Templos de la memoria

Antonio María González padrón

Templos de la memoria
Viejo legajo (Foto Multimedia)
Antonio María González padrón

Hagamos una confesión de fe. A lo largo de mis más de cuarenta años de vida profesional, he tenido la suerte de conocer, creo que en profundidad, un buen número de archivos y archiveros. Créanme, los unos y los otros me han servido por igual a la hora de bien documentarme sobre las más variadas cuestiones históricas.

 

El primer archivo que visité, cuando solo tenía diecinueve años, fue el llamado Simancas de Canarias, en palabras del Doctor Don Pedro Hernández Benítez, que así llamaba a su querido y bien cuidado Archivo Parroquial de San Juan Bautista de Telde. A su frente se encontraba el párroco de entonces, el siempre recordado don Teodoro Rodríguez y Rodríguez.

 

El segundo fue el Archivo Diocesano de Canarias, asistido por algunos clérigos y, desde hace ya muchos años, por una excelente profesional llamada Doña María José Otero Lojo.

 

El tercero fue el Archivo de la Catedral de Canarias dirigido con férrea autoridad académica por el excelente investigador e historiador don Santiago Cazorla. El cuarto visitado y en parte estudiado no fue otro que el Municipal de Telde. El quinto y de notable importancia fue el Archivo Histórico Provincial, primero en su sede de la Plaza del Pilar Nuevo, planta baja del Museo Casa de Colón y unos años más tarde en su actual ubicación en la Plaza de Santa Ana.

 

Y unos años después cuando, recién terminada la licenciatura, tuve que iniciarme en el trabajo cotidiano, tuve la suerte de que el profesor Doctor Don Alfonso Armas Ayala, por entonces director de todos los museos del Cabildo de Gran Canaria, confiara en mí para organizar el Archivo del Epistolario del I Marqués del Muni, Don Fernando León y Castillo.

 

Y siguiendo los años y los trabajos que fueron surgiendo a partir de entonces, llegamos a algunos archivos tan distantes, geográficamente hablando, como el Parroquial de la Iglesia de San Antonio Abad de Bujalaro en la provincia de Guadalajara, el Archivo Provincial de dicha Provincia Alcarreña, el General de Simancas en tierras Vallisoletanas, el General de la Administración del Estado en Alcalá de Henares y el Archivo Histórico Nacional de Madrid. Así sucesivamente hasta casi medio centenar de ellos.

 

Parafraseando al gran poeta teldense Saulo Torón y adaptando sus célebres versos sobre la importancia del mar para un canario yo diré: los archivos son a mi vida lo que para los pobres es el pan/ para tener vida tengo que leer en archivos cada vez más.

 

Si preguntáramos al común de las gentes qué es un archivo, la mayoría nos podría contestar. Pues la realidad es que todos, en poca o mayor medida hemos guardado, custodiado, conservado o archivado algún documento de índole diversa. ¿Quién no posee en su casa una o varias carpetas para guardar el papeleo administrativo que paulatinamente se nos acumula día a día, mes a mes y año a año?

 

Los archivos son la memoria documental de las sociedades mas avanzadas. Desde que el hombre usó la escritura para dejar constancia de los diferentes momentos históricos de su vida, hubo alguien que con maestría y docta mirada fue clasificando y ordenando esa producción literaria. Desde la antigua Mesopotamia, pasando por Egipto, Grecia y Roma hasta los conventos y monasterios medievales todas las generaciones, que de la humanidad han sido, fueron hacedores de archivos. Gracias a estas variadas y complejas situaciones se creó un conjunto de normas que dieron como resultado la Archivística y al Archivero como aquel profesional capaz de dominar tal ciencia, facilitando así la búsqueda y consulta de cuantos documentos se habían almacenado con anterioridad. Nuestra civilización occidental, no es ni más ni menos, archivísticamente hablando, que las de el Medio o Extremo Oriente, pues los grandes imperios asiáticos tuvieron entre los escribas grandes archiveros dignos de aparecer en los más afamados libros de Historia.

