Y en esto llegó la televisión...

Antonio María González Padrón

Y  en esto llegó la televisión...
Niño ante el televisor/Archivo.
Antonio María González Padrón

Muy a principios de los años sesenta y con un pequeño atraso con respecto a la España peninsular, llegó a Canarias la televisión. El Gobierno Nacional a través del Ministerio de Información y Turismo, verdadero agente de propaganda del Régimen, hizo todo lo posible por adaptarse a nuestra particular situación geográfica.

 

Dos mil kilómetros, aproximadamente, nos separaban de las más cercanas costas gaditanas y solo unos ciento veinte kilómetros de las africanas. Los franceses, siempre preocupados por influir en sus antiguas colonias, habían instalado una potente red de antenas televisivas en los antiguos protectorados franco-españoles, que por entonces habían logrado la independencia, adquiriendo el nombre de Reino de Marruecos.

 

Por su parte, los españoles contaron con la ayuda norteamericana para tener su propia televisión, que dieron en llamar Televisión Española, cuestión ésta nada baladí, pues los sectores más ortodoxos del Régimen pronto echaron en falta lo de Nacional puesto que así había bautizado a las ondas de radio, que desde Burgos y otras capitales de la España franquista, bombardeaban a la población con noticias y programas de entretenimiento. Radio Nacional de España fue en la guerra y en la postguerra un instrumento valiosísimo para transmitir la ideología o ideologías del por entonces Movimiento Nacional.

 

En un primer momento, las marchas militares, el Himno Nacional, el Cara al Sol y otras tantas canciones, reclamaban la vieja idea militar de Por el Imperio hacia Dios. En sus inicios, eran los partes de guerra, tan esperados como temidos, los que ponían en alerta a la población de ambos lados. Después en la larga postguerra, a los diarios hablados no se les quitó el Sanbenito y le siguieron llamando partes. Recuerdo como si fuera ahora que caída la tarde, la información ofrecida a las veinte horas reunía a los radio-escuchantes u oyentes en torno al aparato de radio, que variaba en dimensión, la mayor parte de ellos compuestos a base de madera, tela y baquelita, una especie de plástico (sin llegar a ser tal).

 

Con la ya mentada ayuda americana, llegaron los transistores y cambiamos la madera por el metal y la baquelita por el plástico. En Canarias siempre fuimos unos privilegiados en cuanto nos encontrábamos a la vanguardia de las innovaciones tecnológicas. No fue mérito nuestro. En aquel entonces, como el resto del país, nos encontrábamos bastante atrasados en casi todo. Nuestra ventaja se basaba en nuestros Puertos Francos. Es decir, en la Ley decimonónica (1852), que permitía nuestra libertad comercial con todos los países del mundo. Cuando don Juan Bravo y Murillo creo dicha ley, incentivó sobremanera el intercambio comercial entre el Reino Unido de la Gran Bretaña y, sobre todo, Inglaterra y Escocia con nuestras islas, preferentemente Gran Canaria y Tenerife. No es de extrañar entonces que las máquinas fotográficas, los relojes, las radios y hasta la penicilina nos llegaran de aquellas latitudes con prontitud.

 

De todo ello hemos hablado cuando nos hemos referido a los negocios del cambullón. Recomendamos la lectura del libro Cambullonero in Pectore de mi hermano Julio César González Padrón.

 

Con los televisores pasó otro tanto. Muy pronto en nuestros comercios de electrodomésticos aparecieron, como por arte de magia, las principales marcas inglesas y alemanas como el Schaublorenz, Grundig, Inter, Philips, Telefunken, hasta que el comercio se acrecentó con el Oriente Lejano y aparecieron las firmas niponas, tan frecuentes entonces en los bazares hindúes de El Puerto-Santa Catalina y la Calle Mayor de Triana. Mucho más baratas que las europeas, invadieron nuestras casas, trayéndonos una marca muy fácil de pronunciar Sony.

 

Volvamos a nuestras experiencias personales. En la ciudad de Telde, como en cualquier otro lugar del país, el nuevo invento causó furor y extrañeza entre gran parte de la población. En algunos lugares alejados de nuestra geografía podemos afirmar que hasta pánico. Los más ancianos creían estar ante una verdadera obra del diablo. ¿Cómo podía ser invento humano aquel cacharro, que tenía a manera de jaula un montón de gente viviendo dentro? Pocos fueron entonces los que pudieron adquirir para sus domicilios particulares tal aparato. El sueldo medio de los españoles malamente alcanzaba para sobrevivir, por lo que era del todo irracional ni siquiera soñar con poder tener un televisor en casa.

 

Así la situación, el ingenio, recurso humano por excelencia, buscó alternativas y éstas fueron de dos índoles: La primera, era acudir a los comercios, en donde se exponían los flamantes televisores. Casi siempre había uno encendido y con el volumen lo suficientemente fuerte como para atraer a la clientela. De pie los unos y sentados en el suelo los otros, toda la chiquillería del barrio y algún que otro adulto, se quedaban pasmados ante la nueva pantalla. Desde Fauna, el programa del naturalista Félix Rodríguez de la Fuente, hasta Crónicas de un pueblo (1971-1974) idea y dirección de Antonio Mercero, el programa infantil de Los Chiripitifláuticos con personajes tan populares como: el Capitán tan tan, Locomotoro, Valentina, El Tío Aquiles, y los hermanos Malasombra. Sin olvidar Noches del Sábado presentado por los inolvidables Joaquín Prats y Laurita Valenzuela.

