La Fuente del Pueblo y los pilares de agua potable

Antonio María González Padrón

La Fuente del Pueblo y los pilares de agua potable
Templete de las Aguas del Chorro/TA.
Antonio María González Padrón

En la primera edición de mi obra Telde, mito y realidad, dejé escrito que nuestra ciudad había sido en el pasado y era en el presente lo que sus aguas decidieron. No es nada novedoso afirmar que para cualquier asentamiento humano, que se precie de tal, la existencia del agua potable en su entorno más inmediato es una necesidad ineludible.

 

Los seres humanos necesitamos del agua para la vida como también los animales y las plantas. En un paisaje desértico puede existir vida, pero ésta está supeditada a la floración del preciado líquido, en menor o mayor cuantía, en los lugares que solemos llamar oasis.

 

En un viaje que hicimos a Egipto hace ya varios lustros, tuvimos ocasión de ver pequeños oasis de no más de una cincuentena de metros cuadrados, pero también grandes oasis de tres, cuatro o cinco kilómetros cuadrados. En los primeros de ellos, sólo algún que otro arbusto, completaba el verdor con hierbajos y media docena de palmeras datileras.

 

En los segundos de los casos, las palmeras datileras se mostraban en todo su esplendor, frondosidad y altura, formando alineamientos que marcaban los límites de otras tantas parcelas en donde se cultivaba el trigo, la cebada, el centeno, la alfalfa, así como los cítricos, las higueras, las granadas y otros tantos árboles frutales. De hecho, el guía nos explicaba cómo en el Islam el paraíso musulmán, similar en casi todo al cielo cristiano, se representaba como un jardín u oasis sin fin, en donde el agua brotando por doquier mantenía el fértil verdor de forma perenne.

 

Cuando los más antiguos cronistas de la Gran Canaria hispana escribieron por primera vez sobre Telde, señalaron como la ciudad se había levantado en medio de una fértil vega, que por su extensión se la consideró Vega Mayor de Gran Canaria.

 

Estos mismos cronistas alimentaron la imagen de una ciudad próspera, agrícolamente hablando y reseñaron, como bien hizo el ingeniero cremonés Leonardo Torriani a finales del siglo XVI, que las gentes que vivían en esta ciudad, huían de los litigios políticos de la capital insular y se dedicaban mayormente a cultivar los campos de los que sacaban gran provecho, al mismo tiempo que alimentaban sus espíritus con la paz y el sosiego que la agricultura les proporcionaba a manera de los antiguos patricios romanos. Con el tiempo, Telde, fue cantado por poetas de aquí y de allá, buscando en su fisionomía pareceres con ciudades en donde las huertas-jardines marcaban sus propios planos urbanos. Cómo perla blanca perdida en un mar de esmeraldas.

 

Desde muy temprano y tras la Conquista Castellana de la Isla, la comarca teldense, tuvo tres vegas en donde el fértil suelo permitía toda clase de cultivos. Ya hemos dicho que la Vega Mayor abrazaba dulcemente la ciudad. la llamada Vega de Enmedio correspondía al actual Valsequillo y las Vegas Altas eran aquellas que van, desde el lugar conocido por ese nombre, hasta llegar a besar la actual Tenteniguada. Es ahí, en los riscales de Tenteniguada y también en las paredes del Barranco de los Cernícalos y del Barranco de San Roque, en donde surgieron nacientes, remanentes y arroyuelos en número aproximado al centenar y, se precipitaban aguas abajo por los diferentes barranquillos y grandes barrancos, hasta llegar a las acequias recolectoras, que para tal fin hicieron los regantes de la Heredad de La Vega Mayor.

