Girasoles

Antonio María González Padrón

Girasoles
Girasoles/TA.
Antonio María González Padrón

A ciencia cierta no podría decir cuando vi por primera vez un girasol. Creo que fue en una escena de cine hollywoodiense cuando observé un campo alfombrado de grandes flores amarillas y, en medio de ellas, algunos tallos y hojas verdinosas. El sol lucía en lo alto y hacia él miraban las grandes tortas de profundo gualda.

 

Años más tarde, creo que sobre los catorce, mi padre tan amante de las plantas como mi madre, entre dalias de diversos colores y algún que otro rosal, plantó en el jardín de nuestra casa de la playa unas pipas de girasol, que al poco tiempo, se desarrollaron con tallo grueso y esbelto coronado por una flor circundada por un sin número de pétalos y, en su centro, cientos de semillas en un color algo más oscuro: eran girasoles.

 

¡Quién lo diría! Una docena de años más tarde, comencé a visitar cada verano La Alcarria y el Valle de Henares, amplios territorios de la provincia de Guadalajara y allí, sin necesidad de cinemascope, ni mucho menos de los exquisitos cuidados de nuestro jardinero Pepito, pude maravillarme de cientos de hectáreas en donde sólo era protagonista el girasol.

 

Según parece, la política agraria europea, aquella misma que obligó a sacrificar vacas en el norte peninsular y arrancar viñedos en ambas Castillas, era la causante de ese nuevo cultivo meseteño. Las provincias de la Vieja y Nueva Castilla veían como sus tradicionales tierras cerealísticas, que pasaban de verde al amarillo en un santiamén en el mes de junio, ahora se llenaban de girasoles plantados en primavera y cosechados cuando ya casi entraba el otoño.

 

Ahora que lo pienso, esa planta y flor vino a mi intelecto en los tiempos que he señalado, pero su fruto o semilla llegó a mi boca desde muy pequeño. Primero a granel y después en cartuchitos de papel y bolsas de plástico, adquiría las populares pipas que con destreza de mis dientes delanteros se quedaban sin cáscara para degustar la pipa o semilla de su interior. Unas tostadas con sal y otras simplemente al natural hacían las delicias de la chiquillería, que de forma compulsiva, se llevaban continuamente a la boca. No importaba la estación del año, ni mucho menos el lugar para comerlas. Cualquier tiempo y lugar era bueno. También he de confesar que muchas veces de manera incívica dejaba un centenar de cáscaras en el pavimento de plazas y parques, como muestra de mi voracidad. Yo tenía una amiga, muy querida, que no se saciaba jamás en su ansioso comer las pipas de girasol. Y si su madre le llamaba la atención, aceleraba el ritmo en más que notoria rebeldía juvenil.

 

Años más tarde mi profesora de Historia del Arte en COU, María Isabel García Blach nos mostró una diapositiva de unos singulares girasoles contenidos en un búcaro o jarrón, afirmando con rotundidad que se trataba de un célebre cuadro impresionista pintado por un excéntrico holandés llamado Vicent Van Gogh.

 

La cosa no paró allí y ya estudiando en la Universidad de San Fernando de La Laguna, Iconografía del Arte, aprendí acerca del profundo significado de muchos objetos y plantas y, así descubrí el símil que algunos teólogos planteaban entre las almas inmortales de los humanos y los girasoles.

 

De regreso a Telde, enviado por mi maestro el Dr. D. Domingo Martínez de la Peña y González, a hacer un estudio pormenorizado de la Iglesia Conventual de San Francisco, llegó la grata sorpresa. Junto al Altar Mayor de la nave colateral derecha, formado por un noble retablo de madera no policromada, con excepción del Sagrario, había una gran puerta de madera profusamente decorada por cuarterones. En su interior cada uno poseía un girasol y éstos respondiendo a la lección teológica, se encontraban abiertos en su plenitud y buscando desesperadamente la irradiación del sol, que no era otra que la representada por el Bendito Cáliz y la Hostia Sagrada, que a manera de altorrelieve existía en la pequeña puerta del Sagrario.

 

Quise confirmar que mi apreciación era totalmente cierta y le pregunté a mi buen amigo, el padre franciscano e historiador don José García, si como me habían dicho, la lectura que hacía era del todo correcta. Y él me contestó Esas son las humildes, pero profundas lecciones del catecismo de San Francisco de Asís: toda la naturaleza es un canto de alabanza a su creador ya sea, la hermana luna o el hermano lobo. Ahí tienes un ejemplo, así como los girasoles dejan caer su flor a la puesta del sol y la levantan progresivamente a su salida, alcanzando el cenit a las doce del mediodía, nuestras almas no tendrían vida si no estuvieran iluminadas por la palabra de Dios y por la existencia de un Sacramento realmente extraordinario y novedoso: la Santa Comunión, alimento de las almas y puente hacia el Cielo. Recientemente el Vaticano ha proclamado Beato a un joven italiano llamado Carlos Acutis, que vio en dicho Sacramento el Mayor Don que Dios ha regalado a la humanidad.

 

girasoles de simple vegetal pasaron a ser para mí todo un símbolo iconográfico de fe. Así se lo cuento a cuantas personas han visitado la recoleta Iglesia Conventual teldense, que en estos últimos cuarenta años tengo el orgullo de contarlos por miles.

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde, Hijo Predilecto de esta ciudad y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.

 

Comentarios

  • Saro Sosa
    05/09/2021 - 08:23

    Que bonito E interesante articulo, siempre se aprende nuevas cosas, el girasol siempre llama la atención, y transmite, en escritura, en pintura, en decoración etc, gracias

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  • Yolanda Arencibia
    03/09/2021 - 12:12

    Qué bonito, emotivo e interesante artículo. Gracias. Siempre me han atraído los girasoles. Ahora sé mucho más. Gracias.

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  • Francisco Sancho
    03/09/2021 - 11:14

    Me has remitido a mi infancia, aunque fue cerca de la ladera baja de San Juan, en Las Palmas. Y me has traído el recuerdo de Isabel García Blanc, compañera mía en mis primeros años docentes. Gracias.

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