Un laberinto llamado Telde, la realidad supera a la fantasía en el transporte público

Antonio María González Padrón

Un laberinto llamado Telde, la realidad supera a la fantasía en el transporte público
Postal antigua de Telde con coches cerca de la plaza de Los Llanos (Archivo Tyldet)
Antonio María González Padrón

Mi buen amigo, ya fallecido, Pepe Brito, no faltó jamás a su cita veraniega con su ciudad natal, Telde. Él que se había afincado en Madrid en los años cincuenta del siglo XX, era un enamorado de la Villa y Corte, de la que conocía todos sus entresijos y vericuetos, pero eso no mermó su amor y conocimiento profundo de la tierra de sus ancestros.

 

Pepe, profesor universitario de excelente y muy extensa formación académica, hablaba siempre con autoridad, no exenta de una gran simpatía innata en él. Un día me comentó que qué difícil era conducir por Telde. Ante mi asombro, no me podía creer lo que me estaba diciendo, pues lo había visto conducir con destreza y casi maestría por La Castellana, Alcalá, Gran Vía… le comenté que cómo era eso y le espeté ¡hombre! Querido Pepe, la única disculpa que tienes es que diez meses al año conduces por las calles de una Villa y solo dos meses lo haces por una verdadera Ciudad.

 

Hace ya muchos años, concretamente en la década de los cincuenta de la centuria pasada, un Alcalde de Telde, concretamente don Manuel Álvarez Cabrera quiso cambiar tan caótica situación y se reunió con varios arquitectos y algún que otro ingeniero de caminos, canales y puertos. Entre éstos se encontraba don Santiago Ascanio Montemayor, vinculado a Telde por la fundación junto a su esposa doña Rafaela Manrique de Lara del Colegio María Auxiliadora. El ingeniero orotavense tomó un plano actualizado de la ciudad de Telde, también una escuadra y un cartabón, así como un lápiz y con destreza empezó a trazar líneas verticales y horizontales de las que resultó un plano cuadrangular de calles rectilíneas y manzanas de idéntico tamaño. Con voz autoritaria le dijo al primer edil esta es la solución. A lo que Álvarez Cabrera gritó ¿está usted loco? si yo hiciera eso me echaría al pueblo encima, comenzando por mi propia familia. El diálogo siguió, si usted lo que quiere es preservar intereses no me venga con monsergas de modernidades, y muy airadamente nuestro ingeniero abandonó la reunión.

 

Sirvan estas notas históricas como introducción a una realidad constatable, que no es otra que lo mal comunicado que está Telde, tanto a nivel de ciudad como de municipio. De lo único que podemos fardar es de la buena vía que nos comunica con la ciudad capital y con el Sur de la Isla, y eso siempre, claro está, que no haya obstrucción del tráfico por cualquier quítame allá esas pajas (colisiones, horas punta, limpieza, re-afaltados o cuando no desplome de parte de la propia vía).

 

Lo realmente penoso es lo poco o nada que nuestro Ayuntamiento hace para paliar tal anarquía. Las carreteras y calles son las que son y ahí está las viejas carreteras de Melenara, San Antonio del Tabaibal y La Pardilla con alineaciones de casas para todos los gustos, acequias sin cubrir, muros semiderruidos, sumando a todo esto los intereses mezquinos de quienes reforman casas antiguas sin perder un ápice de su solar no retranqueándose como es su obligación. Pero ¿qué me dicen ustedes del nefasto servicio de guaguas, al que me resisto a llamar “público e interurbano”? no creo que sea público, a no ser por quién lo paga, a veces comprando el tique y todas las veces subvencionándolo con nuestros impuestos. Tampoco es interurbano, a no ser que recurramos a ese calificativo porque atraviesan la ciudad.

 

No ha tenido nuestro Ayuntamiento el menor interés en dotar a una ciudad de más de 100.000 habitantes y con unos 67 barrios, de una red racional de guaguas (autobuses). Así las cosas, un vecino/a del populoso barrio de Las Remudas que intente ir a su Centro de Salud de especialidades más cercano, el de El Calero, tiene dos opciones: tomar la guagua Las Remudas-Telde Centro, esperar la intemerata y después volver a coger otra guagua que antes de llegar a su último destino, Melenara, para vomitar a su público sobre la calle principal del Calero. Y digo sobre la calle y no sobre la acera porque jamás he visto, en mis 65 años de vida, una guagua de Melenara bien aparcada.

 

El ejemplo al que aludo se podía completar diciendo que el vecino/a de Las Remudas tiene otra opción, siempre que se lo pueda permitir, cuestión ésta que, dado el alto número de parados, jubilados y familias en exclusión, no solamente de este barrio, sino de cualquier otro teldense, lo tiene muy difícil: llamar a un taxi. Con suerte los taxis vendrán a su encuentro, aunque algunos tarden, ya que su reducido número lo debemos compartir con los servicios aeroportuarios de Gando.

 

Y ahora nos preguntaremos, como los buenos oradores latinos ¿hasta cuándo? ¿alguna vez alguna mente privilegiada de nuestras diversas y variadas concejalías, pensarán en que realmente es un problema y que debe solucionarse cuanto antes? ¿o quedará para otro mandato como el quitar la torreta de Alta Tensión de unos de los márgenes del Puente Los Llanos-San José de las Longueras o la limpieza de los vertidos altamente tóxicos de la escombrera de la antigua CINSA? Créanme, cuando muestre aquí públicamente mis dudas. Así, señores, mejor se compran ustedes una patineta o una bicicleta en sus diferentes modalidades y, como decía el célebre borracho “El Raspa” ¡patitas para qué te quiero!

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde e Hijo Predilecto de esta ciudad.

 
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