16/04/2017 - 08:03

Tragar sapos

María Mir-Rocafort

María Mir-Rocafort

Los militantes, simpatizantes y votantes del PSOE han estado tragando sapos desde la campaña electoral de 2015. Cada declaración, cada entrevista, cada manifiesto que en aquellos momentos salía de próceres del PSOE contra el candidato de su propio partido era un sapo que se tenía que tragar el ciudadano socialista viendo con estupor e impotencia cómo las perspectivas de voto disminuían a medida que arreciaban las declaraciones contra Pedro Sánchez.

 

Esas declaraciones, ventiladas por todos los medios, sembraron dudas, confusión entre la gente de izquierdas. ¿Y cómo no? Si personajes tan sonoros del partido socialista dudaban en público de su propio candidato, aún a costa de hundir a su propio partido, debía haber razones de mucho peso contra Sánchez, de tanto peso que la élite del PSOE consideraba preferible que el partido se hundiera en las urnas antes de que un hombre tan nefasto llegara al poder.  ¿Es posible?, se preguntaba el ciudadano que acostumbra a preguntarse el contenido y los ingredientes de lo que le echan para deglutir, ¿es posible que algo tan grave como el hundimiento de un partido centenario responda simplemente a un asunto de animadversión personal? Cuesta creer que el presidente de una comunidad autónoma como Fernández Vara, por poner un ejemplo, o la mismísima encarnación histórica del PSOE como Felipe González, por poner otro, decidieran poner en grave peligro al partido sólo porque su Secretario General no les hacía caso. Son legión los que aún se preguntan: ¿es posible que personajes de ese calibre sean tan estúpidos como para ponerse zancadillas a sí mismos?

 

La confusión consiguió que muchos votantes socialistas se abstuvieran y que otros votaran por un partido de ideología semejante que no presentaba tan alarmantes signos de división. Los sapos se les atragantaron. Pero a pesar de todo, cinco millones de socialistas votaron por el PSOE de Pedro Sánchez consiguiendo mantenerle como jefe de la oposición. La cifra indicaba la fortaleza de un partido y de un candidato capaces de resistir el insólito y brutal ataque de los suyos. Pero, bien manipulado y ventilado el asunto, también podía exhibirse como el fracaso de Sánchez y el triunfo de los que habían prevenido a los votantes en su contra. Los críticos anti Sánchez se centraron en un solo argumento para seguir criticándole y exigiendo su dimisión: había conseguido los peores resultados de la historia del PSOE. Que esto no fuera del todo cierto, que fuera, en realidad, una falacia, no importaría a nadie. Lo único que importaba a los críticos era que los cinco millones de fieles se tragaran el sapo aceptando que, con la dimisión de Sánchez, el PSOE recuperaría todo su esplendor.

 

Pero Sánchez se negó a dimitir. Mostrando una valentía, una firmeza y un aguante extraordinarios, Sánchez manifestó su voluntad de continuar siendo el Secretario General del partido y de cumplir sus promesas electorales como jefe de la oposición. Los críticos intentaron minarle criticándole cada vez más en los medios. Las cualidades que hacían de Sánchez un líder sólido y creíble se ventilaron como pura obstinación en conservar el poder. Pero Sánchez resistía la avalancha con la cabeza afuera. ¿Qué hacer? Si se hubiera tratado de un asunto puramente personal, los críticos, sin otra alternativa, habrían esperado a que el díscolo y antipático personaje se quemara, friccionado a la derecha por el PP, y a la izquierda por Podemos. Pero había algo más, algo mucho más serio. Algo tan serio, que el 28 de septiembre los críticos consiguen que diecisiete miembros de la Ejecutiva dimitan para forzar la dimisión del Secretario General. El número no alcanza y la desfachatez de sumarse a los ausentes no cuela. Pedro Sánchez no dimite. Lo que hace es convocar al Comité Federal para proponer la celebración de un Congreso que permita a los militantes decidir lo que quieren hacer con el partido.