 

Dominar el arte de la escritura y la lectura, además de conocer las ciencias de la conservación, búsqueda y uso del documento, siempre ha sido considerado algo digno de encomio, al mismo tiempo que merecedor del mayor de los respetos. Es calificado el Archivero como sacerdote de la sapiencia, pues no en vano nos puede desvelar los más recónditos secretos contenidos en miles y miles de legajos.

 

Aún más en nuestros días, cuando debemos traer hasta aquí la importancia creciente de la informática a la hora de contener archivos. Pero vano es la función de la maquinita, si no hay tras ella la mente sagaz y despierta del profesional de la Archivística. Éste con formación e intuición será siempre la pieza clave, justa y necesaria, para que un archivo funcione y de sus frutos.

 

Los grandes Archivos Nacionales e Internacionales suelen estar dotados, en mayor o menor cuantía, de todo aquello que necesitan. Aunque créanme, la clase política, por lo menos en España, nunca ha sido consciente del valor real de nuestros archivos. En muchos casos se tienen como meras despensas o almacenes, en donde depositar todo el papeleo que sobra en los despachos. Es más, como cada vez se escribe más y más, pero se guarda menos, los Archivos, a pesar de las leyes nacionales (Real Decreto 1708/2011, de 18 de noviembre, por el que se establece el Sistema Español de Archivos y se regula el Sistema de Archivos de la Administración General del Estado y de sus Organismos Públicos y su régimen de acceso) y autonómicas (Ley 3/1990, de 22 de febrero, de Patrimonio Documental y Archivos de Canarias) que regula la vida de estos organismos, asistimos a un olvido sistemático de los mismos. Dejando a voluntad de los responsables políticos que la Ley se cumpla con mayor o menor laxitud.

 

Ahora bien, los que en ellos estamos inmersos, sabemos muy bien quien es quien en los archivos. Hay archivos excelentes, dotados de infraestructura material y de profesionales cualificados, pero también los hay abandonados a su suerte y malamente sacados adelante por personal inexperto e inoperante. No pocas veces cuando un dirigente político quería purgar o condenar al ostracismo a un funcionario díscolo o poco maleable, se le enviaba a dar con sus huesos al húmedo Archivo, que casi siempre se encontraba en los sótanos o en las habitaciones más oscuras y menos ventiladas de las Casas Consistoriales. Por eso cuando llegamos a ver un Archivo Municipal de la categoría del de la Villa de El Ingenio en Gran Canaria, nos faltan manos para aplaudir al profesional que lo dirige, Don Emilio Sánchez. Contando con los medios justos y precisos, aprovechando de ellos el máximo rendimiento posible gracias a su encomiable labor profesional ha logrado, en poco tiempo, hacer de dicho Archivo un referente regional.

 

Los Archivos Municipales, como su propia denominación indica, conservan y catalogan todo aquel documento que sale de la administración local en sus mas variadas formas y asuntos. Desde la Alcaldía hasta cualquiera de las Concejalías Delegadas, tienen en el Archivo Municipal su espacio para salvaguardar todo aquello que la burocracia administrativa va generando a lo largo del tiempo. Existe, claro está, una parte del Archivo que podríamos llamar histórico y otra parte, uno más coetáneo y dinámico si se quiere, y coetánea si se quiere, que es aquella cuya genera toda clase de movilidades y acrecentamiento.

 

Basándonos en experiencias personales, puedo afirmar que un Archivo Municipal bien catalogado y por lo tanto también vivo, es fuente inagotable de defensa de los Derechos de los Ciudadanos. ¿Cuántas veces hemos asistido con rubor a la cesión de una propiedad privada a tal o cual ayuntamiento, elogiándose sobremanera, la generosidad del donante, cuando en realidad lo que hacía éste era devolver algo, que jamás había sido suyo? O ¿cómo hemos tenido que salir a la palestra alegando a los munícipes, que los solares que iba a adquirir con dinero público, en verdad eran del Estado y habían sido usurpados por sus actuales dueños por décadas cuando no por centurias?.

