Telde, el paisaje de la historia

Antonio María González Padrón

Telde, el paisaje de la historia
Portada del folleto turístico Telde, el paisaje de la historia (Foto TA)
Antonio María González Padrón

(A la memoria de mi amigo José Luis González Ruano)

Hace ya más de una veintena de años nos reuníamos, como otras tantas veces, en la sede de la Concejalía de Turismo del M.I. Ayuntamiento de Telde, el concejal Francisco Valido Santana, Pijuan Sanabria, José Luis González Ruano y el que ésto escribe.

 

Corría el mes de octubre y el tiempo apremiaba, había que cerrar todos los asuntos concernientes a la presencia de nuestro municipio en la Feria Internacional del Turismo de Madrid (FITUR). No era la primera vez que asistíamos a tal multitudinario evento, y si nuestra presencia, hasta ese momento, había sido solo un compromiso institucional con el Cabildo de Gran Canaria, ahora deseábamos fervientemente destacar entre los veintiún municipios de la Isla.

 

En la reunión antes mentada, asistía como experta en turismo y actuando como Secretaria de la Comisión Mara Vega Macías. En el orden del día se detallaban las diferentes propuestas que debían ser aprobadas definitivamente. Los pósters, las tarjetas postales, los folletos ilustrativos, el mapa general del municipio y particular del Conjunto Histórico Artístico de San Juan y San Francisco, así como una larga suma de objetos para el regalo a los posibles visitantes del stand grancanario. Unas bolsitas de gofio gentilmente donadas por el célebre Molino del Fuego, llaveros, posavasos, bolígrafos, abanicos, pins y lo más sorprendente, unos bellísimos paraguas decorados con la imagen del ídolo de Tara. Esto último tendría una doble lectura, pues cada vez que entregábamos uno, repetíamos: aquí en Madrid ésto es un paraguas, en Telde y en toda Gran Canaria, ésto es un parasol.

 

Ya habíamos contactado con las imprentas y los proveedores. Todo iba por buen camino, pero a la hora de decidirnos por un eslogan o lema, dudábamos sobre cual elegir entre una docena de aportaciones de los diferentes miembros de la mesa. En un momento determinado el Economista y Naturalista José Luis González Ruano pidió la palabra y, muy vehementemente defendió su eslogan: Telde, el paisaje de la Historia.

 

Al principio hubo quien no entendió el porqué de tal rotunda afirmación, pero pronto me uní a la defensa de uno de los lemas más bellos que ha tenido nuestra arzobispal ciudad. Efectivamente, como decía mi maestro el Dr. Don Domingo Martínez de la Peña y González, el hecho histórico sucede en un lugar geográfico determinado y en un tiempo preciso, pero tiene por protagonista y relator a un ser humano. Si importante es el hecho histórico en sí, éste no alcanza su relevancia si no tiene la suerte de contar con quien lo relate por escrito.

 

Y Telde, nuestra ciudad y comarca, ha tenido la suerte de tener muy buenos y afamados historiadores, desde Tomás Arias de Marín y Cubas hasta Pedro Hernández Benítez por nombrar a los lugareños, pero no olvidemos la magnífica aportación que en los años sesenta del pasado siglo XX, hizo el tinerfeño Dr. D. Antonio Rumeu de Armas al demostrar la existencia del Obispado de Telde y el título de Ciudad, nacido conjuntamente, con la Sede Episcopal por Bula de Clemente VI, Papa cismático de Avignon, en 1351.

 

A veces, desde los Altos de Telde, concretamente desde la Solana de Los Gatos, en uno de los extremos del antiguo Cortijo de Jacó o Jacón, al divisar nuestra amplia y abierta Vega Mayor, he pensado cuantas veces ha cambiado ese mismo paisaje, que muchos juzgan o califican de inmutable. La naturaleza hizo y deshizo todo lo que pudo y más a través de millones de años. Elevó montañas nacidas de múltiples erupciones volcánicas, agrietó esas mismas laderas y llanuras formando barrancos profundos cortados a tajo y otras veces cauces de lindes imprecisos por llanos y mansos. El soberbio Atlántico golpeando continuamente la costa acantilada y las calas arenosas, le fue dando mordiscos a la Isla y, otras veces, lamiendo el litoral con caricias de olas, fue depositando arenas hasta ese momento submarinas, para aportar suelo blando sobre los guijarros en la desembocadura de nuestros Barrancos.

