11/02/2018 - 10:27

Piensa mal

María Mir-Rocafort

María Mir-Rocafort

Me van las teorías de la conspiración; entre varios motivos, porque hasta ahora me han ido muy bien para mis predicciones. Desde que me puse a publicar mi opinión sobre la situación política de España, me he dejado llevar por un refrán que repetía mucho mi madre: “piensa mal y acertarás”. No me gustaba, aunque comprendía perfectamente sus motivos.

 

Es muy difícil conservar la ingenuidad y el optimismo cuando te ha tocado pasar la infancia en una guerra y la adolescencia en una posguerra de oscuridad y hambre. Yo pude darme el lujo de cultivar a toda costa ambas cosas comparando los recuerdos de mi madre con las circunstancias privilegiadas en las yo iba creciendo. Hasta que, con muchos años encima, me ha tocado vivir en una España decorada de modernidad, pero tan oscura y famélica en el fondo como la que tuvieron que sufrir mis antepasados. Hace años que pienso mal sobre los poderes económicos y políticos de este país, y por eso, hace años que en mis análisis y en mis predicciones, acierto.

 

Como dije y escribí cuando Artur Mas se convirtió de súbito a la causa independentista, el asunto olía a pacto, explícito o sobrentendido, entre Mas y Rajoy. La crisis, y sus terribles consecuencias para millones de españoles, habían desgastado a los partidos que ambos lideraban; Convergencia y Partido Popular, idénticos en ideología y desprecio a la ética. Ambos se sentían fuertes y firmes sobre los fundamentos que les proporcionaba el apoyo de los poderes económicos españoles y extranjeros, pero les fallaban las piernas cuando analizaban encuestas. Habían recortado tantos derechos a los ciudadanos y habían robado tanto que empezaron a temer la venganza de los perjudicados. Porque España seguía siendo una democracia en el sentido moderno del término, es decir, un sistema en el que a los ciudadanos se les da voto cada cuatro años, más o menos, para elegir a sus gobernantes.  Y gracias a ese único derecho garantizado, los ciudadanos pueden obligar a los de arriba a tenerles en cuenta, aunque solo sea cuando les convierten en ingredientes de la gran masa que las encuestas cocinan para informar a los que mandan cómo lo tienen para seguir mandando.

 

Mariano Rajoy y Artur Mas lo tenían muy mal porque lo ciudadanos ya les veían como los causantes de su desgracia. Entonces se les ocurrió, por separado o en contubernio, eso nunca lo sabremos,  la brillante idea  de montarse una traca diaria para capturar la atención de la gente desviándola del análisis de su problemas, de los culpables de su problemas y de las posibles alternativas para sustituir a los culpables de sus problemas quitándoles el poder de amargarles la vida. Ninguno de los dos se puso a trabajar para atraer votantes y recuperar a los perdidos solucionando problemas sociales. En vez de ese esfuerzo, arriesgadísimo por muchos motivos, ambos decidieron ofrecer a la gente una fiesta perpetua, una especie de batalla de moros y cristianos  interminable. Y la estrategia se ha demostrado genial.

 

La traca la montó en Cataluña Artur Mas con el “España nos roba, vámonos de España” y en España la montó Rajoy con el “quieren romper a España y no lo voy a permitir”. Quien repita lo que ha pasado en estos cinco años pierde el tiempo escribiendo palabras que no le va a leer ni su abuela. Estamos hartos, todos estamos hartos de oír y leer las mismas crónicas de preámbulo que acaban con las mismas conclusiones. Lo esencial, lo importante es que la traca del desafío catalán convenció a los españoles de que los problemas como la corrupción y la calidad de su vida cotidiana eran asuntos insignificantes comparados con la tragedia de que a la España inmemorial, llamada a ser eterna por la gracia de Dios, le arrancaran el miembro más importante de su aparato locomotor; mientras la traca de la independencia conseguía lo mismo en Cataluña.

Daba vergüenza ponerse a pensar en recortes al bienestar social de los catalanes y en la corrupción de sus gobernantes cuando Cataluña estaba a punto de convertirse en una República que manaría leche y miel, a la que correrían a invertir las empresas más importantes del mundo y que sería reconocida  por el mundo entero como modelo de libertad y prosperidad.

 

Dicen los que dicen siempre lo mismo que el error más gordo de Rajoy y el PP fue la recogida de firmas contra el estatuto catalán en 2006 y utilizar su influencia en el Tribunal Constitucional para que se cargara al susodicho. Falso. Fue su mayor acierto. Esa humillación brutal a los catalanes consiguió exacerbar el sentimiento independentista aún en aquellos que no se habían dado cuenta de que ese sentimiento suele venir de fábrica. Rajoy sí se había dado cuenta y por eso lo utilizó, con pleno conocimiento de causa, para conseguir su propósito. Dije y escribí en un artículo que se publicó el 28 de junio de 2015 que Mariano Rajoy es el hombre que mejor conoce a los habitantes de este país. Ese conocimiento le permite seguir convenciendo a la mayoría de que fuera de su amparo, España no tiene salvación. Ahora menos que nunca. (Ofrezco el enlace a ese artículo al final para no interrumpir la lectura de este).

