05/11/2015 - 20:34

El Obispo Juan de Frías está presente en El Calero Bajo

Da nombre a una de las calles más largas del barrio, con 340 metros de longitud

Luis A. López Sosa

El Obispo Juan de Frías está presente en El Calero Bajo
Calle Obispo Juan de Frías, en El Calero Bajo (Foto Luis A. López Sosa)
Luis A. López Sosa

Nuestro recorrido de hoy, lo hacemos por el barrio de Calero Bajo y allí vamos en busca de la calle Obispo Frías, cuyo inicio lo encontramos en el final de la calle Padre Claret, desde donde con orientación Poniente-Naciente y tras recorrer unos 340 metros, finaliza en su confluencia con la calle Padre Anchieta.

 

Al Sur linda con la calle Obispo Codina y al Norte lo hace con las calles Fray Alonso de Barrameda y Fray Marcos Alayón.

 

Esta nominación aparece por primera vez en el Censo Municipal de Habitantes y Edificios, referido al 31 de diciembre de 1970, perteneciendo desde entonces, al Callejero que compone el Distrito 6º Sección 2ª, del mentado censo. No obstante, no disponemos de documentos fehacientes que puedan determinar con exactitud la fecha de su aprobación.

 

Es por estas fechas cuando también se reestructura o se reordena el Callejero del Censo Municipal, dado que el crecimiento urbanístico de muchos sectores del municipio demanda la nominación de calles de reciente apertura, a fin de concretar las direcciones postales de los vecinos residentes en las mismas.

 

Sinopsis de la nominación

El Obispo Juan de Frías, es uno de los tres designados en el año 1478, por los Reyes Católicos, para engrosar el mando de la armada destinada a consolidar la conquista de la isla de Gran Canaria.

 

En 1477, los Reyes Católicos, vistos los informes oportunos y considerando el peligro que suponía para Canarias la amenaza portuguesa, negocian con Diego de Herrera la cesión del derecho de conquista sobre las tres islas aún por conquistar: Gran Canaria, La Palma, y Tenerife. A cambio, los Herrera-Peraza recibirán una suma de dinero y la investidura del título de Conde de La Gomera para sus descendientes.

 

También influyeron en la decisión real las quejas recibidas en la Corte de los vecinos lanzaroteños por los malos tratos a que se veían sometidos por los señores de la isla. A partir de este momento la conquista de las Canarias tomará un carácter distinto a la etapa anterior.

 

Hasta ahora las islas conquistadas habían pasado a formar parte del feudo del señor conquistador. En cambio, las tres islas que faltaban por someter, estarán ya directamente sujetas a la autoridad de los Reyes. Las islas, pues, de Canaria, La Palma y Tenerife serán de realengo, mientras que las ya conquistadas serán de señorío.

Las consecuencias que de esta decisión real se derivan son importantes pues mientras estas tres islas se regirán por una administración y una justicia real, las de señorío continuarán hasta entrado el siglo XIX bajo un régimen opresivo señorial.

 

Hacia 1478, y por expreso deseo de los Reyes Católicos, se reemprende la conquista de Gran Canaria. La operación de armar escuadra y organizar la expedición corre a cargo de Juan Rejón, el obispo Juan de Frías y el Deán Juan Bermúdez (los tres Juanes). Desembarcan en las playas de la Isleta y plantan el campo en las inmediaciones del barranco de Guiniguada (plaza de Santa Ana). El campamento recibió el nombre de «Real de las Palmas», por la cantidad de palmeras que había en aquel sitio.

 

Pronto, el campamento castellano es atacado por los valerosos indígenas canarios, pero la suerte de estos está echada; sufren los primeros reveses dejando sobre el campo numerosos muertos.

En estos ataques, destacaron los caudillos indígenas Doramas, Maninidra y Adargoma.

 

El obispo Juan de Frías vino a ocupar la diócesis en sustitución del Obispo Juan de Sanlúcar, quien estuvo en la prelatura entre 1470 y 1474, con la sede obispal en El Rubicón (Lanzarote). Frías ocuparía el báculo obispal entre 1474 y 1485 y fue en el año 1483, finalizada la conquista de Gran Canaria, cuando traslada la sede episcopal a Las Palmas de Gran Canaria.

 

Es en Gran Canaria, donde luce sus dotes de caridad y benevolencia clerical hacia los aborígenes, mediando en muchos casos entre éstos y los conquistadores. Intervino directamente en las gestiones de incorporación de las Islas Canarias a la Corona de Castilla.

 

Fue sustituido en el año 1486 por el Obispo Fray Miguel López de la Serna, ejerciendo en su cargo hasta 1490.

 

Toponimia del lugar

La toponímia “El Calero”, según el Dr. Hernández Benítez, en su libro “Telde”, le viene de ser un lugar donde abundan las piedras de cal.

 

No obstante, según se desprende de otros documentos posteriores, al parecer en este lugar existía un horno de cal, al igual que en El Goro y en los Hornos del Rey.

 

Fueron estos hornos controlados por el poder gubernativo en los inicios del siglo XVII y hasta llegado el final del siglo XIX, dado que de los mismos se obtenía el preciado material para construir los edificios. Se regentaban al parecer por concesiones anuales en subasta.

