21/02/2010 - 07:46

Naufragios en la costa de Telde (III): 'El Alfonso XII'

Rafael Sánchez Valerón

Naufragios en la costa de Telde (III): 'El Alfonso XII'
El Alfonso XII (Del libro Cien años de vida sobre el mar)
Rafael Sánchez Valerón
El hundimiento del Alfonso XII, como consecuencia de la avería sufrida al colisionar con la Baja de Gando, es, sin duda, el que más relatos ha suscitado de cuantos barcos naufragaron en las costas de Telde, por distintos motivos: su envergadura, la nacionalidad española, pero sobre todo el oro que transportaba y que posteriormente despertó la codicia de muchos.

Características del barco
El vapor correo trasatlántico Alfonso XII era uno de los mejores buques españoles de su época, orgullo de la marina comercial, tuvo una vida efímera de tan solo nueve años. Fue construido en los astilleros Sres. Wm. Denny hermanos, de Dumbarton (Escocia), en 1876 por encargo de A. López y Cía. Siendo sus medidas: 106,67 m. de eslora, 11,58 de manga, 8,53 de puntal. Desplazaba 4.892 toneladas, alcanzando una velocidad de 13 nudos. Su costo final fue 62.878 libras esterlinas. Estaba aparejado con tres palos y en su proa figuraba un precioso mascarón con la efigie del monarca D. Alfonso XII.

Los techos y las puertas eran de cristal con dibujos de flores; los sofás estaban forrados de terciopelo verde y rojo, estando los camarotes de primera clase provistos de timbres eléctricos para llamar al servicio. Tenía capacidad para 178 pasajeros en primera clase, 68 en segunda y muchos más en tercera. Su adelantada técnica y vistosidad despertaba la admiración popular.

Se botó el 18 de Octubre y fue entregado el 15 de Diciembre de 1875 a la Compañía Trasatlántica. Su primer viaje lo inició el 3 de Enero de 1876. Había realizado en muchas ocasiones las más atrevidas y peligrosas pruebas de mar resistiendo varios ciclones sin haber sufrido la menor avería.

Por su bella, elegante y sólida construcción y ser el primero entre los de su clase, se le dio el nombre del monarca que reinaba en España en esa época.

El vapor no estaba asegurado; la Compañía Trasatlántica no aseguraba jamás a sus barcos.
En el momento de su hundimiento transportaba 260 personas.

El lugar del naufragio
Ampliando datos de capítulos anteriores sobre el lugar del naufragio, la Punta de Gando se halla situada a los 27º 56’ 15’’ de latitud norte y 9º 8’ 45’’ de longitud occidental de San Fernando, según los planos de la Dirección Hidrográfica. La fatídica baja de Gando está situada al N.E. de dicha punta a poco más de una milla de distancia de la misma, y a unas 15 de Las Palmas. Era práctica constante en los marinos pasarla a 5 millas.

El hundimiento
Tan solo cuatro meses después del hundimiento del Ville de Pará, la baja de Gando iba a ser de nuevo el verdugo del mayor de los trasatlánticos que por entonces visitaban el Puerto de Las Palmas. Fue un 13 de Febrero de 1885 (curiosamente en el momento de redactar este reportaje se cumple el 125 aniversario). Había salido de Cádiz el día 10 y por sexta vez visitaba la isla en su escala para América (Marzo y Septiembre de 1882; Febrero, Mayo y Septiembre de 1883, y esta sexta en la que encontró su fatídico destino). Fondeó en dicho puerto a las siete de la mañana con 124 tripulantes y 133 pasajeros de tránsito, con cargamento de 500.000 duros que el gobierno enviaba para las atenciones del Tesoro de Cuba además de 83 sacos de correspondencia.

Verificada las faenas marítimas de carga y descarga, habiéndose provisto de víveres y de tomar 11 pasajeros para la isla de Cuba y despachado definitivamente para Puerto Rico y la Habana, zarpó a las 3 de la tarde, sin la mayor novedad con un tiempo magnífico y mar bonancible. A una velocidad de unas 12 millas por hora, cruzó la bahía navegando a corta distancia de tierra. A poco de partir había sonado la campana que llamaba al pasaje a acudir al comedor, al que bajó el Capitán quedando sobre el puente varios oficiales. Sobre las cuatro de la tarde, un estremecedor crujido resonó en toda la base del barco, éste había chocado de forma violenta contra la Baja de Gando; en seis segundos, los que duró el crujido, el pánico cundió en el pasaje. Brevísimo instante de estupor y luego el miedo se dejó sentir a bordo acompañado de la confusión general. Por efecto del choque, el barco retrocedió de forma violenta para seguidamente inclinarse de proa, mientras el agua inundaba la bodega; pese a su envergadura, se mantuvo a flote unos 50 minutos. El desconcierto reinaba a bordo mientras la inclinación del barco iba siendo cada vez mayor. Hombres, mujeres y niños se abalanzaban sobre los botes salvavidas con la única meta de salvar sus vidas, sin hacer caso de las indicaciones del capitán que pedía serenidad a los ocupantes del barco. Los desesperados navegantes no atendieron ni siquiera a las amenazas del responsable del vapor y desordenadamente lo hacían como podían con los salvavidas, unos sobre otros, corriendo de un lado a otro, aumentando aún más la confusión reinante.