 

En dos días, los críticos deciden aprovechar el Comité Federal para lanzarse a por todas. Lanzarse a por todas significaba poner al PSOE en la picota: ventilar sus conflictos internos exponiéndole al escarnio público; ahondar su descrédito a sabiendas de que el partido resultante del cataclismo podía tardar décadas en recuperar su prestigio, su credibilidad y su peso social. ¿Estarían dispuestos los militantes a tragarse tan gigantesco sapo? Puede que ni siquiera se hiciesen esa pregunta. Ya no importaba quién ni cuántos estarían dispuestos a tragar. En ese Comité Federal se reveló finalmente la causa que animaba la histeria de los críticos. El PSOE tenía que abstenerse para permitir el gobierno del PP aún a costa de su propia supervivencia. Pedro Sánchez se negaba sin atender a otro argumento que no fuera cumplir con su promesa electoral de oponerse al gobierno de la derecha. Luego había que sacar a Pedro Sánchez de en medio costara lo que costara, aunque costara hundir al PSOE en la ignominia.

 

Y el Comité Federal consiguió que Sánchez dimitiera. Los militantes se encontraron de pronto con otro sapo que tragar: la Gestora. Entrando a saco, con la proverbial prepotencia de Alfonso Guerra, la Gestora empezó a apretar todo tornillo suelto para asegurarse la sumisión de todos los cargos del partido, encomendando a los cargos que atornillaran a los inferiores. A los militantes no les quedó otra que tragarse el sapo.

 

La Gestora, apoyada por los críticos, obligó a los diputados del PSOE a abstenerse. Otra vez el diputado Pedro Sánchez demostró su dignidad y su integridad entregando el acta antes que hacerse cómplice de una decisión que despreciaba la voluntad de cinco millones de votantes. Once diputados tuvieron el valor de votar que no arrostrando cualquier consecuencia. Los militantes, atónitos, tuvieron que tragarse el sapo de la abstención. A partir de aquí, el PSOE podía descansar de tanto barullo, alcanzando pactos puntuales con el PP y acompañando con fanfarrias cualquier logro en políticas sociales arrancado al gobierno, dando por triunfos consumados lo que eran solo proposiciones de ley.  ¿Quién lo iba a cuestionar? Los militantes habían tragado ya tantos sapos, algunos colosales, que no venía de uno más.

 

La Gestora tardó todo lo que quiso en convocar las primarias para elegir un nuevo Secretario General. Por un lado, se había anunciado como candidato Patxi López, abstencionista leal al aparato que, por lo tanto,  no suponía ningún problema para los próceres.  Pero he aquí que, por otro, el incombustible Pedro Sánchez se lanzaba otra vez a la lid con un ejército de militantes fieles que iba engrosando de población en población por donde Sánchez pasaba.

 

Los próceres perdieron los nervios. Pedro Sánchez volvía a amenazar el compromiso del aparato socialista con los poderes neoliberales de España y Europa; el compromiso de dejar hacer para que les dejarán vivir.  Si Pedro Sánchez conseguía hacer imposible el gobierno de Rajoy, las consecuencias caerían sobre las cabezas de quienes no hubieran podido impedir su segundo ascenso al poder del PSOE.

 

La histeria hizo presa de los próceres, y los próceres empezaron a quedarse en cueros haciendo locuras. Lanzan a Susana Díaz como candidata, asistiendo al espectáculo de su presentación y exhibiendo el poder de su elegida con la presencia en el acto de casi todo el aparato del partido. Están seguros de que los militantes, ante tanto poderío, se tragarán el sapo sin chistar. Pero Pedro Sánchez sigue convocando a multitudes. Parece que la mayoría de militantes ya no tragan. De nada sirve que Susana Díaz vaya de ciudad en ciudad quejándose del amargo dolor que le causa la desunión en el partido desde el escándalo del 1 de octubre.

 

Los militantes se niegan a tragar. No hay corto que no sepa que Susana Díaz participó, que no sepa cómo participó en la conjura que asestó al PSOE un golpe de muerte.  Susana Díaz lleva por doquier un mensaje de compañerismo, de unión que la mayoría de los militantes rechaza por ver en sus discursos otro sapo que les quieren hacer tragar. Y ya no tragan. No tragan la neutralidad de la Gestora ni sus esfuerzos por obstaculizar el voto de los militantes afines a Pedro Sánchez. No tragan la pureza de Patxi López, autoproclamado candidato de compromiso para evitar que el partido se rompa.