 

Después surgieron las plantas y los animales por doquier y, algo más tarde, vinieron los humanos. Todos ellos, seres transformadores de la propia naturaleza. Aprovecharon cuevas naturales y al evolucionar culturalmente abrieron caminos y senderos, hicieron pequeñas represas y algún que otro canal. Y como dejó escrito el ingeniero cremonés Leonardo Torriani, hicieron habitaciones trogloditas con suma industria. Tara y Cedro, Silva y Calasio, Cuatro Puertas, Tufia y así otros tantos lugares nos hablan de esa primera transformación humana del paisaje. Llega 1483 y una nueva sociedad se establece en el mismo paisaje.

 

Los cultivos de tradición foránea y de orígenes bien diferentes se hacen con nuestros campos. Los árboles frutales y, sobre todo la caña de azúcar, crean un armonioso juego de colores entre campos cultivados y barbechos. La ciudad, en principio pequeña, se calcula unos 1.500 habitantes para las primeras décadas de la postconquista castellana, se va extendiendo desde su núcleo fundacional, San Juan, por el Altozano de Santa María de la Antigua y, a menos de una milla, surge también el barrio de Los Llanos de Jaraquemada o San Gregorio.

 

En el resto de la comarca teldense nacen los pagos de Jinámar, Hornos del Rey, Valle Casares, San Roque, Valsequillo, Tenteniguada, Tecén o Tesén, Lomo Magullo, La Breña, Cazadores, Valle de los Nueve y las pequeñas poblaciones de pescadores en la costa, van tejiendo el conjunto de asentamientos humanos que a vista de pájaro sería, por la complicación de sus calles, plazas y caminos vecinales como la pizarra grande de la escuela tras una clase de geometría, como bien dejó escrito el dramaturgo y poeta teldense Montiano Placeres Torón (1885-1938).

 

Tras el fracaso del azúcar por la llegada a los mercados europeos del azúcar caribeño, nuestro paisaje va cambiado paulatinamente y, a la misma vez que diversifica sus cultivos con la presencia de productos americanos, sobre todo la papa o patata, presenta unos mantos de cultivos bien diferenciados. La vid se hace presente en ellos y ocupa, por derecho propio, todo el terreno que antes se veía ocupado por la caña dulce. Los caldos de Telde afamados y cantados como de los mejores de Canarias conocieron su mayor pujanza en los siglos XVII y XVIII.

 

En las crisis económicas y cíclicas de nuestro territorio insular, los monocultivos, a los que nos vemos avocados una y otra vez, no dan tregua y así a partir del segundo cuarto del siglo XIX se abandona las viñas y también el cultivo del nopal, del que se extraía la famosa cochinilla y, como si de un nuevo paroxismo radical se tratara, la Vega Mayor se convierte en un verdadero vergel que hizo exclamar al poeta como perla perdida en un mar de esmeraldas te diviso Telde desde lo alto de esta montaña. El contraste de la blanca cal con que albeaban nuestras casas y el verdor del rico platanal, daban como resultado un nuevo paisaje, casi perenne por espacio de algo más de un siglo.

 

Pero, como todo no era Vega ni todas las aguas tenían las calidades que las que bajaban por la Acequia Real y nacían en las paredes de Tenteniguada, pues las había que se extraían de pozos y eran bien salobres, muchos dedicaron las tierras costeras y marginales al cultivo temporal del algodón y el tomate. Gracias a Mister Blisse este cultivo comenzó, de forma experimental, en el llamado Mayorazgo de Tara y de ahí se extendió, no solo por nuestro municipio, sino por el resto de la Isla y de Canarias.

 

Sorprenderá saber que la familia Del castillo en sus diferentes ramas dedicó gran parte de sus propiedades agrícolas teldenses, no solo a la producción de ricos plátanos sino a algo menos común en la memoria colectiva, nos referimos al tabaco. El actual edificio de la biblioteca pública de Arnao fue en sus inicios un secadero para las preciadas hojas de tal vegetal, del que Telde tuvo renombrada industria durante todo el siglo XX. Ya en los años sesenta y setenta del pasado siglo XX, queriendo entrar en el mercado más competitivo de la Europa unida, que era nuestra principal clienta, cubrimos gran parte de nuestros campos con grandes extensiones de plástico, los llamados invernaderos, que siguiendo diferentes técnicas de cultivo nos hizo exportadores de pepinos, pimientos, flores ornamentales, etc.

