Galdós y Telde

Antonio María González Padrón

Galdós y Telde
Benito Pérez Galdós (Foto TA)
Antonio María González Padrón

Muchos de nuestros asiduos lectores se sorprenderán del título escogido para el presente artículo, pero al concluir este verán que, hay motivos más que suficientes para unir la biografía del gran escritor universal con esta antigua y noble ciudad de la Gran Canaria.

 

El territorio municipal de Telde menguó, a principios del siglo XIX, con la irremediable secesión de Valsequillo. Corría el año de 1800, cuando los oriundos de Las Vegas de Enmedio y de Arriba comenzaron una batalla, no solo dialéctica, para conseguir Parroquia propia.

 

Los motivos aludidos eran, entre otros, lo difícil que lo tenían a la hora de cumplir con los Mandamientos de la Santa Iglesia Católica, sobre todo los concernientes a asistir a la misa en domingos y días festivos, así como confesarse con asiduidad y comulgar, al menos, una vez al año por Pascuas Floridas. Asimismo, reclamaban un camposanto o cementerio propio, ya que era muy costoso traer a sus muertos por el antiguo camino real hasta la Iglesia Parroquial de San Juan Bautista de Telde.

 

Como bien sospechaban los que formaban las fuerzas vivas de nuestra ciudad, tras la aparente preocupación espiritual, se escondía otra muy propia de este mundo, cual era el ir cimentando la posterior petición y consecuente concesión de Ayuntamiento propio.

 

Entre todos los valsequilleros hubo algunos que destacaban por sus bien acaudaladas economías, cuando no por ser miembros de las milicias locales. Entre éstos últimos se encontraba uno de los abuelos de Don Benito Pérez Galdós. Ya tenemos la primera de las concurrencias entre el escritor y nuestra ciudad: Sus orígenes. Los Pérez hacían siglos que eran habitantes de la comarca teldense.

 

Al principio de la década de los cincuenta de la centuria decimonónica, en una de las aulas del prestigioso colegio capitalino de San Agustín, coincidieron dos niños: uno de Las Palmas y otro de Telde, el de Las Palmas, un año menor que su compañero teldense, vivía en las inmediaciones de la calle Mayor de Triana, en la Calle Cano, arteria ésta que como todas las de su barrio estaban habitadas por familias burguesas dedicadas en gran parte al comercio. Aunque en el caso que nos ocupa su padre y, con el tiempo, un hermano y otros familiares muy allegados, serán militares de carrera. El jovenzuelo en cuestión no era otro que Benito Pérez Galdós, que al transcurrir los años se convertiría en Don Benito o simplemente en Pérez Galdós, el mejor de los novelistas españoles de todos los siglos, a excepción del gran Cervantes.

 

Su condiscípulo había nacido y vivido en la antigua calle Real de Telde y llevaba por nombre Fernando Andrés Jesús María de los Dolores y por apellidos León y Castillo-Olivares, aunque la Historia lo reconocerá como don Fernando León y Castillo.

 

Después de más de siete años de amistad y complicidad, que podemos advertir en la realización común de obras teatrales, concursos literarios y, por si todo esto fuera poco, la coedición y codirección de un periódico escolar. Todo ello vino a cimentar una de las amistades más profundas y sinceras que la sociedad española ha podido comprobar a través de algo más de sesenta y cinco años.

 

Conocemos por tradición familiar, llegada a nosotros gracias a la memoria y la voz de doña María Pérez Galdós y de doña María del Pino León y Castillo (IV Marquesa del Muni) que la mayor parte de los domingos el joven Fernando acudía al almuerzo familiar de la casa de los Pérez Galdós, Entreteniéndose en mil juegos con su gente menuda.

 

Llegadas ciertas fechas vacacionales, sobre todo estivales Benito corría presuroso a pedir permiso paterno para devolver todas esas visitas en una larga temporada estacional en Telde. Si en la ciudad se distraían observando el trajinar de las gentes, las tiendas de los ingleses y jarabandinos y la llegada-partida de barcos del Puerto de Las Palmas (San Telmo), así como jugando en los dos patios y también en la azotea de la casa de Benito.

 

En Telde había mayor libertad, pues a la pequeñez de la ciudad, se le sumaba la cercanía de cercados, fincas y barrancos, por donde el trotar de los jovenzuelos, a veces acompañados por el hermano mayor de don Fernando, Juan, hacían de cada salida una expedición llena de innumerables sorpresas, convertidas hábilmente por aquél en lecciones de botánica, zoología, geología…

 

A principios del siglo XX cuando la Iglesia Católica Romana, se unió con la jerarquía Luterana de las Iglesias Escandinavas para abortar la candidatura de don Benito al Premio Nobel de Literatura, consiguiendo que se lo dieran al doctor en medicina y escritor español Echegaray; Telde como Gran Canaria y como toda España sintió un profundo dolor por la gran e inmerecida ofensa sufrida por Pérez Galdós.

 

Lo más granado de la sociedad teldense se volcó en desagravios logrando que el M.I. Ayuntamiento de la ciudad nominase una de las calles más importantes con sus apellidos, Pérez Galdós. La vía no era otra que la antiquísima de Los Baluartes, camino obligado de la Zona Fundacional al algo distante Barrio de Los Llanos de San Gregorio. También se realizaron varias tertulias literarias, en las que intervinieron numerosos poetas locales e insulares, todas ellas magníficamente dirigidas por don Montiano Placeres Torón y don Patricio Pérez Estupiñán. El jaque mate a la autoridad eclesiástica vino de la mano de unos empresarios teatrales teldenses, quienes tuvieron la idea de colocar el nombre de Electra al primer teatro fijo teldense, que se levantó al comienzo de la calle del Molinete o Molinillo, hoy Avenida de la Constitución. Recuerden todos que Electra trataba, entre otras muchas cuestiones, el tema siempre espinoso del incesto.

 

En el mismo orden de cosas el Ayuntamiento se comprometió a erigir, tan pronto hubiese dinero en sus arcas, un monumento al insigne escritor de los Episodios Nacionales. Como nuestro Consistorio nunca estuvo sobrado de capitales jamás se llevó a cabo tal obra, pero hace unos años, tras un recorrido histórico-artístico por el barrio de San Francisco tuvimos ocasión de pedir al Consejero de Cultura del Cabildo de Gran Canaria don Larry Álvarez, que fuera la institución insular quien se hiciese cargo de cumplir aquella promesa que llevaba más de cien años en larvada.

 

A los pocos meses y coincidiendo con la fecha del nacimiento de don Benito, se inauguró un magnífico busto de bronce* que, fundido en la ciudad de Arucas, reproducía una obra de extraordinario valor artístico conservada en barro cocido en la casa natal, hoy Museo de don Benito Pérez Galdós. Colocada al comienzo de Las Ramblas centrales de la llamada Avenida del Cabildo Insular, hoy saluda a miles de ciudadanos, entre los que se encuentran cientos de estudiantes, que cada día pasan por ahí.

 

Don Benito vivió en nuestro Telde, pero sería más justo decir que vive en Telde, como lo hace en miles de lugares del mundo, pues allí donde se lee algunas de sus obras se mantiene vivo su espíritu indómito. Este enero cuando tenemos que recordar aquel día cuatro de hace cien años cuando algunos creyeron que moría para siempre, tenemos que ser categóricos al gritar ¡Galdós vive!

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de la ciudad e Hijo Predilecto de Telde.


* Nota del autor: La obra es diseño original de Vicente Bañuls, discípulo predilecto de Mariano Benlliure. Fue fundida por Manuel González.

 

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