Biografía sesgada de un sacerdote e historiador

Antonio María González Padrón

Biografía sesgada de un sacerdote e historiador
El sacerdote y cronista Pedro Hernández Benítez con otros compañeros (Foto Archivo Tyldet)
Antonio María González Padrón

A finales de la década de los setenta del pasado siglo XX, un recién licenciado en Historia del Arte visitaba una antigua casa en la calle Huerta del barrio de San Francisco de Telde.

 

Esta blanca edificación de patio central y habitaciones circundantes había sido el hogar familiar de don Pedro Cabrera Hernández, funcionario de carrera del M.I. Ayuntamiento de Telde y, para más señas, sobrino y heredero universal del tantas veces mentado Dr. D. Pedro Hernández Benítez. El motivo de nuestra visita no era otro que entrar en contacto con el legado arqueológico, artístico y documental que don Pedro había legado a su pariente e hijo adoptivo. Junto a betilos, idolillos de barro y piedra, gánigos y demás piezas de cerámica, sobresalía una extraordinaria colección de pintaderas que, si nuestra memoria no nos falla, sinceramente creo que no, se acercaba muy mucho al centenar.

 

Con todo ser la Arqueología una de las ramas más atractivas de nuestros conocimientos universitarios, debo confesar que no me detuve demasiado tiempo en las múltiples piezas antes descritas. Rápidamente me fui a unas cajas, que apiladas en un rincón, eran altamente sospechosas de guardar legajos, documentos varios, así como apuntes historiográficos y, dos de ellas, un magnífico y presumiblemente extenso epistolario.

 

Fue don Pedro hombre de pertinaz laboriosidad. De él comentaba su hermana Cesárea que jamás lo cogió el amanecer dentro de la cama, pues nuestro sacerdote y Cronista se solía levantar sobre las cinco de la madrugada. Lector empedernido devoraba libros y manuscritos con una voracidad enfermiza, tal como si supiera que le iba a faltar tiempo para llegar a conocer todo lo que su ávida mente le exigía. Cumpliendo con todas las labores propias de su cargo de párroco de la Matriz de San Juan Bautista de Telde, que llevaba consigo una misa de madrugada y otra al atardecer, horas de confesionario, visitas a enfermos, entierros y demás administraciones de sacramentos, aprovechaba cada resquicio temporal para trabajar el apasionante mundo de la Arqueología, la Historia y la Historia del Arte.

 

Había sido don Pedro niño y mozuelo despierto, mostrando gran interés por todo aquello que a otros de su edad no les preocupaban. Gustaba de la compañía de gentes de avanzada edad, mujeres y hombres, sin distinción. Y cuando el tiempo lo permitía, salía con su hermano Francisco a corretear por las márgenes del Barranco Real de Telde y La Majadilla para con suerte, como a él le gustaba decir, encontrarse con algún cacharro de los antiguos canarios.

 

En su etapa de estudiante del Seminario Conciliar de la Inmaculada Concepción de Las Palmas de Gran Canaria, nuestro hombre se distinguió por su disciplinado quehacer diario. No extrañando, ni a propios ni a extraños, que alcanzara las más altas notas, que en aquel centro eclesiástico se pudieron dar. Nuestro biografiado dominaba con maestría singular el español, pero también el francés, latín y griego. Haciendo sus pinitos con el italiano, el arameo y el árabe, completando sus estudios con un flamante doctorado en Teología.

 

Era don Pedro viajero incansable, tanto a nivel insular como peninsular. Su más ambicioso plan de viaje lo culminó con éxito y libro. En su famoso Viaje por Oriente, Hernández Benítez, relata sus visitas a las ciudades sagradas del cristianismo, alentado por su fe ciega en Jesucristo y su innato interés por las ciencias históricas.

 

Este valedor incansable del Patrimonio Histórico de la Ciudad de Telde y su Comarca fue conferenciante en las más prestigiosas instituciones de la isla y fuera de ella, asistiendo a varios congresos internacionales de arqueología. Como hombre de su tiempo utilizaría los periódicos y la radio para comunicar su saber.

 

El epistolario de Hernández Benítez es fiel reflejo de la necesidad imperiosa por agrandar sus conocimientos. Así mantuvo correspondencia con investigadores de Madrid, Barcelona, Londres, París, Roma, Munich y Viena por nombrar solo unas cuantas localidades desde donde le venían cartas explicativas a cuestiones que con antelación hábilmente había planteado a otros colegas.

Desde siempre contó con la nada despreciable amistad y complicidad de Monseñor Antonio Pildain Zapiain, Obispo de Canarias, que siempre confió en su celo apostólico y en su sabiduría científica.

 

Don Pedro era hombre afable, pero inamovible en cuanto a dogmas y doctrina, eso le hizo granjearse amigos y enemigos, ponemos un ejemplo: cuando se prohibió el toque de campanas y las procesiones en la vía pública durante los últimos años de la II República, a sabiendas de que lo iban a multar, siguió erre con erre tocando las campanas a diario y sacando a la vía pública cuantas procesiones marcaba la tradición.

 

En otro orden de cosas don Pedro tenía gran humor, en una palabra, podríamos decir que era socarrón. Si no miren ustedes lo que le pasó cuando un buen día recibió en su despacho a una embajada de señoras católicas, que le vinieron con el cuento de que su perro fornicaba en demasía con todas las perras del barrio, no respetando ¡oh, Señor! Ni el Viernes Santo. El señor cura se les quedó mirando en silencio y después de unos instantes les espetó la siguiente pregunta: ¿saben ustedes que votos debe guardar un sacerdote diocesano?, pues sepan ustedes que son dos: el de obediencia al Obispo y el de castidad. Pero ¿saben ustedes qué votos debe mantener el perro del señor cura?, pues solo uno como mandato divino creced y multiplicaos. Así dio por zanjada la discusión.

 

En 1958 don Pedro sufrió un derrame cerebral, lo que antes se llamaba trombosis y hoy Ictus que lo dejó paralizado en toda su parte derecha, así como sin poder emitir palabra alguna. Era revelador de su carácter y fe el verle cada tarde intentando arrodillarse entre su hermana y su sobrina para recibir la visita del Santísimo y tomar la Comunión, mientras sus labios se movían, le vimos más de una vez cómo le caían sendos lagrimones por su ya anciana faz.

 

Éste es el sacerdote e historiador al que tanto he admirado. Su obra magna, sin duda alguna fue su libro Telde, sus valores: Arqueológicos, Históricos, Artísticos y Religiosos.

 

Don Pedro Hernández Benítez fue engendrado en Telde, nació meses más tarde en Cruces, en la Isla de Cuba y volvió jovenzuelo a la ciudad de sus mayores, en donde murió en 1968. Después de un tiempo enterrado en un nicho del Cementerio Católico de San Juan, hace ya varias décadas que sus restos descansan en la capilla del Rosario de la Basílica Menor de San Juan Bautista de Telde. Nuestra urbe le honró entregándole el noble título de Hijo Adoptivo.

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde e Hijo Predilecto de esta ciudad.

 
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