sábado, 21 de octubre de 2017Director: Carmelo J. OjedaISSN 1885-5636
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Opinión -08/10/2017 - Actualizada a las 10:22
Colaboración

Personas aleganchinas y toletadas

Nicolás Guerra

Hay personas anónimas, estimado lector, de quienes uno termina, pasivamente, conociendo muchos aspectos de su vida. Y no es que nos sintamos atraídos por su inteligencia, capacidad comunicativa, conocimientos o genialidades, en absoluto: son las llamadas alegadoras, aleganchinas o alegantinas por el Diccionario básico de canarismos, es decir, ‘hablan mucho, por lo general sin trascendencia’.

 

Son cargantes y agresores seres vivos incapaces de callar. Impactan con discursos las más de las veces impertinentes, indiscretos, irrespetuosos. E, incluso, alteran la serenidad y el equilibrio nervioso de quienes están a su alrededor, zona de peligro. Y como hablan tanto y con tal estruendo sonoro, uno se entera de intimidades y maltratos a la propia lengua (sistema de comunicación verbal o escrito).

 

Como enriquecimiento a mi condición de usuario de guaguas, ayer soporté obligatoriamente a una licenciada (con muy buenos conocimientos lingüísticos, según ella). La tal jóvena nació en Las Palmas, estudió Bachiller en un colegio religioso próximo al antiguo Estadio Insular (“¡es ese, es ese!”, le gritó a su acompañante cuando la guagua pasó cerca). Allí ganó varios concursos en juegos del aro: era muy buena, si no la mejor… Aprobó la PAU (una de las más altas notas, claro) y marchó a Madrid para estudiar Historia del Arte. Y como quien no quiere la cosa, también aprendió “a pronunciar correctamente el español”, tal se espera de una licenciada / doctora canaria, abrumada además por vulgarismos (¡ejem!) como jilorio, desinquieto (‘activo’), jilbanazo…

 

Allí pasó seis cursos, pues era tan sobresaliente en todas las asignaturas que los profesores (“los mejores catedráticos de Europa”) casi la obligaron a doctorarse (cum laude y felicitación del tribunal, obviamente). Hoy imparte clases en un centro privado, pues en la Universidad de Las Palmas “no me aceptan por mi amplia formación profesional”. Por tal razón, cuando en Madrid se enteren de que la cuasi nobelísima doctora no fue admitida directamente como catedrática, la reclamarán acaso para dirigir el Museo del Prado. O quizás el Reina Sofía. Por tanto, mantiene aún en alquiler la vivienda de protección oficial “cerca del barrio de Salamanca”. (Por cierto: le reclamaron la llave del piso, pero como ella sabe también de leyes “les dije cuatro cosas y se volvieron atrás, ¡a mí me van a engañar…!”.)

 

Pero la jóvena licenciada - doctora trompica con manifiesta incultura ante básicos conocimientos relacionados con el léxico, la historia y el sentido común. Así, la tal perfección humana que tanto aleguetiaba en la guagua le explica a su acompañante madrileño por qué el vehículo recibe tal nombre. Con cara de sapientísima lingüista, sin reparos ni temores, sienta cátedra: “La palabra guagua viene del inglés, es un anglicanismo”.

 

Y ni gagueó, ni tuvo espasmos, ni el rubor cubrió su rostro de sagaz investigadora y castellanizada pronunciación de la c- ante e, i. Muy al contrario, argumentó que lo había estudiado. La perplejidad de su compañero fue manifiesta, quizás hasta de sorimba: “¿Pero qué tiene que ver esa palabra con el anglicanismo si el anglicanismo es la religión dominante en Reino Unido?”. No me pude contener e intervine: “Ella tiene razón. Las primeras guaguas llegaron a Tenerife con los anglicanos ingleses a finales del XIX, cuando se asientan ya como comunidad”. (¡La jóvena doctora asiente ante mi disparate!) Entonces añadí: “De todas maneras, evite la confusión con anglicismo.

 

A Dios gracias, el trayecto duró poco. Favor que les debo a los dioses pues, en otras circunstancias, le hubiera echado manos al pescuezo o puesto debajo de las ruedas de la guagua, tal era mi desesperación y desasosiego: ¡podía terminar hecho un manojo de nervios! ¡A mis decenios!, añado. Por suerte mantuve el control y estabilicé mi equilibrio interior gracias al taichí made in China… Si no, la energía liberada habría reconcomido mis esencias. Y es que la jóvena, en fin, estuvo ininterrumpidamente dale que te pego a la lengua (órgano muscular) cual látigo flagelador, inmisericorde, destructor de cuerpos y almas. Yo rogaba al Olympo: ¿podrían los dioses invadirla con “paralís” momentáneo, rigidez facial y lingual pasajeras, efímera mudez o mordedura? Así, corrientes vivas de sangre y veneno manarán a borbotones y la llevarán a un estado fugaz de catalepsia; y el tal accidente nervioso bloquearía cualquier intento de continuidad en el discurso hasta que yo llegara a mi parada final. Pero me abandonaron, quizás por mi furor belicoso.

 

En efecto, hay quienes aleguetean mucho, más de la cuenta, frente a quienes simplemente alegan. Así, el Diccionario de la lengua española muestra las voces alegar y alegato. La primera se refiere a la acción de argumentar (oralmente o por escrito) por parte del interesado o su abogado en defensa de su causa o de alguna pretensión. (Forma verbal que tanto en Canarias como desde México hasta Chile amplía su significado: ‘Disputar, altercar’.) La segunda es, en lo judicial, el ‘escrito en el cual expone el abogado las razones que sirven de fundamento al derecho de su cliente e impugna las del adversario’.

 

Y como, además, el alegato se realiza a favor o en contra de alguien o algo, recuerdo la intervención del señor Rajoy en el jardín de la Casa Blanca cuando días atrás mantuvo una rueda de prensa a la par con el señor Trump: en momentos pronunciaba Trun; en otros, Trump; y una vez le oí Tramp. (La primera forma –Trun- debe de ser estelada jugarreta del subconsciente rajoyniano: a fin de cuentas, así lo llama el presidente venezolano. Por cierto: su apellido no es Madero, tal como se refirió a él el presidente español.)

 

Por tanto, la cosa es bien sencilla: si no se maneja la otra lengua, lo prudente es pronunciar tal como está escrita la palabra. Y si la jóvena historiadora confunde anglicismo con anglicanismo, que devuelva el título.

 

Ya lo dice la sabiduría popular: “Ni todo se ha de hablar, ni todo se ha de callar”. Y añade: “Piensa antes y habla después”, toleta.

 

Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.