28/01/2018 - 10:11

Proletaria conciencia de lacayo

Nicolás Guerra

Nicolás Guerra

Tanto para lord Darlington -primer dueño de Darlington Hall (distinguida mansión inglesa)- como para el norteamericano míster Farraday (nuevo propietario) su mayordomo es, simplemente, Stevens. Pero este distingue entre “mi señor” (el aristócrata) y “mi patrón” (el millonario yanqui). Por otra parte, el personal del servicio (incluida el ama de llaves) lo reconoce como míster Stevens. A fin de cuentas es el coordinador general, y el grado confiere indiscutible autoridad.

 

¿A qué se debe el tratamiento desigual del mayordomo a los propietarios? Quizás la respuesta nos la da el mismo Stevens: “No quiero dejar en mal lugar a míster Farraday, ya que, después de todo es un caballero con una educación diferente”. O, acaso, se impone la tradición clasista al más puro estilo victoriano: no es lo mismo un aristócrata inglés (el lord es la primera nobleza) que un multimillonario norteamericano.

 

no solo se trata de distinciones según culturas o maneras de ser: un mayordomo perfecto (es el caso de su padre, modelo para el narrador) servirá con exquisito rigor profesional durante cuatro días y como ayuda de cámara a “el General”, un invitado de su señor (míster John Silvers) a pesar del odio almacenado contra él. Pero como le había pedido un trato distinguido para su huésped, fue tan manifiesto el servilismo (latín servilis, ‘de esclavos’) que el militar lo gratificó y, además, felicitó a míster Silvers al final de su estancia. Se trata, pues, del lacayo, criado cuya función siglos atrás consistía en acompañar a su amo en los desplazamientos y, en este caso (primera mitad del siglo XX), con significado de ‘servil’ para el Diccionario académico.

 

Stevens es el protagonista de Los restos del día o Lo que queda del día (1989), novela narrada en primera persona y la tercera producción de Kazuo Ishiguro. Para algunos es su obra maestra. Para otros catapultó al japonés nacionalizado como británico y lo convirtió en uno de los más importantes autores de hoy, confirmado por la concesión del Premio Nobel de Literatura (2017). Llevada al cine (1993) bajo la dirección de James Ivory, Anthony Hopkins y Emma Thompson fueron los actores principales (como Stevens y miss Kenton, respectivamente).

 

Todo, por tanto, gira en torno al mayordomo: solo a través de él conocemos lo relacionado con la trama argumental. Así, podemos entrar en los más ocultos recuerdos: se almacenan experiencias (cuando sirvió como lacayo, por ejemplo; o sus agrias discusiones con miss Kenton, ama de llaves) y opiniones (por qué el país debe llamarse Gran Bretaña, grandeza justificada tras la recreación personal en la campiña inglesa, sabedora de su belleza por serena y prudente). Caben también las frustraciones cuando descubre quién era, en realidad, su amo inglés y las amistades de este con muy poderosos sectores germanófilos una vez terminada la I Guerra Mundial y firmado el Tratado de Versalles…

 

Así, recrea acontecimientos ocurridos (fecha clave fue la última semana de marzo de 1923 cuando se celebran secretas reuniones en la mansión) hasta el momento en el cual decide ordenar sus recuerdos (1956). El lector, pues, se limita a la versión del mayordomo (narrador – protagonista); no tendrá oportunidad de contrastar sus afirmaciones e, incluso, se pierde ciertas discusiones sobre el Tratado de Versalles porque Stevens abandona el salón por motivos profesionales. Pero a cambio el narrador – protagonista nos lleva de la mano por caminos restringidos.

 

No es, por tanto, el narrador omnisciente de la novela tradicional en tercera persona, el cual otea desde fuera distintos mundos y distintas situaciones que pueden desarrollarse paralelamente. Pero el narrador en primera persona domina todos los escenarios próximos a él e, incluso, a veces se convierte en el centro de la trama con experiencias personales.

 

Y esa experiencia personal - profesional lleva a Stevens a mostrar su desacuerdo con la tradición decimonónica sobre los mayordomos, rutina dominante en Gran Bretaña incluso en los años treinta del siglo XX según el narrador. Pues la Hayes Society, asociación de mayordomos, era rigurosamente exigente con quienes pretenden formar parte de ella. Tanto, que en sus mejores momentos solo contaba con treinta mayordomos, pero lo normal es que durante años no pasara de ocho o nueve. ¿Cuál era el requisito indispensable no ya para ser titulares en la elitista asociación sino, y sobre todo, para solicitar su ingreso? La Hayes Society lo tenía muy claro: lo más valorable era la “vinculación del candidato a alguna casa distinguida”. (Por supuesto, las casas de nuevos ricos ligados a los negocios jamás se consideraban “distinguidas”. Por tal razón el multimillonario norteamericano era, simplemente, el patrón, como en cualquier empresa comercial.)

 

Los tiempos han cambiado. Por tanto, debo sospechar que ya no hay mayordomos como Stevens, muy preocupado a lo largo de su vida laboral por lograr lo que llama “la dignidad”, cuya encarnación estuvo en su padre: soportó impertinencias y afrentas personales de algunos invitados de “su señor” con muy digna actitud, pero fue capaz de enfrentarse sin palabras a dos de ellos y amilanarlos cuando profirieron comentarios contra míster John Silvers, el anfitrión.

 

¿Qué define, por tanto, a la vieja escuela de mayordomos, sino el riguroso modelo de servilismo, sumisión y ciega obediencia al señor, no siempre educado en el respeto a la dignidad ajena y, las más de las veces, descendiente de ilustres apellidos cuyas casas se ennoblecieron e hicieron fortunas gracias a feudalismos, abusos de poder, ejercicio de la fuerza contra el proletariado, pirateo o captura y venta de negros africanos, gentes violentamente arrancadas de sus aldeas para servir como esclavos en América?

 

El de Stevens es, en fin, mundo de ficción, novelesco. Pero estoy seguro de que su creador no anda muy errado cuando entra en la intimidad del mayordomo y muestra sus estrictas normas de comportamiento: “el señor” siempre tiene razón. Debe, pues, imitarlo para saber cómo llegar al perfecto servilismo. El yo no existe, solo el amo. (¿“El señor” es el cliente de hoy que tutea al camarero, sumiso ante quien paga?)

 

Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.

 

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