 

A muchos les sorprende, aún hoy, que el topónimo de Valsequillo como el de Valleseco, vengan dados por un hecho jurídicamente probado: en ambos casos esas localidades recibieron tales nombres porque, aún teniendo esa riqueza acuífera sin parangón, sus habitantes veían marchar las aguas cauce abajo, sin poderlas aprovechar. Ya que eran los vecinos de Telde, la mayor parte de ellos propietarios de tierras en la Vega Mayor, los únicos que podían disfrutar de tal bien, como lo reconoció la propia Reina de Castilla y a finales del siglo XIX el Tribunal Supremo del Reino de España. En el otro caso, Valleseco, sus aguas eran propiedad en exclusiva de la Heredad de Arucas.

 

En el lugar conocido por El Chorrillo, parte alta de la antigua Calle Real, cuando ésta casi se convierte en el camino hacia Valsequillo, existió, desde la segunda mitad del siglo XIX, un templete de trazas neoclásicas y en su frontispicio, grabado en marmolea placa se podía leer una leyenda en honor a Pérez Camacho, alcalde de la Ciudad, presumiblemente, había dotado a la misma de las llamadas Aguas del Chorro o del Chorrillo. Ni decir tiene que este munícipe no hizo otra cosa, en el mejor de los casos, que ordenar lo que desde antaño era costumbre.

 

Nos explicamos, en un punto determinado de la Acequia Real y en el suelo o parte baja de ella, se hizo una oquedad y para evitar que ésta fuera agrandada por manos espúleas, se le colocó un perímetro de metal en forma de dado hueco, de tal manera que, cuando corrían las aguas de riego, una porción muy pequeña de éstas, se colaba y pasaba a una acequia menor colocada bajo el orificio. Ese pequeño flujo de agua formaba el caudal de la Heredad del Chorrillo o del Chorro, cuya existencia permitía que los vecinos de los barrios de San Francisco y San Juan y solo éstos, tuvieran agua de forma gratuita y en cantidades proporcionales al tamaño de sus propiedades urbanas. Para ser heredero del Chorrillo, era necesario tener huerta o jardín en la propia casa, pero no era menos cierto que la norma establecida decía que solo se podían beneficiar los vecinos cuyas tierras urbanas no superaran los 5.555 metros cuadrados, es decir una fanegada.

 

Ésto se llevó a rajatabla, de tal forma y manera que, cuando en ésta se establecieron los franciscanos, midieron con gran precisión las tierras previamente donadas por la ciudad para abastecer de alimentos a su convento. Y éstas, medían exactamente cinco metros menos que el tope impuesto. ¡Qué casualidad! Así pudieron acceder libremente al uso y disfrute sin costo alguno de las aguas de El Chorrillo. Las casas más humildes del barrio del San Francisco contaban solo con quince minutos de reparto y el convento franciscano o la Parroquia de San Juan, unas doce horas. Como ven, notable diferencia entre unos y otros.

 

Si todo lo dicho hasta ahora sirve para explicar la importancia del agua como emanadora de vida a través de la agricultura, no menos importante era las reservas de agua que debían aprovecharse para el consumo humano. En el actual Barrio de San Francisco, en una hondonada que en el pasado fue cabeza de barranquillo, existió una fuente que ya aprovecharon los aborígenes canarii. Este naciente de agua potable partía de su lugar de nacimiento hacia el Barranco Real por la zona que actualmente conocemos como la Hoya de San Pedro Mártir, encontrándose con aquél, aproximadamente, a la altura del Puente de los Siete Ojos. La fuente a la que hacemos mención, se le llamó Fuente del Pueblo y nuestras autoridades locales tuvieron bien presente la ordenación de su uso y aprovechamiento. Se procuró desde siempre mantener el lugar en condiciones óptimas, desde el punto de vista higiénico sanitario. Dándole forma de pilar en varias ocasiones.

 

El pintor don José Arencibia Gil (1919-1968) pintó una acuarela por indicación del Cronista Oficial de la Ciudad el Doctor Don Pedro Hernández Benítez, representando la antigua fuente. Las trazas neoclásicas de la misma no dejan duda de que es obra de finales del siglo XVIII o principios del siglo XIX.