 

El partido está roto desde el 1 de octubre y quien no lo acepta abiertamente está ofreciendo a la militancia otro sapo a tragar. Y ya no traga. No traga que la Gestora no haya tomado medida alguna contra Miguel Heredia, hombre de confianza de Susana Díaz, grabado mientras soltaba una barbaridad tras otra ante Juventudes del partido. Para ocultar las más gordas, se da la orden de destacar la única que, siendo desagradable, no tiene la trascendencia de las demás. Heredia llamó hijaputa a Margarita Robles. Echad esto a la plebe y acudirán al escándalo como las moscas a la mierda. Pero los militantes no tragaron. De las palabras de Heredia, lo que saltó fue la calumnia contra Pedro Sánchez atribuyéndole pactos ocultos y el recurso a la mentira poniendo por testigo a Ignacio Fernández Toxo. Susana Díaz reaccionó declarando no estar de acuerdo con las palabras de Heredia. La Gestora también le desautoriza, y ya está. Lo demás, que se lo traguen los militantes como se han tragado todos los sapos hasta hoy. Pero los militantes ya no tragan. La mayoría de los militantes exigen en las redes, a diario, la dimisión de Heredia. Nadie les hace caso, por supuesto. Un aparato que ignoró sin empacho la voluntad de cinco millones de votantes, ¿cómo va a tomar en cuenta las exigencias de unos cuantos miles de tuiteros y feisbuqueros?

 

Miles de militantes manifiestan a diario en las redes que ya no están dispuestos a tragar más sapos; que ya no tragan ni los discursos apaciguadores de Patxi López ni los lacrimógenos de Susana Díaz. Que no van a tragar ningún chanchullo perpetrado por los próceres, la Gestora, Susana Díaz o todos los Tronos y Potestades del mundo preternatural para evitar que Pedro Sánchez gane las primarias. Contra quienes esparcen miedo como en algunos pueblos se esparcía sal contra las brujas, diciendo que si gana Sánchez se divide el PSOE, la mayoría de los militantes gritan que ya no tragan, que quien no sepa a estas alturas que el partido se dividió el 1 de octubre y se acabó de dividir el día de la abstención, es que es tonto de remate.

 

Tontos de remate parecen los que no se han dado cuenta de que los tragasapos ya no tragan. ¿Que por sabe Dios qué medios gana López o Díaz las primarias contra todas las encuestas y predicciones fiables? Si eso ocurre, son miles los militantes que manifiestan su voluntad de abandonar el partido y cabe suponer que millones de votantes le dejarán de votar. Puede que los próceres lo consideren un sacrificio necesario para proteger a las grandes empresas, a la economía global. Pero, ¿tendrán las mismas miras tan internacionalmente elevadas quienes trabajan en el PSOE esperando la justa recompensa a sus desvelos? ¿Qué pasará cuando empiecen los personajes y personajillos a pelearse por un lugar en las listas conscientes de que pueden quedar solo diez o, con suerte, veinte actas de diputado para repartir? Multiplíquese el número de las víctimas políticas de la hecatombe por el número de cargos en ayuntamientos, diputaciones, comunidades autónomas que exigirán su parte de un pastel que ya no existe porque próceres, Gestora y seguidores tragasapos se lo han comido. Pasará entonces que el follón en el PSOE será más violento y sonoro que todos los que se han visto y oído hasta hoy. A lo que el militante que ya no traga sapos responde que ya verán lo que hacen.

 

Ni próceres ni Gestora ni afines pueden ya confiar en que los militantes sigan tragando por su amor al PSOE. Los militantes socialistas, rojos según Lambán, hoy están dispuestos a enjugarse las lágrimas, apretar los dientes y abandonar el partido porque PSOE desnaturalizado ya no es el de sus padres, ya no es el que podría encandilar a sus hijos. Pedro Sánchez les dice que el PSOE es de los militantes y los militantes responden que, si no llega a serlo, se convertirá en una olla de grillos irrelevante, como otros partidos socialistas europeos, porque la mayoría de los militantes y votantes ya no está dispuesta a tragar.

 

María Mir-Rocafort es analista socio-político.

 

Comentarios

  • Juanito
    16/04/2017 - 10:27

    La clave está en la clientela fija de ese partido y de si su número llegaría para mantener un buen puñado de cargos políticos retribuidos. El stablishment viejuno y Cretácico cree que sí y por eso los Lamban, Page, Fernández Vara y compañía apuestan por Susana. Creen que siguen bastando unas gotitas de izquierda para mantener el rebaño. Mi opinión es que ganará la Sultana, simplemente porque no se monta un pifostio como el que montaron para echar a Sánchez para luego depender del resultado de unas primarias. Harán lo imposible y lo ilegal para evitar ese resultado.

    1
    0

Enviar Comentario