 

La segunda opción estaba en acudir a tropel a los recién creados Teleclubes, la mayor parte de ellos en manos de la Iglesia Católica y alguna que otra asociación afín al Régimen. En el Barrio de Los Llanos de San Gregorio de Telde, pronto hubo un recinto habilitado para tal función, como también en El Calero, La Pardilla, y El Ejido, entre otros barrios. Cuando éstos estaban en la órbita de las parroquias se aprovechaba para catequizar a los televidentes y así, antes de poner en marcha el endiablado invento, se conminaba a los presentes a rezar una breve oración por lo que pudiera pasar. Sólo existían asientos en duras sillas de tijeras o plegables para los adultos, el resto jóvenes y niños se mantenían en pie o se sentaban en el suelo. El horario era restringido y la mayor parte de los días transcurrían entre las diecisiete y las veinte horas.

 

Algún vecino adinerado hacia correr la voz entre el vecindario de su nueva adquisición: un flamante televisor. Y con cierta benevolencia dejaba pasar a su comedor o sala de estar a la feligresía, que entre elogios y actitud sorpresiva, valoraban la actitud progresista de aquel. Otros ciudadanos encendían su televisor cada tarde para ver atónitos todo lo que la técnica convertía en imágenes parlantes e invitaba a la chiquillería; eso sí, antes tenían que abonar entre una perra gorda (10 céntimos) y una peseta, cantidad ésta suficiente para sufragar el exceso de consumo de luz que tal cachivache generaba.

 

Los canarios teníamos nuestros propios estudios de televisión. Primero estuvieron situados en el piso más alto de La Casa del Marino y después en plena Ciudad Jardín, ambas localizaciones en Las Palmas de Gran Canaria. Las noticias de los telediarios venían en rollos de película y eran traídas por avión desde los estudios centrales de Prado del Rey de Madrid. De ahí que, nuestros noticiarios, siempre fueran con veinticuatro horas de retraso. Asimismo, ese mundo de imágenes en blanco y negro seria mitigado superponiendo a la pantalla papeles coloreados y transparentes. Unos veíamos el televisor en violeta, otros en rosado y los que más azulados. El porqué de ésto, venía por la creencia de evitar así los perjuicios que para vista tenían las radiaciones televisivas.

 

Este uso o costumbre se afianzó de tal manera y manera que pronto las principales fábricas diseñaron unas sobre-pantallas, que colgaban de dos alambres y sujetadas delante mismo del televisor. Eran de plástico y poseían una gama de colores de degradación horizontal.

 

El gran problema de los primeros tiempos de la televisión en Canarias se llamaba, miren por donde, Marruecos. Aún recuerdo estar viendo la televisión en la casa de mi primo-tío Francisco Pérez Blanco en Las Clavellinas y, cuando más interesante estaba el capítulo de la serie Bonanza, ¡Plas se metía el moro!, Expresión de la época, (hoy políticamente incorrecta, pues es cierto que estaba cargada de ciertos tintes xenófobos). Así, la imagen de un marroquí hablando o cantando en árabe, se superponía a la más familiar de vaqueros del lejano oeste. Rabat vencía, la mayor parte de las veces, a Virginia City. Cuando no, aparecía una lluvia o nevada de constantes puntos blancos, que sucedían a rayas horizontales, verticales e oblicuas. Todos gritábamos ¡Se cortó la emisión! A la media hora, más o menos, aparecía de nuevo la Carta de Ajuste con una música incesante y por tanto machacona con un cartelito a manera de faldón que decía: Disculpen las molestias. Esa situación podía durar desde un cuarto de hora a una hora o toda la tarde-noche. ¡Santa paciencia del sufrido televidente canario!

 

Hoy todo ésto nos parece que jamás pudo ser, pero les aseguro que aquellos que vivimos los años sesenta podemos dar fe de que sí sucedió.

 

Los niños y jóvenes de hoy, tan acostumbrados a las nuevas tecnologías y a los avances en las telecomunicaciones, ni por asomo pueden hacerse una idea de la tremenda ilusión que nos hizo pasar de la radio a la televisión. Y como ésta fue ganando presencia en nuestros hogares, hasta convertirse en una especie de altar de culto cotidiano, al que todas las miradas iban a parar.

Son historias del pasado más o menos reciente. Que analizamos como verdaderos fenómenos sociales. Aquí sólo hemos pretendido recordar, entre la añoranza y el recuerdo, los años infantiles y juveniles. Extrayendo de todo ello el juicio certero de que cualquier tiempo pasado fue peor, por mucho que intentemos edulcorarlo.

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde, Hijo Predilecto de esta ciudad y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.

 

Comentarios

  • Francisco Sancho
    07/07/2021 - 22:10

    Mi primera visión de la televisión fue en el escaparate de Avellaneda, junto al barranco Guiniguada. Imagen bastante borrosa de la televisión marroquí. Gracias por rejuvenecerme.

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