 

Aún hoy, dicha construcción permanece erguida, aunque notablemente dañada por el tiempo y el abandono municipal. Si el lector quiere comprobar lo dicho, sólo tiene que acercarse a la calle De la Fuente por debajo del Árbol Bonito y ahí encontrará los restos arquitectónicos de lo que fue una noble obra de mampuesto y cantería. Sobre ella debo reseñar que, en un momento determinado, el Ayuntamiento de la ciudad mostró cierto interés propagandístico y le pidieron al Licenciado en Historia y experto en temas del agua don Juan Ismael Santana Rodríguez, que elaborara un estudio para la rehabilitación y restauración de dicho espacio.

 

Con diligencia y exactitud académica, se llevó a cabo el trabajo de recopilación histórica resultando del mismo una lógica petición, que no era otra que, antes de acometer cualquier obra mayor, se llevase a cabo una excavación arqueológica para poder sacar a la luz todas las señas identitarias de la Fuente del Pueblo. ¡Qué pena, una vez más nuestros munícipes no estuvieron a la altura de la Ciudad a la que presumiblemente tenían que gobernar!

 

Después de publicar en los rotativos locales e insulares todas las intenciones para con La Fuente del Pueblo y su restauración, pasados ya varios lustros nada de nada. Hoy languidece como basurero y estercolero para bochorno de los vecinos y visitantes del Conjunto Histórico de San Francisco. También debemos reseñar que, entre aquellos propósitos, se le pidió al escultor teldense, afincado en Leganés (Madrid) don Luis Arencibia Betancort, el diseño de unos grifos de bronce que tenía como función hacer para brotar en forma de chorros permanentes el agua, gracias a un circuito cerrado. Nuestro artista copió unos similares ya existentes en la capital de España y encargó unos similares en una fundición madrileña. Enviados a Telde hace unos quince años, se encontraban en el Depósito Municipal de San Antonio del Tabaibal. Hoy desconocemos si aún permanecen en ese lugar.

 

A mitad de los años cuarenta del pasado siglo, un joven José Arencibia Gil, regresaba a su ciudad, tras varios años de confinamiento en Valencia. Allí pasó el tiempo entre la cárcel y el arresto domiciliario con visita semanal al cuartel de la Guardia Civil. Así lo habían decidido los tribunales por haber participado en la Guerra Civil en el bando republicano. Este artista integral, pues fue pintor, escultor, tallista, urbanista, etc., recibió el encargo por parte del Ayuntamiento de diseñar unos pilares o surtidores de agua potable, que debían a ser colocados en diferentes puntos estratégicos de los barrios de la ciudad. Arencibia Gil, conocedor del lamentable estado económico en que se encontraban las arcas municipales, se decidió por unos diseños muy simples, pero deudores del estilo neocanario, tan en boga entonces. La parte baja a manera de mesa, tenía una altura de unos setenta, setenta y cinco centímetros y un largo de punta a punta de dos metros. Sobre este plinto, y a ambos lados, se erguía unas columnatas que mantenían otro elemento plano que hacía de fondo con paramento vertical, terminando unos en forma redondeada y otros en forma rectilínea.

 

En ambos casos, coronados en una línea de tejas árabes y bajo ellas, centradas en el paramento anteriormente citado, dos grifos de llaves muy sencillas hacían de surtidores para el preciado líquido que de allí brotaba. En San Juan hubo uno colocado en lo que se llamó la Plaza de Marín y Cubas junto a uno de los paramentos de la cabecera de la actual Basílica. En Los Llanos de San Gregorio, barrio de mayor extensión, hubo varios, pero tal vez los más populares se encontraban a final de la calle Cruz de Ayala en su unión con la calle Cervantes y otro en el Cascajo de Santo Domingo. Tanto en La Fonda como en El Calero, así como en el barrio de Jinámar, el Lomo Magullo, en el Valle de los Nueve, en Egido, en San Antonio, La Pardilla y en el barrio marinero de Melenara, se levantaron otros tantos. Hemos dicho que esa política de abastecimiento de agua potable a la población teldense comenzó en 1947, pero se extendió a lo largo de la década de los cincuenta y con mayor ahínco si esto era posible entre 1960-63.

