La poeta Ignacia de Lara y el embeleso

Antonio María González Padrón

La poeta Ignacia de Lara y el embeleso
Antonio María González Padrón

Hoy toca contar una entrañable historia protagonizada por dos personas muy especiales. El relato comienza así: un día de septiembre, como cualquier otro día del noveno mes, en el jardín de la casa de campo de la familia de Lara-Vega, se había formado un amplio coro de jovenzuelas y algún que otro mozalbete, todos ellos laspalmeños y veraneantes en El Monte y Santa Brígida. En el centro de todos ellos una señora, que debido a su avanzada edad ya peinaba alguna que otra cana, era doña Ignacia de Lara Henríquez, la poeta y escritora grancanaria.

 

De pronto, rasgando la alborotada conversación, Tota, como familiarmente se conocía a Victoria de Lara-Vega, le propuso a su tía y al resto de los presentes, jugar a las palabras líricas. ¿En qué consistía dicho juego? Se preguntaron los menos asiduos a esas reuniones juveniles. Y tras una somera explicación, todos entendieron que la dificultad no estaba en la palabra escogida sino en introducirla en unos versos que realmente rimaran entre ellos, manteniendo una aceptable calidad poética y por lo tanto huyeran como el gato del agua de ser meros ripios.

 

Así las cosas, unos comenzaron proponiendo algunas que otras palabras de uso común y casi cotidiano: árbol, casa, jardín, rosaleda, acequia… mas Totita deseaba poner en un pequeño aprieto a su querida, y siempre ingeniosa tía Ignacia, por lo que recurrió a escudriñar a su alrededor hasta encontrar la palabra exacta que definía una planta extremadamente bella y resistente: el embeleso. En verdad era un arbusto, eso sí florecido durante buena parte del año. Se podía cultivar como elemento exento, pero también a forma de enredadera o la mayor parte de las veces realizando tupidos setos. Sus numerosas hojas cortas y alargadas dejaban entrever unos ramilletes de flores, que en unos casos eran blancos como la nieve, y en otros azules violáceos como los atardeceres de Nuestra Cumbre.

 

¡Tía Ignacia! A ver si te atreves con la palabra que te voy a decir ¡Embeleso!

 

La poetisa sonrió socarronamente y le dijo a la autora de la proposición ¡mira que eres, mira que eres…! Pues me lo has puesto requetefácil! ¡ya verás! Pero les pido a todos que no repitan lo que ahora van a oír, no quiero tener en mi conciencia los pecados de los demás.

 

Cuando con dulce embeleso

A besarte me provocas

Detengo el beso en mis labios

Y con los ojos te beso.

 

Terminada la composición y entre la admiración y los aplausos de la concurrencia, Tota salió rauda hacia su habitación y en un trozo de papel escribió lo escuchado. A las pocas horas le enseñó lo escrito a su tía, quien entre seriedad y bromas, le ordenó que lo rompiera. La sobrina, consciente del valor de aquel pequeño e improvisado poema, no le hizo caso y lo guardó para si. Un tiempo más adelante se lo daría de nuevo a la Poeta, quien con su propio puño y letra le dio consistencia física. Pasaron los años y cuando Ignacia quiso publicar sus Cantares, le pidió a su sobrina que escribiese todos ellos a máquina. Y ésta le introdujo, sin que Ignacia lo supiera, el Cantar del embeleso.

 

A muchos años que, en la calle Portería del barrio de San Francisco, concretamente junto al número uno, hay un parterre que luce un frondoso, y siempre bien cuidado embeleso. Nos cabe el orgullo no solo de haberlo plantado sino de cuidarlo con esmero cada día.

 

Cuando nos acercamos por allí, guiando a algún grupo de nuestros asiduos Recorridos Histórico-Artísticos, siempre, sin dudarlo ni una sola vez le contamos esta bellísima historia de complicidad entre una sobrina y una tía, que tuvieron en común un alma inmortal llena de amor y entrega a las diferentes causas de la Humanidad, fueran éstas pequeñas o grandes, antiguas o nuevas, cercanas o lejanas. Amantes sin igual de la Naturaleza hicieron de su defensa bandera y movieron las conciencias de sus semejantes a través de una vida plena de buenos gestos sencillos, pero no por ello menos trascendentes.

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde e Hijo Predilecto de esta ciudad.

 

Comentarios

  • Pino Monzón
    25/03/2020 - 13:44

    Hermosa historia, don Antonio. Ignacia de Lara, con el recato impuesto por la época que le tocó vivir, hubiera puesto en el tercer verso la palabra " boca" en vez de" labios". Hubiera quedado una preciosa estrofa de rima abrazada. ¡Ay la censura social...!

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