 

Dicen que el gran error de Mas fue unir su voz y la de su gobierno al clamor de los catalanes humillados. Falso. El apoyo del gobierno catalán con su líder mesiánico a la cabeza  hizo del independentismo una causa nacional para librarse de un estado opresor, y de la independencia, una esperanza, con el triunfo garantizado a corto plazo. A partir de aquí, Rajoy, tranquilo, más tranquilo que nunca para seguir recortando derechos y libertades a placer, y Mas, convencido de que podía seguir con su política antisocial, tan tranquilo como Rajoy. ¿Y la corrupción? Nada. En este país casi todos piensan que el que no es corrupto es porque no puede. Se puede contar con el perdón general, por lo menos a la hora de votar, que es lo que importa.  Quien diga que esa estrategia era errónea o no sabe de lo que está hablando o no se atreve a decir lo que piensa.

 

Hoy, casi todos los analistas políticos de casi todos los medios acusan a Rajoy de haber judicializado la política pasando a la Justicia la solución de la crisis catalana, en vez de resolver el problema políticamente mediante el diálogo. Dicen, y con razón, que eso está haciendo un gran daño a las instituciones. A las instituciones sí, pero no a Rajoy y al PP. El 23 de noviembre de 2014 escribí y se publicó un artículo en el que afirmaba que el gobierno estaba llevando a cabo una demolición de las instituciones deliberada con el objetivo de perpetuarse en el poder. (Ofrezco el enlace a ese artículo al final).

 

Exactamente lo mismo hicieron, en Cataluña,  el sucesor de Artur Mas  y su gobierno con idéntico objetivo. El 6 y 7 de septiembre del año pasado, la mayoría independentista se cargó el prestigio del Parlament y de paso a la democracia aprobando la ley de transitoriedad y la ley del referéndum sin tener en cuenta a la mayoría de los catalanes. A partir de ese momento, Puigdemont se instala en una autocracia donde no vale  ley alguna que no sea la promulgada por su santa voluntad convertida, por su santa voluntad también, en la voluntad de todo el pueblo de Cataluña. Los analistas hablan de esperpento, de circo, y con razón. En lo que se equivocan es en suponer que se trata de un vodevil improvisado. Tanto Puigdemont como Rajoy saben perfectamente lo que están haciendo y no mueven pieza sin haber pensado muy bien la jugada.

 

Todos los analistas políticos confiesan que no saben lo que va a pasar. Los españoles, catalanes incluidos, se sumen en la incertidumbre. Hay miedo en Cataluña y en el resto de España porque ya han dicho que la crisis catalana va a afectar a la recuperación económica. ¿Qué mejor panorama que el de incertidumbre y miedo para que los ciudadanos vuelvan a votar al partido que garantiza la estabilidad, por precaria que sea, y que está dispuesto a lo que sea para evitar que España se rompa? ¿Y qué mejor panorama para que los independentistas catalanes sigan votando a los únicos partidos dispuestos a luchar contra el estado opresor, cueste lo que cueste y por lo medios que sea, para conseguir, por fin, la ansiada República de Catalunya?

 

Yo sí creo que sé lo que va a pasar y me arriesgo a decirlo porque no tengo nada que perder. Sí investirán a un president de Junts per Catalunya, que será una marioneta de Puigdemont como Puigdemont lo fue de Artur Mas.  Sí se comprometerán, el nuevo president y su govern, a continuar con el procés. Sí seguirán dando sorpresas. Sí seguiremos dando vueltas en el mismo bucle y oyendo y leyendo en la prensa lo que vaya ocurriendo en Cataluña, mientras todas las otras noticias, juicios por corrupción incluidos, pasan a segundo lugar. ¿Hasta cuándo durará esto?  Hasta las elecciones generales. ¿Y después? Ni los meteorólogos son capaces de predecir a tan largo plazo.

 

¿Es o no es una estrategia genial? Tan genial, que quien piensa mal, como yo, sospecha la intervención de inteligencias superiores. Porque el asunto tiene un doble fondo. Mientras la derecha, constitucionalista e independentista, mina la democracia y pervierte los valores de la sociedad, se asegura, al mismo tiempo, de que el socialismo vaya perdiendo fuelle en España, como lo ha ido perdiendo en todos los países del primer mundo; se asegura de que el socialismo  pronto deje  de ser un peligro para la derecha y  el gran capital que la sostiene.

 

América y Europa se rinden ante personajes populistas que predican la salvación por la insolidaridad; que denuestan los valores humanos. Esos personajes consiguen hipnotizar a millones con discursos populacheros convenciéndoles de que esos valores buenistas han sido  la causa de todos los problemas que les afligen. La Historia enseña que las grandes crisis producen las condiciones óptimas de las que se aprovechan los oportunistas para exacerbar las peores emociones de la masa. La crisis alemana que siguió a la primera guerra mundial, por ejemplo, brindó la gran oportunidad a Hitler y a su partido.

 

¿Y el socialismo español, dónde está? Ese será el tema de mi próximo artículo. La crisis de Cataluña ya no da para más, como no sea para seguir distrayendo al personal que no tiene bastante con el fútbol.

 

María Mir-Rocafort es analista sociopolítico y columnista.

 

Enviar Comentario

X