquillos/as, era grande, verlos por las calles de san Francisco era una gozada.

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  • Laureano De Armas
    16/09/2021 - 10:19

    Y , me consta por testimonio de investigadores en el otro lado del mundo, que desde estas islas, de esta más concretamente, partieron los primeros camellos llevados a Australia, tal llegó a ser la capacidad de criarlos entre los arrieros grancanarios.

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