 

Dejaron de trabajarse los mismos cuando al final del siglo XIX se descubre y fabrica el cemento que junto a la arena forma el mortero para enlucir y junto a la piedra el aglomerado para las estructuras y los forjados con hormigón.

 

Esta zona marcó desde principios del siglo XIX un imaginario límite entre los cultivos de la platanera –propio de terrenos de regadío- y el del tomatero –más adaptable a la modalidad de secano y a la constitución del propio suelo, con alto índice de alcalinidad-

 

También fue una zona propia para el cultivo de la vid a finales del siglo XIX, cereales y hortalizas, cultivos que generalmente se intercalaban en el de los tomateros, manteniendo esta tipología hasta mediados del siglo XX, fecha en la que acaba el esplendor de los ciclos de los cultivos de la platanera y el tomatero.

 

Finalizado el esplendor de la agricultura, sucede como siempre, se dejan de cultivar los terrenos y se urbanizan los mismos, en poco tiempo su superficie es ocupada por viales, zonas de dominio público o edificaciones, como testimonio fiel de la evolución social pero, que en este como en otros tantos lugares, choca frontalmente contra la reserva del espacio medioambiental que, aquí y en cualquier otro caso, carece de ella.

 

Efemérides

Hoy precisamente se cumplen 96 años, de aquel 5 de noviembre de 1919, día en el que un soldado de esta plaza da un gran ejemplo de disciplina militar al protagonizar un hecho que el cuerpo de Infantería de esta ciudad explica en este comunicado: “El soldado Francisco Alemán González, solicitó un permiso para trasladar a su esposa enferma desde Santa Lucía al Hospital Civil. Con rigurosa exactitud el soldado se presentó a la hora de extinguirse el permiso, manifestando que a los pocos kilómetros de salir de Santa Lucia con la enferma y sus hijos, aquella falleció y como tenía que estar en el cuartel a su debido tiempo, dejó el cadáver en una casa del camino y encomendó sus hijos a un vecino piadoso, quien los admitió”.

 

Un día tal como hoy, hace ahora mismo 52 años, es decir el 5 de noviembre de 1963, en su exilio en ciudad de México, fallece el poeta y crítico literario español Luis Cernuda Bidón, destacado miembro de la llamada Generación del 27, con obras de gran sensibilidad. Entre sus libros más destacados "Los placeres prohibidos" y "Donde habite el olvido". Luis Cernuda, nació en Sevilla, el día 21 de septiembre de 1902, después de muchas vicisitudes, tras acabar la Guerra Civil se exila en México. En 1955 su figura es reivindicada en España por un grupo de jóvenes poetas cordobeses, el Grupo Cántico, lo que supone para él una gran satisfacción; en 1956 emprende la redacción de los primeros poemas de Desolación de la Quimera y en 1957 se imprimen los “Poemas para un cuerpo” y sus “Estudios sobre poesía española contemporánea”.

 

Cuando el individuo no quiere complicarse la existencia, por lo general, si goza de una posición sólida y segura, se acomoda a ella y trata de vivir sin problema alguno y disfrutar placenteramente de las circunstancias que le rodean.

 

Esta situación se suele dar en muchos individuos, los cuales pasan a engrosar la lista anónima de aquellos que pasan por la vida sin pena ni gloria, sin aportar nada relevante a la vida de sus semejantes, sin unas intervenciones que incidan en la mejora de la condición de vida de aquellos.

 

Este precisamente no fue el caso de Juan de Frías, quien abandona la seguridad del obispado de El Rubicón y una vez finalizada la conquista de Gran Canaria, traslada la sede de la diócesis a nuestra isla y se viene a vivir a un ambiente más inseguro, donde las diferencias y roses sociales entre “los conquistadores” y los aborígenes eran el pan de cada día.

 

Peligró su vida en más de una ocasión, por el ejercicio pastoral entre los aborígenes, por los cuales medió en muchas ocasiones ante el gobernador de turno, quien ejercía a su antojo y manera, una autoridad poco humanitaria respecto a la población canaria al igual que lo hicieron en otros lugares “conquistados”.

 

Pudo haber vivido un tiempo de prebendas, con posesiones y consideraciones, con beneficios e influencia sobre la autoridad gubernamental, la cual se adaptaba a la consideración eclesiástica para dar una oficialidad más o menos creíble a los desmanes que cometían.

 

Lejos de ello, intercedió y reivindicó los derechos humanos de aquella población aborigen recientemente despojada de todas sus propiedades, de su identidad y del tesoro más precisado que era la independencia y libertad. Tal vez no se haya reconocido en su justa medida la valía de Juan de Frías y la importancia que su quehacer tuvo sobre la evolución social de la población aborigen.

 

Dejamos aquí nuestra intervención de hoy, nos echamos la gena a la espalda y emprendemos una nueva caminata para dirigirnos a otro lugar, nos vamos hacia el Norte, concretamente al barrio de Callejón del Castillo, donde visitaremos la calle Obispo Pildain, con el fin de saber algo más del lugar de su emplazamiento y sobre este personaje histórico, pero bueno, eso... será en la próxima ocasión, si Dios quiere, allí nos vemos. Mientras tanto cuídense por favor.

 

Sansofé.

 

 

 

 

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