Se distribuyen entre los pasajeros numerosos salvavidas, abalanzándose a los botes marineros y soldados; uno de los botes, lleno, se sumerge apenas cae al mar debido a que le faltaba el espiche, olvidado a causa de la precipitación; otro por igual causa estuvo a punto de hundirse si los náufragos no achican el agua que lo anegaba. Los demás llegan a la playa sin contratiempo; vuelven a bordo y se llenan con nuevos náufragos. Algunos pasajeros se arrojan al agua por no ser admitidos en los botes. Mientras, el Capitán se esfuerza y amenaza para que sean salvados primero mujeres y niños, pero sus desesperados gritos no podían encontrar oídos en quienes procuraban antes que nada la salvación propia. Muchos prefieren tirarse al agua con salvavidas ante la imposibilidad de descolgar tres botes que quedaban a bodo por su impericia. El pánico aumenta ya que el vapor sigue hundiéndose de proa mientras se desplaza hacia el Sur. Al igual que ocurrió con el Senegal y Ville de Pará acuden en su ayuda siete u ocho lanchas tripuladas por pescadores de Gando.

Un pasajero que viajaba con su hijo de unos cuatro o cinco años de edad viendo que ambos no encontraban cabida en un bote se colgó de la borda del vapor con una mano y con la otra suspendió al niño por un brazo para que lo recogieran los del bote, mas, éste se alejó y el pobre padre con un desesperado esfuerzo colocó a su hijo sobre la borda para tener libre la mano con que hacer señas a los pescadores a fin de que vinieran en su socorro ofreciendo el dinero que llevaba en el bolsillo, para que salvaran a su hijo.
 
El profesor de canto D. Rafael Vitadini, ciego, se hallaba tocando el piano y tuvo que sacarle en brazos el Capitán. Un joven de unos 18 años que se arrojó al mar para ganar a nado la playa fue salvado por una de las lanchas de pescadores al asirse a uno de los remos cuando estaba a punto de ahogarse. A pesar de lo aparatoso del suceso no hubo desgracias personales y de las 260 personas que componían la tripulación y pasajeros tan solo el mayordomo del barco se produjo heridas en las manos provocadas por el roce de la cuerda de un pescante, al que se añade un pasajero que sufrió una fuerte contusión en una pierna. Atrás quedaron los efectos personales.

Se reconoce al Capitán y a la oficialidad del vapor-correo los esfuerzos que hicieron para salvar el pasaje. En los últimos botes se embarcó la tripulación. El Capitán estaba tratando de salvar la correspondencia, cuando la rápida inclinación del buque le obligó a seguir los consejos de la marinería que le gritaba se pusiera a salvo, siendo el último en abandonar el Alfonso XII.

A los 45 o 50 minutos de producirse el choque, el Alfonso XII se hundía totalmente, llevándose consigo su valiosísimo cargamento y la correspondencia oficial y pública, quedando convertido en pecio a una profundidad de 29 brazas.

La noticia
Una vez que el vigía de la Isleta dio aviso de que un vapor de tres palos había encallado en la Baja de Gando sobre las cuatro de la tarde, la gravísima noticia circuló por la población con la rapidez del rayo.

Tan pronto como la casa consignataria tuvo noticias del siniestro, el Marqués de Comillas, propietario de la misma, que se encontraba en Madrid se dirigió al agente de la Compañía en Las Palmas, D. Juan Bautista Ripoche con un telegrama en el que le indicaba que se pusiera de acuerdo con el Capitán del buque y las autoridades de Marina para que por cuenta de la Compañía se hicieran inmediatamente todos los esfuerzos para salvar la correspondencia, en primer lugar, y en segundo los caudales y la mercancía. Se le ordenaba también hacer un reconocimiento minucioso del lugar del naufragio, fletando una embarcación a cualquier precio y si fuera posible salvar el casco del barco sin omitir gastos. También encarga se consulte a los pasajeros si desean volver a Cádiz en el vapor correo del 23 por cuenta de la empresa, o esperar aquí otro vapor que los conduzca a Cuba.

