12/11/2017 - 11:57

Un nuevo enfoque de la transformación social

Amaya Blanco

Amaya Blanco

¿Cuál es el objetivo de la transformación social? Hay respuestas para todos los gustos, unos piensan que es el desarrollo material; otros el desarrollo humano; otros, cubrir las necesidades básicas o proteger el medio ambiente.

 

La Comunidad Internacional Bahá'í pone el acento en algo más básico todavía, algo que subyace a todo eso: “el objetivo principal es la construcción de capacidad dentro de una población dada”. (Documento Acción Social elaborado por la Oficina de Desarrollo Social y Económico -OSED- del Centro Mundial Bahá'í, 2012).

 

Porque en este nuevo enfoque del desarrollo la participación universal es un elemento clave.

 

Estamos acostumbrados a que haya unas personas (profesionales o voluntarios) que se dedican a la acción social, en sus manos dejamos este importante trabajo porque no sabemos cómo colaborar más allá de las donaciones que aportamos a las ONG que nos asaltan por la calle.

 

Sin embargo, ya somos conscientes de que si queremos que pase algo distinto tenemos que hacer algo distinto.

 

Muy pocos están de acuerdo con el sistema actual, la mayoría nos sentimos indignados por sus injusticias, su doble cara, su desvergonzada forma de expulsar a todo el que no le sirva. Es igual que una casa que se está derrumbando. De nada sirve pintarla o poner papel de pared, su estado es irreversible, y además ya hay muchas personas encargadas de derribarla.

 

Podemos caer en una profunda depresión al constatar esa realidad, o podemos remangarnos la camisa, unirnos, y empezar, desde los cimientos, a construir una casa nueva, de cero, entre todos y en la que haya sitio para todos.

 

Complicado, ¿verdad? Sobre todo en un mundo en el que se idolatra el ombligo propio.

 

Es fácil perder la esperanza cuando vemos a las personas como si fueran máquinas, o peor, seres egoístas más viles que los animales. Tal vez se nos olvida que, de niños, fuimos nobles. Tal vez perdimos esa nobleza porque nadie nos enseñó a cuidarla; tal vez todavía muchos la tengamos.

 

Cuando se ve a las personas no como lo que son, sino como lo que pueden llegar a ser, el panorama cambia. Cuando, además, se consigue llegar a su motivación más profunda, cuando empiezan a relulcir los valores humanos que todos tenemos dentro; la persona cambia, su entorno también.

 

En esa empresa universal está involucrada la Comunidad Bahá'í y todas las personas que se unen a ellos (puesto que se trata de una comunidad abierta a todas las razas, credos y orígenes económicos y/o sociales). Este trabajo colectivo permite ofrecer clases de educación en los valores que son el cimiento de la nueva casa de todos (generosidad, honestidad, solidaridad, humildad, etc.), para niños, adolescentes y adultos en prácticamente cada localidad del mundo.

 

Porque de nada sirve hacer un puente si los pueblos que une están enfrentados o, incluso, si la construcción del puente genera diferencias. Los puentes, las escuelas, las carreteras… son necesarios, pero la gente que los usa, las intenciones que tienen, lo que aprenden en el proceso, lo es aún más.

 

Para llegar a esa capacitación profunda y duradera, se tiene que lograr una coherencia entre las necesidades prácticas y espiritualeS de la vida; entre la razón y la fe; entre la ciencia y la religión.

 

Y es que la ciencia no consiste en la aplicación de técnicas y fórmulas que, por arte de magia, consiguen que se produzca el efecto deseado. Tampoco la religión debe referirse a la superstición ni al fanatismo, que son perversiones del espíritu de paz que trajeron los fundadores de los diferentes credos. “La fe y la razón se pueden entender mejor como atributos del alma humana mediante los cuales se puede adquirir comprensión y conocimiento sobre la dimensión física y espiritual de la existencia”, reza el documento de la OSED.

 

Tenemos, además, muchas herramientas a nuestra disposición: la capacidad de reflexionar y ver más allá de la realidad material; de actuar, evaluar y estudiar juntos lo aprendido para volver a actuar y seguir reflexionando y aprendiendo; de consultar, no para imponer nuestro punto de vista, sino para buscar juntos la verdad; de ir creciendo poco a poco, sin que “más sea mejor”, sino a medida que vamos madurando y consiguiendo mayor participación; utilizando todos los medios (materiales e inmateriales) a nuestro alcance al servicio del objetivo principal que, no se nos olvide, es crear capacidad en cada habitante de la nueva casa para que aprenda a poner un ladrillo o instalar una tubería, para que la hagamos entre todos y todos la sintamos nuestra.

 

No es tarea fácil, no lo es, pero es necesario, es urgente, es imperativo, es esperanzador, es apasionante. Es lo que nos va a permitir evolucionar, lo que nos va a lanzar al siguiente estado de nuestro desarrollo. Y por eso esa “unidad no sólo es posible sino inevitable” (Bahá'u'lláh).

 

Amaya Blanco García es licenciada en Traducción e Interpretación, especialista en Cooperación Internacional y doctorando en Escritura Creativa y Transformación Social.

 

Comentarios

  • Nobel (Almería)
    13/11/2017 - 07:10

    Excelente artículo, gracias

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  • Naima
    12/11/2017 - 22:18

    Muy actual gracias

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  • Mario
    12/11/2017 - 12:50

    Interesante, hace reflexionar. Gracias.

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