06/03/2017 - 08:23

Otra vida es posible

Marisol Ayala

Marisol Ayala

Hace diez años tenía 46 años, un marido, dos hijos y un coraje de campeonato. En la familia opinaban que era un matrimonio distante, cómodo, cada uno en su espacio y ambos pendientes de la familia.

 

De amor, poco. Él docente, ella, farmacéutica. La situación social era buena, valorados y queridos. Los hijos ya estaban abriendo la puerta para batallar la vida y los padres a su lado para tenderles la mano cuando pisaban jabón y había riesgo de resbalar. Crecieron felices, cada uno estaba eligiendo un camino aunque siempre con el corazón anudado al puerto familiar. La nueva situación suponía  libertad para los padres que  comenzaron a transitar otros ambientes, otras amistades, gente nueva.

 

Y fue ahí cuando pasó lo que ella no pensó jamás que pasara. Una tarde ella se citó con amigas para intentar salvar el mundo, a lo que eran muy aficionadas. Debatieron todo, comentaron todo y acabaron hablando de experiencias personales, de sus vidas, de ellas mismas. Dos eran nuevas así que algunas propusieron verse con más frecuencia. Y lo hicieron.

 

No habían pasado seis meses cuando un hermano de quien llamaremos Chari recibió una llamada. “Soy yo. ¿Estás en casa?”, preguntó. Quería hablar con él y le pidió que citara al otro hermano. “Tengo que hablar con ustedes”.  Iba a dar un paso decisivo en su vida y necesitaba saber qué pensaban ellos, sus fieles escuderos. Llegado el momento lo dijo sin rodeos, como cuando quieres aflojar un nudo que dificulta respirar “No sé qué les va a parecer pero estoy enamorada como nunca en mi vida”. Sorpresa.

 

“Es una mujer”, más sorpresa. Estaba nerviosa, asustada, llorosa, consciente de que no sería comprendida por todos pero la repuesta tan natural, tan exenta de complicación que cabe en pocas palabras “¿Y cuál es el problema?”. La abrazaron emocionados y diseñaron una estrategia cuyo primer paso era la discreción. Lo primero era hablar con sus hijos, con su ex y aunque sabía que él no estaba dispuesto a poner alfombra roja a la felicidad encontrada, mucho menos a sufrir bromas, ella estaba tan decidida a ser feliz que a los pocos meses presentó en familia a la mujer con la que vive desde hace nueve años. Sus hijos la llaman “mitía”. Uno de ellos, el que vive en Francia, la venera, es su colchón cuando sus niños necesitan atención por razones laborales.

 

Hace unas semanas recibió una pulsera “Yo seré el padrino”, ponía. Lo será.

 

Marisol Ayala es periodista.

 

Comentarios

  • lanzarote
    10/03/2017 - 20:46

    Preciosa historia de amor, como las flores en la naturaleza nace en cualquier rincón. Cualquier relación de amor es mucho mejor que dejar pasar el tiempo por si mejora la nuestra o nuestro entorno.

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