15/01/2022 - 16:32

Paseo por el barranco

TA ofrece una reflexión del profesor jubilado e historiador Pelayo Suárez Alejandro

Paseo por el barranco
Tramo del corredor paisajístico de Telde/TA.
PELAYO SUÁREZ ALEJANDRO

Dentro de la realización del llamado corredor de Telde, en donde asesorado y aprobado por especialistas en la materia, la obra ha avanzado según el proyecto trazado para su ejecución, hemos querido transitar parte del mismo, por el que hace ya muchas décadas lo hacíamos, saltando y evitando charcos que la corriente del barranco producía por abundantes lluvias, y que entonces eran mas propicias, en donde había dejado en pequeños o grandes barrizales.

 

Pero entonces, la diferencia era que se respiraba una atmósfera saturada de pureza en el ambiente, y que en nuestra niñez nos acompañaba mientras contemplábamos con nuestros vírgenes ojos todo el entorno lleno de naturaleza y en donde la variedad de pajarillos animaba con su colorido, su vuelo y canto, nuestro caminar a través de piedras y gravas que había sido debidamente lavadas por el agua del barranco que al final era ya cristalina.

 

Hoy transito más serenamente por la regular alfombra de tierra que forma el camino, mientras escruto el entorno y adivino en los numerosos y pequeños espacios, los paisajes del ayer, intentando encontrar algunos resquicios que me haga recordar el entonces lejano.

 

Ya no veo, porque el tiempo la venció, la esbelta canal que a la altura de la desembocadura el barranco Tundidor unía la parte de allá de la zona de Las Longueras, con la tierras de acá del lugar llamado Magascaidas, en la zona del Valle de los Nueve, y que con asombro y miedo, a veces cruzábamos, ya que estaba a una altura de varias decenas de metros del fondo del barranco real de Telde, llamado en este lugar barranco del agua, y a la que nos asíamos a los barrotes cruzados que como resguardo abarcaba toda la longitud de la misma. Era un elevado pasadizo necesario que servía para sostener la tubería que formaba el techo de la canal, cuya utilidad fundamental era para el trasvase del agua de la Heredad del Valle desde la vertiente sur a la vertiente norte de la zona, de una a otra orilla.

 

Recordando, seguía viendo a aquel niño pequeño que con entusiasmo caminaba por el fondo del barranco, sorteando piedras de todos los tamaño, hoyos de mayor o menor profundidad, y como encargo de su madre, con un saco vacío en las manos, para recoger ñames, calabazas y hasta cepas de caña dulce, ya que hacía poco que había estado el barranco corriendo, y había dejado incrustado entre las piedras y remansos de tierra estos productos que había arrancado y arrastrado a su paso por el barrio de Tesen en donde había grandes plantaciones de estas verduras. Admirado y asombrado, mirando la inmensa altura de los riscos que formaba el cauce del barranco y los detalles de plantas crecidas en medio del mismo. Aun hoy seguía mirando a ver si veía algún nido de los variados pájaros que entonces abundaban en el lugar con la ilusión de contemplarlos y hasta escrutando en sus nidos, cuervos, águilas, cernícalos o pardelas, que eran presagios de visitas de la “cigüeña” a alguna vecina, y hasta esbeltos alcaravanes y alcairones que con su vuelo y su canto anunciaba el cambio de tiempo que podría haber.

 

Jugaba, miraba, observaba y contemplaba aquella límpida naturaleza que constituía todo el entorno del barranco, y el niño entusiasmado en aquella profunda hondonada. Aquel barranco era cauce del agua que en los largos y fructíferos inviernos, con sinfonía de colores y bramidos en las silenciosas noches invernales, discurría temporalmente. Sabía de la máxima que decía: todo aquel que nace a la orilla de un barranco, escuchará su ruido durante toda su vida.

 

Todos esos recuerdos afloraban hoy después de transcurridos muchos años, volviendo a pasear por este sendero cómodo y amplio que hoy nos facilita el paseo. La abundante flora que desde entonces engalanaba todo este recorrido, hoy también nos acompaña para regocijo de nuestra visión. Algún acebuche escobones, esparragueras, tabaibas, verodes, cardones, orobal (planta codiciada por sus virtudes medicinales), eucaliptos, tuneras, entres otras plantas silvestres que adornaba todo este frondoso tramo del barranco que transitamos.

 

Y recordaba escuchar de sus mayores, como antiguamente el agua de la Heredad de la Vega Mayor de Telde discurría a cielo abierto por el centro del barranco, que a fuer de fluir constantemente había formado una acequia natural por el cauce.

 

Le contaba su abuelo, que entonces estaba dividido en parcelas la superficie del seno del barranco, con sus respectivos propietarios en donde plantaban verduras y hortalizas, que se regaba aprovechando el paso del agua de la Heredad, bajo la vigilancia del guardián de la misma.