Antes había telegrafiado la misma Compañía al mismo agente para que le facilitara pasaje gratis al punto donde quisieran dirigirse los viajeros.

La acogida a los náufragos
La playa de Gando ofrecía un espectáculo conmovedor, cuando reunidos todos los náufragos, se abrazaban unos a otros llorando.

Al lugar llegan algunas personas de los alrededores, entre ellos D. Avelino y D. Esteban Pastrana desde su finca en Silva, donde habían observado el siniestro, ofreciendo albergue en su casa a los náufragos. También llegó a la playa D. José Naranjo. Era ya de noche cuando se pusieron en marcha para Telde, entre ellos el Capitán, algunos oficiales, el capellán, mujeres y otros pasajeros y tripulantes que fueron colmados de atenciones y agasajos. El vecino de Telde D. Silvestre Ojeda, condujo a su casa a los demás que en grupos de 20 o 30 llegaban a aquella Ciudad dándoles alimentos y ropas, y lecho al mayordomo herido y a dos jóvenes a quienes el entumecimiento de las piernas les imposibilitaba para andar.

Los tenientes de la guarnición D. Domingo Díaz y Pérez y D. Francisco Rosa y Falcón llegaron a su encuentro en medio de aquellos barrancos a pie y llevando algunos faroles prodigando palabras de consuelo, facilitando sus capotes y ofreciendo hasta su calzado a los que ateridos de frío y con los pies ensangrentados apenas tenían fuerza para continuar tan penosa marcha, acompañándolos, buscando en Telde alojamiento para todos. También dieron hospitalidad los Sres. D. Pablo de Cabo y D. José Benjumea. Al mismo tiempo el alcalde de Telde Sr. Zumbado hacía las gestiones pertinentes.

El Sr. Ripoche dispuso saliesen en carruaje para Telde dos de sus dependientes, al propio tiempo que el Comandante de Marina se dirigía también a Gando. Cerca de las 10 de la noche llegó el carruaje con el representante de la casa consignataria.

Desde la hospitalaria ciudad de Telde los náufragos se dirigieron a Las Palmas, en carruajes que al efecto les fueron facilitados por la Agencia de la Compañía. De manera generosa el doctor en medicina y cirugía D. Miguel de Rosa y el gerente de la farmacia de las Hermanas Vernetta se apresuraron a verificar la cura de muchos de los náufragos, heridos al abandonar el vapor y los generosos ofrecimientos de una señora forastera que se albergaba en el hotel Europa y que puso a disposición de los náufragos todos los recursos, facilitando ropas, calzado y todo lo indispensable a una pobre señora con cuatro niños, que, como los demás, perdió cuanto tenía.

La autoridad gubernativa telegrafió a los Sres. Ministros de la Gobernación y Gobernador de la Provincia participándoles la catástrofe. También se pusieron telegramas particulares a Cádiz y Madrid, tanto por el Consignatario del vapor como por algunas otras personas.

El profesor de canto Sr. Vitadini, que hizo sus estudios en el conservatorio imperial de Berlín obteniendo el 1º premio de composición y canto y que poseía una hermosa voz prometió dar un concierto en Las Palmas.

Los pescadores
Una vez más, los sufridos pescadores de Gando fueron los primeros que se aprestaron con sus botes a socorrer a los desgraciados náufragos, sin que su esfuerzo fuera suficientemente reconocido, si bien, un grupo de náufragos, a través de las páginas de un periódico reconocieron su arrojo y abnegación. La viajera Olivia Stone en su relato “Tenerife y sus seis satélites” indica que los náufragos fueron trasladados a Las Palmas y los trataron con toda hospitalidad, aunque dicen que los vecinos de Gando fueron bastante insensibles a la hora de atenderlos.

Las contradicciones
Al júbilo de los vecinos de la isla, propiciado por los carnavales a celebrar esos días, se unió el desconcierto y la confusión ante lo contradictorio de las noticias llegadas, y la confrontación entre las islas, cuando algún periódico extranjero publica que el naufragio se produjo en Tenerife. Réplicas y contrarréplicas entre la prensa de Santa Cruz de Tenerife y las Palmas al ponerse en entredicho la seguridad de las costas de Gran Canaria. La prensa de Madrid comentó que el siniestro pudiera haberse producido por el choque con un barco surgido en esa misma ruta por efecto de perturbaciones de la costa submarina, relacionados con los terremotos de Andalucía. Mientras que otros comentaban que el choque ocurrió en una roca de “origen prehistórico”. También hubo confusión con respecto al nombre del Capitán que en un principio se atribuyó a D. Juan Román Leuzón siendo D. Juan Herrera el que lo mandaba.

