03/12/2017 - 09:20

Palabras socialmente malsonantes, groseras

Nicolás Guerra

Nicolás Guerra

Hay en nuestra lengua un largo número de palabras que el Diccionario, antes de definirlas, las llama malsonantes (‘ofenden al pudor, al buen gusto’). A veces añade la abreviatura coloq. (coloquial), ‘propio de una conversación informal y distendida’. Por tanto, la Asociación de Academias de la Lengua Española se encarga no solo de trabajar “por la integridad y crecimiento del idioma español”: también lo hace por lo que podríamos llamar recato lingüístico.

 

Algo parecido sucedió con el latín. Entre el culto y el llamado vulgar hay diferencias. Así, el Appendix Probi (texto escrito por Probo, gramático romano del siglo VI d. C.), recopila un listado de palabras defectuosas o vulgares y, a continuación, propone las formas correctas (por ejemplo, basilica en vez de bassilica). Al paso de los siglos muchos latinistas consideran inapropiada la construcción latín vulgar (fenómenos del latín no coincidentes con las normas clásicas) y reclaman su relevo por otras estructuras bimembres como latín popular, latín cotidiano o latín familiar, pues la voz vulgar podría identificarse incorrectamente con el habla inculta.

 

Así, cuando los romanos usaban la voz meiāre (contraria a la norma) en vez de meiĕre (normativa) para referirse a la acción de descargar la vejiga urinaria, ¿significa que los estamentos cultos jamás emplearon la primera, ni tan siquiera en distendidas orgías? Lo mismo sucede en nuestra lengua: incluso en sectores sociales instruidos coloquialmente se recurre a palabras consideradas malsonantes (“¡Menudo empute se cogió el rector!”, por ejemplo). Veamos.

 

Según el Diccionario académico, el verbo cagar es grosero (sin atenuantes) con el significado de ‘evacuar el vientre’ (“¡Salgo por patas a cagar, la madre que me parió!”). Y es malsonante coloquial (‘conversación informal y distendida’) cuando se refiere a ‘manchar, echar a perder algo’ (“¡Ya la cagaste, Fitipaldi!”). También con el significado de ‘acobardarse’: “¡Estás cagado de miedo, Tarzaaán!”. Hay además locuciones verbales como cagarse en alguien o algo (“¡Me cagontusmuerto!; ¡Me cagondiés, no pedo más!”) o amenazantes (“¡Lárgate de aquí cagando leches!”). Cabe, asimismo, la locución adjetiva, expresión de algo exquisito: “¡Está que te cagas, tío! ¡Por mi madre!”…

 

Desechada, pues, la voz cagar por su malsonancia u ofensa al pudor cabe, sin embargo, una reflexión: ¿quién usa construcciones como “Voy a descargar heces; hacer (dar) de vientre; evacuar contenidos o defecar sólidos” -ya formalmente pastuños u obeliscos- cuando se levanta durante el almuerzo e intenta justificar su momentánea ausencia? Nadie, por supuesto, salvo una persona a quien conocí años ha (“Necesito deponer”, decía). En todo caso usamos los sustantivos referidos al lugar en donde realizaremos la pertinente expulsión o desahucio estomacal: “Voy al (excusado; retrete; servicio; váter; baño; aseo; evacuatorio…)”. Alguno, incluso, ¡va al lavabo! Ardua tarea, proclamo, la de desaparecer el sólido producto por el desagüe. (Recordemos, como muestra, al caganer catalán y valenciano, figura ubicada en los belenes.)

 

Se trata, sospecho, de lo que el Diccionario llama “Guardar el decoro”, es decir, ‘comportarse con arreglo a la propia condición social’. Y el tal decoro remite a ‘honor, respeto, reverencia que se debe a una persona por su nacimiento o dignidad’. Así, por ejemplo, no es lo mismo parir que dar a luz. Si una mujer pare, seguramente lo hace por la Seguridad Social. Pero si es en renombrada clínica ya se encargarán muy mucho de prudentes precisiones lingüísticas. En la primera, las salas se llaman paritorios. En las segundas, salas de alumbramiento, cual si se tratara de espacios relacionados con Endesa o la ya apagada Unelco.

 

Sucede lo mismo –lingüísticamente- cuando lo que se pretende es la expulsión de la orina. Si la vejiga se evacua con exquisito placer, seguramente la persona afectada elevará coloquialmente a los cielos expresiones como “¡Chaaacho, la meada me dejó ralito ralito!”, pero ajena a elevadas condiciones sociales por su malsonancia. Y si hay interferencias en la conducción (“solo me salen tres gotitas”), una de dos: o hay prostáticas dificultades fisiológicas o micciones, pis (pipí si el afectado es menor de edad) y las aguas menores de los mayores se han sofisticado en exceso.

 

La meada, por tanto, indica salud y distensión. Lo otro, desajuste físico y trabe psicológico. Pero, eso sí, ante la colectividad sus usuarios no muestran purezas lingüísticas y acatamientos rigurosos a la norma social. Por tal razón la masa noctámbula acude en desarretados carnavales a meódromos o meaderos (a veces esquinados) para desprenderse de rubias esencias cerveceriles, desinhibidores cartablanca y litros cocacolanes. Su yo grotesco y rudimentario, animal y tosco, actúa como si lo gobernara una mente de australopitecus, homínido bípedo con cuatro millones de años.

 

El ser humano tiene también una tercera vía de escape, los pedos, olfativamente impactantes cuando van bien despachados en hidrógeno, dióxido de carbono, metano… Y esa ventosidad –silenciosa o tormentosa- que se expele a través del ano es absolutamente natural, ajena a “coger un pedo del carajoparriba”. Tal palabra también malsonante no es de uso en estamentos sociales elevados, claro. Así, el recato de quien se precie fuerza a evacuar gases o, casi subliminalmente, flatos: “¡Cuántos gases, mon Dieu!”, exclama la persona cuya presencia física ha sido detectada por impactos sonoros.

 

En Canarias –frente a gases estomacales- hay gente más tímida y retraída en las tales acciones: son los bufadores, es decir, quienes expelen bufos (se bufian) pero sin roncos y retumbantes ruidos. Se detectan golisniando, eso sí, y a veces producen desarretos en quienes reciben tales impactos e, incluso, hasta desequilibrios emocionales (“¡Los bufos del pariente la endurmieron!”). Sin embargo hay bufidos en bufaderos, bufiaderos o bufeaderos (zona de Las Salinas, Bañaderos; La Sonda en La Graciosa y República Dominicana, respectivamente).

 

Así pues, voces como cagar y mear son consideradas groseras. Pero en sí mismas, ¿qué las define como opuestas al pudor, al buen gusto? O aceptamos la norma social impuesta por la Academia o las consideramos, simplemente, formas lingüísticas dotadas de significado sin criterios restrictivos. A fin de cuentas, ¿por qué la pudorosa sociedad rechaza la voz mear y acepta orinar? Solo se diferencian en la escritura: procesos y contenidos son los mismos.

 

Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.

 

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