 

Pero a comienzos del siglo XX los propietarios de esta Heredad proyectaron encauzar el agua, porque a cielo abierto se perdía mucha cantidad, con lo que reducía el caudal de la misma, como venía ocurriendo. Y así emprendieron una obra faraónica de la época, atravesando la tubería gran parte de la pared del risco del barranco en su vertiente norte, y en todo su recorrido. Pero atendiendo a la Normativa de Seguridad e Higiene vigente, de proveer del liquido elemento a la población por donde transcurría, en los lugares mas cercanos a los núcleos poblacionales, asignaron la construcción de longas acequias de anchura y profundidad adecuadas, que le sirvieran al vecindario, tanto para lavar la ropa, como proveerse de agua para consumo e higiene humana, así como abrevaderos para el ganado.

 

En nuestro recorrido se pueden localizar en tres lugares determinados en el tramo del barranco que abarca la longitud del barrio del Valle de los Nueve, tres acequias que quedaron para servicio del vecindario, distribuidas en las cercanías de donde habían más concentración de población, una cerca de Hoya de Manríquez, la segunda a la altura del lugar llamado los machos, casi en la zona central del barrio, y la tercera a la altura de los pasos de Herrera, cerca del otrora centenario molino de Las Longueras, con lo que todo el vecindario podía estar atendido con el suministro necesario del agua. Lo que también recordaba de niño, era ver una gran extensión del barranco, formando como una alfombra multicolor por la ropa que tendían sobre las piedras y lajas para que se secara, mientras las mujeres esperaban descansando después de estar horas restregando, golpeando y lavando la ropa, comentando las noticias y curiosidades de la época, o quizás recordando al familiar que un día partiera como emigrante, siempre por necesidad, añorando su ausencia.

 

Hoy ya con ese bagaje de recuerdos y nostalgia, paseo nuevamente con el conocimiento que me ha proporcionado la consulta de legajos referentes a este lugar. Y si ayer con la candidez de mis primeros años había hecho del entorno un idílico solaz, hoy contemplo mientras paseo por estos lugares, que si entonces ya tenían historia, nombres y curiosidades, todavía no se habían vislumbrado, porque permanecían ocultos en carpetas celosamente custodiadas.

 

Por eso, ya transcurrido el tiempo, puedo con conocimiento de causa, por investigaciones encontradas, que este impresionante salto de nivel que forma la desembocadura del barranco Tundidor con el cauce cero del barranco del agua, se le llama “el caidero de los guirres”, ya desde antes de finales del siglo XIX, según referencia de los planos de descripción de estas y otras zonas como Tesen y el Pastel, o la mina y pozo de D. Federico Morera en la desembocadura del barranco de los Cernícalos. Estos planos han quedado como reliquias, realizados por el ayudante de obras públicas, y del ingeniero Juan de León y Castillo, llamado Julián Cirilo Moreno, que tiene una calle nominada en el barrio de las Alcaravaneras de Las Palmas de G.C. y en otros municipios del sur de Gran Canaria, quien colaboró con el ingeniero teldense en casi todas las obras que realizara en aquella época, incluidas el Puerto de la Luz. Dichos planos descriptivos, me los ha proporcionado generosamente D. Ismael Santana Ramírez, licenciado en historia y técnico de museos del Cabildo Insular de Gran Canaria. En los mismos se describe gráficamente, con la señalización de la mina del Tundidor, que horadaron en este lugar, según iniciativa particular hacia los años 70 del siglo XIX, con el fin de encontrar un yacimiento de agua, objetivo que se consiguió y con el tiempo fue a engrosar la Heredad de Aguas de la Vega mayor de Telde así como también para suministrar caudal a las aguas del Chorro, según se señala en el libro publicado el año 1914, por el grupo llamado “El Bloque”, valedores de esta comunidad de aguas, libro cortesía de D. Gonzalo Pérez Báez, adquirido en una librería de Madrid.

 

Para ello se hizo horadando el risco en dirección sur a una profundidad de 30 mtrs. de desnivel del camino vecinal y con una longitud de profundidad de la mina de mas de 250 m., logrando un yacimiento de agua, por un tiempo indeterminado, pero al cesar la emanación en la mina, por orden gubernativa se tapio como medida de seguridad.

 

Y con esta reflexión y recordatorio, vuelvo sobre mis pasos, observando nuevamente todo el paisaje del barranco, haciendo un símil entre el ayer lejano y el hoy presente con una sensación contenida de observación, ya por una mirada mas reposada y escudriñada, que quisiera quedara plasmada en estos riscos enhiestos de asombro y admiración de mi niñez, y recordando lo que decía el poeta, “todo aquel que nace a la orilla del barranco escuchará su ruido durante toda su vida.”

 

Comentarios

  • Aránzazu
    18/01/2022 - 21:09

    Es una pena que no pueda ser transitado con tranquilidad al última que vez que estuve unos niñatos tiraban piedras al barranco y calló en la cabeza de un hombre si mi marido y yo no llegamos a pasar no sé qué sería de ese hombre hoy en día ya que le quedaron secuelas.

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