 

La estampa cotidiana de las mujeres y los niños acudiendo con cacharros y baldes a recoger el agua para llevarla a sus hogares, es algo que queda en la retina de los teldenses, que aun hoy, hablamos de aquellos tiempos. Para llevar un cacharro en la cabeza y portar entre diez y quince litros de agua, era menester colocar sobre la testa un rollo o churro de tela, sirviendo ésta como amortiguador entre la pobre portadora y el duro metal que contenía el agua. Los niños (niños y niñas), solían llevar uno o dos cacharros confeccionados a partir de una lata de aceite o de cualquier otra conserva. El movimiento al andar les hacía perder parte de su carga por el camino, siendo un duro trabajo que defendían con dignidad éstos pequeños infantes.

 

En algunos lugares de Telde existían los llamados Abrevaderos, espacios acondicionados en las acequias para llevar hasta allí el ganado y que saciaran su sed. El más famoso de todos ellos, estaba a la altura del antiguo Colegio Labor, en la actual Avenida de la Constitución, En el espacio que hoy ocupa el inicio de la calle Poeta Fernando González. Camellos, burros, mulos, alguna que otra vaca y cabra, eran llevados hasta allí por sus dueños para saciar la sed. Pero también hasta ese lugar se acercaban los portadores o aguadores que, con un palo horizontal que pasaban sobre los hombros y por detrás del cuello, mantenían el equilibrio dos grandes cacharros o baldes de latón unidos al madero anteriormente mentado con unas horquillas o ganchos de hierro. Allí llenaban de agua los grandes recipientes, cada uno de veinte o veinticinco litros, cuando no de un poco más y, después tambaleantes, iban calle abajo y calle arriba llevando su preciada mercancía a las diferentes casas familiares que requerían de sus servicios. Cuando ya estaban ante la puerta de la vivienda, gritaban ¡el aguador, el aguador! Y alguien les contestaba: ¿quién es? Y él respondía: ¡pa, pa! (forma común de decir paz, paz) y entonces desde dentro, se le contestaba: ¡pase cristiano no se quede ahí en la puerta! Y otro día venga luego (lo que quería decir que llegase pronto o que viniese lo antes posible).

 

Así era el complicado mundo de las aguas. Reseñaremos que existía una pequeña red de abastecimiento público en las principales calles del actual Barrio de San Juan y Los Llanos de San Gregorio. Esta red aumentó notablemente entre 1950-54, gracias a los dineros recibidos por nuestro Ayuntamiento a través del Mando Económico de Canarias y con posterioridad, se hizo más común entre 1960-63.

 

Dos alcaldes tienen el mérito de haber llevado a cabo la distribución de las aguas para el consumo público, a través de una complicadísima red de tuberías. Éstos fueron los inolvidables hermanos Álvarez Cabrera, don Manuel y don Sebastián (don Chano). Ambos, se preocuparon de dotar a la ciudad de los servicios esenciales para mejorar la situación higiénico-sanitaria de los teldenses. Y hasta tal grado que fue en la etapa final del gobierno de don Chano, cuando las aguas llegaron por tubería a la mayoría de los barrios y la parte central de la ciudad tuvo, por primera vez alcantarillado, desechándose en gran parte el uso tradicional de los llamados pozos negros o asépticos.

 

Una vez más hemos recalado en el pasado, más o menos inmediato, para traer hasta estas páginas escenas otrora cotidianas y que hoy nos parecen, cuando menos, extrañas a nuestras vidas.

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde e Hijo Predilecto de esta ciudad.

 
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