 

Más recientemente y en menor medida hemos visto en Tecén- La Barrera en tierras limítrofes con el municipio de Valsequillo, como ha surgido un nuevo paisaje, en donde los fresales son la nueva alfombra que decora este gran salón en donde se muestra nuestra propia historia. En nuestras tierras de montaña y medianías a lo largo de éstos últimos quinientos años, se han rotulado campos teniendo como base las escarpadas laderas y para ello se levantaron paredes o muros de piedra seca unas veces, y otras tantas de mampuesto.

 

Así en los llamados Lomos de Bristol, Catela, Guinea, Salas, Jerez y El Goro, los teldenses convertimos unos secarrales en tierras de pan llevar o pan traer, es decir, se plantó cebada, trigo y centeno, además de no pocas forrajeras que serían aprovechadas por nuestra cabaña ganadera. Caso aparte fue la zona de Higuera Canaria-San Roque en cuyos altos bancales se dispuso de miles de naranjos o naranjeros, cuyos frutos hicieron las delicias de cuantos tuvieron y tienen la suerte de probarlos. En la zona de Las Rubiesas-Melenara, Las Salinetas, la familia Betancor, Del Río y Gómez supieron cambiar radicalmente el paisaje convirtiendo esa zona, casi costera, en un verdadero vergel.

 

En el caso concreto de la finca de Las Salinetas, todo empezó con los Martínez de Escobar. El valle de Jinámar, otrora amplio barranco, fue cambiando paulatinamente gracias a la intervención del Condado de la Vega Grande de Guadalupe, que en su cortijo hicieron construir una de las norias más importantes del Archipiélago. Asimismo, primero los jesuítas y después la familia Manrique de Lara pusieron en cultivo el amplio y hermosísimo Cortijo de San Ignacio, hoy convertido, casi en su totalidad, en campo de golf.

 

A manera de conclusión, debemos afirmar no existe un paisaje imperecedero, inmutable. Existe, sí, un soporte físico ¡cómo podríamos negarlo! Pero lo que entendemos por paisaje es variable, mutante, cambiante, de tal forma y manera que el paisaje teldense que vieron los canarii a lo largo de sus más de mil años de historia, no fue el mismo que el que diseñó para la ciudad Hernán y Cristóbal García del Castillo, Juan Inglés, Bartolomé de Zurita, Gonzalo de Palenzuela, Pedro de Santiesteban, Ordoño Bermúdez… Todos ellos conquistadores y colonizadores de la Isla. Tampoco fue el paisaje de los ilustrados, que haciendo caso a las enseñanzas de nuestra patriótica Real Sociedad Económica de Amigos del País, plantaron moreras para servir de alimento a los miles y miles de gusanos de seda, que junto al algodón y a la lana, fueron básicos para nuestra industria artesanal de los tejidos.

 

Los que hoy tenemos más de sesenta años hemos visto los últimos cambios de nuestro paisaje y como paulatinamente éste se iba degenerando. La improvisación urbanista en forma de autoconstrucción, los planes generales no aprobados y el déjame hacer que soy tu amigo, han convertido a nuestra comarca en un hervidero de irregularidades urbanísticas restándole belleza paisajística por doquier.

 

Si hemos sido la generación del pillaje paisajístico, destructora como ninguna otra de los valores que la naturaleza guardó durante siglos para nuestro disfrute, no estaría de más que enmendásemos nuestro desquiciado quehacer y en los años que nos quedan sobre la faz de la tierra, que en el mejor caso y para mi generación no son más de treinta, hagamos todo lo posible por reconducir el tema y nos planteemos seriamente la restauración paulatina de nuestro paisaje.

 

No digo de volver a etapas anteriores, pues esto es del todo inviable, la presión demográfica que sufre la Isla y nuestro municipio es bien patente, pero sí que todas aquellas zonas susceptibles de ser espacios naturales protegidos lo sean de verdad y que de una vez por todas la naturaleza, en definitiva, el paisaje, no esté al servicio de la mezquindad de la ciudadanía.

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde e Hijo Predilecto de esta ciudad.

 

Comentarios

  • Matias Zurita
    04/06/2020 - 09:42

    Feliz idea y hermoso homenaje para alguien que defendió y velo por todo el acerbo Local, cosa que en pocos casos se da en nuestros supuestos representantes. Gracias D, Antonio. La nobleza no es algo de cuna, es algo de respeto y valoración al congénere...

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