La Capira

Antonio María González Padrón

La Capira
Barrio de San Francisco (Foto Jesús Ruiz Mesa)
Antonio María González Padrón

Nunca llegué a saber su apellido, pero sí su nombre que era Dolores o Lolita. Jamás me preocupé de preguntar tales cuestiones, bastante tenía con soñar con ella y ocupar mi mente infantil en febriles pensamientos. Pánico, eso era lo que sentía ante la sola pronunciación de su mote: Capira.

 

Por ahí viene la Capira. Si no te portas bien te llevará la Capira. Cómetelo todo o llamo a la Capira. Pórtate bien o la Capira te hará trocitos como los de la fregadura, que porta para sus cochinos. Cuando somos niños, a la vez de una incontenible gana de vivir y experimentar todo lo que hay a nuestro alrededor, también están los miedos, los terrores, los pánicos…

 

En casa de mi abuela Lola (Dolores Fleitas Hernández, era tía carnal de mis primas Ana Rosa y Mari Lola Fleitas Padrón. Y yo un buen día la adopté como abuela) pasé los días más felices de mi niñez. Allí en su cuarto de estar, que también era lugar de costura, veía las hábiles manos de esta anciana que trabajaba continuamente el ganchillo. De su habilidad para con la aguja y el hilo salieron infinidad de tapetes y, no menos, colchas; unas blancas como la nieve y otras algo más tostadas, que sus amigas de la calificaban de color café con leche o para ser más precisas, decían: de más leche que café.

 

A ciertas horas del día por la antigua calle de Los Baluartes, hoy Pérez Galdós, bajaba o subía una mujer ciertamente rechoncha, toda ella puro escándalo, ya por su destartalado vestir o por sus monólogos chillones y estrafalarios, ella era La Capira. Del personaje yo sabía lo que a manera de cuento-leyenda-historia me habían contado los mayores: vivía en una cueva del barrio del Bailadero o Baladero, a los pies mismos del promontorio o Altozano de San Francisco. Delante de su cueva y junto a una improvisada cocina al aire libre, unos muros de piedra hacían de corral o chiquero para su principal fortuna: media docena de cochinos (cerdos) que dejaban un hedor tremendo en todo el lugar.

 

La Capira salía cada mañana semi descalza, pues la mayor parte de las veces solo llevaba unas alpargatas de lona agujereadas por las uñas de los dedos gruesos de sus pies. Como quien dice, se tiraba a la calle a buscar por bares y casas de comidas todos los sobrantes para volcarlos en dos grandes bidones de lata. El resultado era pura anarquía culinaria: aguas de toda procedencia, caldos sin origen resuelto, trozos de pan, carnes de cochino, cabrito, vaca o conejo, verduras semi podridas o podridas en su totalidad, papas, muchas papas, y alguna que otra fruta en la que por supuesto el plátano pasado era el rey.

 

Con un palo grueso sobre su amplia y gruesa chepa hacía balancear los anteriormente nombrados contenedores, que irremediablemente la salpicaban a diestra y siniestra.

 

Un buen día, como tantos otros, yo estaba vigilante en la ventana de la casa de mi abuela para esconderme debajo de la cama cuando viera aparecer a tal personaje, pero resultó que antes de llegar a mi altura la Capira, de pronto, se paró en seco y oí que hablaba con mi abuela. Me extrañó y pensé para mis adentros que algo malo había hecho y que estaban tratando de mi futuro nada halagüeño.

 

Puse oído y entonces escuché que mi abuela le preguntaba: ¿Capira qué andas diciendo que no se te entiende, pero por lo que lo repites debe ser algo realmente importante? Y ella sin más le contó: doña Lola, lo que digo y digo, y no me canso de decir, es que ¡con la familia ni la mierda a medias!

 

Ante el asombro y la insistencia de mi abuela, la Capira le contó: usted sabe que yo tengo una cochina y mi hermano un cochino macho. La cochina parió diez cochinitos. Según el trato que yo tenía con mi hermano le debía dar dos cochinas hembras. Y hasta ahí todo el mundo de acuerdo. Ahora bien, cuando fui a vender el estiércol mi hermano quiere que le de la mitad del dinero y lo que yo digo doña Lola, no cagan lo mismo nueve cochinos que tres. Pues mire usted si es burro que por mucho que se lo explico él no lo entiende y me insulta diciendo que yo le he robado su mitad. Por eso vengo indignada comentándole a todo el mundo que no se fíen de los tratos y menos con la familia, ya decía mi padre ¡con la familia ni la mierda a medias!¡Oyó cristiana!

 

Ante el asombro de mi abuela por tal lección de filosofía práctica la Capira soltó una carcajada y dando con sus dos anchas manos un sonoro golpe sobre sus muslos gritó: ¡Ay, que me revolcó!

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde e Hijo Predilecto de esta ciudad.

 
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