 

Pues todo esto y mucho más se soluciona con unos buenos Archivos, trabajados y dirigidos por verdaderos profesionales y, por lo tanto, expertos en Archivística. En el caso que nos ocupa, el Archivo Municipal de la Villa de El Ingenio en Gran Canaria, debemos decir que en él se ha llevado a cabo, en los últimos años, una labor ingente de expurgo,  catalogación y posterior disposición, dándole a todo el contenido del mismo, una más que razonable distribución. Hoy cualquier ciudadano que se acerque al ese servicio municipal, logra en poco tiempo hallar lo que busca o por lo contrario, poder irse con la conciencia tranquila de que no existe tal o cual documento en ese lugar. Los tiempos aquellos en que para hacer una diligencia archivística era sinónimo de perder el tiempo entre papeles, en este Archivo ha pasado definitivamente a la Historia.

 

Si bien todo archivo tiene valor per se, sea su tamaño el que sea y trate de lo que trate, un Archivo Municipal no tiene porqué ceñirse a temas puramente administrativos, pues el velar por la custodia de todos los documentos que a él llegan, es uno de sus principales objetivos. Muchos Archivos Municipales son verdaderas arcas de la memoria colectiva. Hasta ellos llegan muchos documentos de las más diversas acciones sociales, económicas y culturales. Cualquier ciudadano puede y debe concienciarse de que el Patrimonio Documental es siempre digno del más exquisito de los cuidados y, así lo han entendido algunas familias de El Ingenio, como es el caso de la Familia Ramírez Juárez. Gracias a éstos y otros fondos de igual o parecida formación podemos deducir parte importante de la historia, no solo de una población concreta o de una comarca, sino que unidos a otros tantos legados, podemos rehacer la Historia General de una Isla, una Provincia, una Región…

 

Demos la debida importancia a los Archivos en general y a los Municipales en particular. Formemos a nuestros munícipes y también al personal de los diferentes negociados, en que la documentación existente en sus concejalías y departamentos no son propiedad de nadie en particular. Aunque son generados por el político y el funcionario de turno, a éstos se les ha pagado por su trabajo y el montante de los documentos existentes sólo tienen un dueño, el propio Ayuntamiento del pueblo, la villa o la ciudad. De tal forma y manera que, así como aplaudimos a aquellos que cumplen con la Ley, denunciamos que, no en pocos momentos de nuestra más reciente historia, ha habido quien se ha llevado a su casa documentos, que no son de su propiedad. Éste no es el caso, al menos que nos conste, del Archivo de El Ingenio, pero sí del de Telde, Arucas, Las Palmas de Gran Canaria y así un largo etcétera.

La Historia Local cada vez cobra mayor importancia, la ciudadanía quiere saber cuál es su pasado y en que se basa su presente, teniendo en el Archivo Municipal una fuente inagotable de conocimiento.

 

Como Cronista Oficial, pero también como Académico de la Real de la Historia, felicito a todos aquellos que hacen posible la existencia de unos Archivos Municipales consultables y denuncio a aquellos otros que, con despreocupación total de los mismos y desprecio a la Ley, los abandonan para vergüenza de todos.

 

Respetemos y admiremos la labor de los Archiveros Municipales, facilitemos su trabajo, dotemos a los Archivos Municipales de cuantos materiales les son necesarias para cumplir realmente con las funciones que le tienen asignadas y avancemos así hacia una sociedad de la información como base de un Estado, en donde la libertad se basa en el conocimiento y no en el oscurantismo. El documento bien conservado y puesto a disposición de la ciudadanía, hace factible aquello de conocer para amar.

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de la ciudad e Hijo Predilecto de Telde.

 
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