El oro y su rescate
En el momento de su hundimiento se encontraba en la Santa Bárbara del buque diez cajas precintadas que contenían 500.000 duros en oro (diez millones de reales en metálico), producto del último empréstito para Cuba, remitido a la Habana por el Ministro de Ultramar para atenciones de la Isla. La remesa estaba asegurada por varias casas de París, a las que se pagó una alta prima, por mediación de la Compañía Trasatlántica.

Desde el día 17 era esperado en el puerto un vapor de la Compañía a recoger los náufragos, y la llegada de otro con los aparatos y buzos necesarios para descargar los 500.000 duros y lo que fuera posible.
A principios de Marzo se presentaron en Gando las Comisiones Facultativas y de seguros marítimos con objeto de explorar con los buzos que les acompañaban la posibilidad de sacar a flote el casco del vapor y extraer los caudales del tesoro español.

El resultado de las exploraciones acusa la imposibilidad absoluta de poder salvar el casco del vapor, a causa de la profundidad a que se encontraba. Con respecto a los caudales, si bien ofrecía gran dificultad la operación de extraerlos, éstas no eran del todo punto insuperables, puesto que existía el recurso de apelar a la dinamita aplicada a la cubierta del vapor, con el fin de quedar expedito el descenso hasta la Santa Bárbara.
El día 8 salió para Cádiz uno de los buzos de reconocimiento, proyectándose nuevas inspecciones por las Comisiones Facultativas y seguros marítimos.

El esfuerzo de los buzos fue estéril y la leyenda de las cajas de oro se extendió por la ciudad alimentando tertulias de bochinches y plazas. Nuevos buzos esta vez llegados de Inglaterra, arribaron al Puerto para sacar las cajas de oro, ordenando el propietario que, si era preciso, el trasatlántico fuera dinamitado para poder acceder a él.

El equipo de buzos empleó una perforadora que abrió brecha en uno de los castillos y por ese hueco, sacaron nueve de las diez cajas de oro, donde se guardaba en su interior las diez cajas de oro intactas y que dotadas de un material herméticamente cerrado, el agua no llegó nunca a penetrar. Tal y como se acuñaron las monedas en Madrid se recogieron, pero con la sorpresa de que del lote de la decena faltaba una unidad de la que nunca más se supo.

La Compañía de seguros marítimos había enviado al lugar del siniestro a tres de sus mejores buzos llamados Lambert, Tester y Davies, los cuales lograron extraer nueve cajas con su contenido intacto. Pero Lambert, de corpulenta constitución, contrajo una parálisis, si bien, parece que más tarde se pudo curar, y en una segunda expedición organizada para recobrar la décima caja, Tester perdió la vida. Una compañía alemana quiso intentar el salvamento de la décima caja, ofreciendo como sueldo un cincuenta por ciento de su valor, sin otra recompensa, pero los buzos juzgaron la profundidad demasiado grande y la empresa quedó abandonada.

La leyenda del tesoro
La noticia que una de las diez cajas de oro no había sido encontrada se extendió como la pólvora alimentando la fantasía popular e incrementando el número de buscadores de oro improvisados, que osaban acercarse al Alfonso XII con los más variados sistemas de detección. Platos, tazas, faroles, campanas, camafeos y alguna que otra joya componen desde entonces las vitrinas de más de un buceador que ha logrado acceder al Alfonso XII.

La búsqueda posterior de la misteriosa caja por todo el buque resultó infructuosa. Las barricas de vino que transportaba quedaron destrozadas, quizás por efecto de las cargas explosivas. Se extrajo unos cañones de bronce y que no se sabe cuál fue su destino; posiblemente pasaron a la Casa de Colón, y ésta los transfirió a la fortaleza Museo de La Luz.

Proceso al capitán
En 1890, ante el Tribunal de Marina del Departamento de Cádiz y por Consejo de Guerra celebrado en San Fernando fue vista y fallada la causa instruida con motivo del naufragio del vapor de la Compañía Trasatlántica Alfonso XII. El capitán Herrera, que lo mandaba, fue sentenciado a la pena de un año de suspensión en el mando de buques.

Epílogo
El “Alfonso” (como es conocido en la actualidad por los pescadores), convertido en pecio, completamente desmantelado, duerme su sueño eterno en aguas de Gando, habiéndose transformado en un arrecife artificial, recibiendo de vez en cuando la visita de submarinistas.

El misterio de la décima caja continúa; y la “Baja”, cual misteriosa sirena, seguirá atrayendo a cuantos Ulises en su regreso a Ítaca, osen acercarse…Historias que seguiremos contando.
 
Rafael Sánchez Valerón es maestro y cronista oficial de Ingenio.