29/10/2015 - 20:04

El Obispo Codina sigue evangelizando en El Calero

La vía dedicada al clérigo tiene 240 metros de largo ● El barrio basa su origen en ser un lugar donde abundaban las piedras de cal

Luis A. López Sosa

El Obispo Codina sigue evangelizando en El Calero
Calle Obispo Codina, en El Calero bajo (Foto Luis A. López Sosa)
Luis A. López Sosa

Nuestro recorrido de hoy, lo hacemos por el barrio de Calero Bajo y allí vamos en busca de la calle Obispo Codina, cuyo inicio lo encontramos en la calle Padre Claret, desde donde con orientación Poniente-Naciente y tras recorrer unos 240 metros, finaliza en la calle Pedro de Algaba.

 

Al Norte linda con la calle Obispo Frías y al Sur lo hace con la calle Maestro Nacional.

 

Esta nominación aparece por primera vez en el Censo Municipal de Habitantes y Edificios, referido al 31 de diciembre de 1970, perteneciendo desde entonces, al Callejero que compone el Distrito 6º Sección 2ª, del mentado censo. No obstante, no disponemos de documentos fehacientes que puedan determinar con exactitud la fecha de su aprobación.

 

Es por estas fechas cuando también se reestructura o se reordena el Callejero del Censo Municipal, dado que el crecimiento urbanístico de muchos sectores del municipio demanda la nominación de calles de reciente apertura, a fin de concretar las direcciones postales de los vecinos residentes en las mismas, así como de antiguas calles que crecían de la nominación pertinente.

 

Sinopsis de la nominación

Buenaventura Codina y Augerolas, nace en Hostalrich (Gerona), el día 3 de junio de 1785 y fallece en Las Palmas de Gran Canaria, el día 18 de noviembre de 1857. Obispo español, de la Diócesis de Canarias.

 

Sacerdote de la Congregación de la Misión de San Vicente de Paúl, los llamados Padres Paules, se incorpora a la Comunidad de Badajoz en el año 1828. Cinco años más tarde, en 1833, se convierte en Superior de la Casa Central, lugar en el que se forman los nuevos sacerdotes, y tenían lugar numerosas tandas de ejercicios espirituales para seglares, sacerdotes y ordenandos.

 

El 24 de julio de 1834, tiene que hacer frente al estallido de las tristemente famosas matanzas de religiosos.

 

En al año 1841 llegó a ser Visitador Superior de la Congregación en España, preocupándose por la formación de los misiones. Propuesto por el Gobierno de Isabel II para ocupar el obispado de Canarias, vacante tras el nombramiento de su antecesor, D. Judas Tadeo José Romo y Gamboa, como Arzobispo de Sevilla, llegando a Las Palmas de Gran Canaria, capital de su nueva diócesis, la cual, tras la creación de la otra diócesis canaria, la Diócesis Nivariense, estaba formada por la isla de Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura, así como por los vecinos que habitaban el islote de La Graciosa, el 14 de marzo de 1848.

 

En la Diócesis Canariensis, el Obispo Codina debe hacer frente a la que, sin duda alguna, ha sido una de las más difíciles etapas en la vida de la Iglesia Católica en España. Durante el siglo XIX se atraviesa por momentos delicados en las relaciones Iglesia-Estado, a lo que se añaden los graves problemas sociales de la época. En este entorno adverso, la figura del Obispo Codina se muestra firme y serena, exponiendo incluso su propia vida.

 

Reforma el Seminario Diocesano, nombrando rector al entonces cura ecónomo de Artenara, D. Pedro González. Hacia el final de su episcopado, encomienda la dirección de dicho seminario a los Padres Jesuitas, quienes llevan a la institución a ser considerada uno de los centros culturales y educativos principales de la región, llegando a contar con más de 50 alumnos.

 

De igual manera, acomete la reforma del Cabildo Catedral, el cual, si bien ya se encontraba mermado al momento de su llegada a Las Palmas de Gran Canaria, tras la epidemia de Cólera Morbo, hacia 1853, sólo lo componía un canónigo, el Doctoral Graciliano Afonso.

 

Sus gestiones en la Corte consiguen recomponer el Capítulo, ocupándose todas las prebendas clérigos bien formados intelectual y pastoralmente, como lo fueron el Arcediano Rafael Monje o los hermanos Jacinto y Rafael Pantoja.

 

El hecho de ocupar la sede episcopal, no hizo que D. Buenaventura Codina dejara de lado su espíritu misionero, todo lo contrario. Ya, durante su viaje a Canarias se había hecho acompañar por D. Antonio María Claret y Clará, sacerdote del clero secular que sería beatificado en 1934, y canonizado en 1950 por el Papa Pío XII; con la intención de que desarrollara su labor misional en la diócesis, trabajos que comienza el 20 de marzo de 1848 en la Catedral de Canarias, y que se vieron respaldados siempre, por la labor del propio Obispo Codina, quien colaboraba con él en las explicaciones de la doctrina cristiana e impartiendo el sacramento de la penitencia.

 

Durante el mes de junio de 1851, se declara en Las Palmas de Gran Canaria una epidemia de "cólera morbo" que al parecer había sido importada desde la isla de Cuba, epidemia que se hace oficial el día 8 de ese mismo mes, provocando la huida de gran parte de la población, así como de las autoridades civiles, militares y judiciales hacia los pueblos del interior de la isla de Gran Canaria.

 

El Obispo Codina se pone al frente del clero de la capital grancanaria, distribuyendo la Unción de Enfermos por todos los barrios de la ciudad. Fallecidos varios capellanes del Hospital de San Martín, él mismo decide sustituirles, pasando todo el día ejerciendo, además, como enfermero.

 

Por fin, el 9 de agosto se da por terminada la epidemia, quedando la población de Las Palmas reducida a la mitad, y ocasionando una grave miseria, siendo tan grande la necesidad de alimentos que el hambre comenzaba a hacer estragos. Para hacer frente a esta nueva plaga, D. Buenaventura nombra una Junta de la que, aunque ya era el máximo sostén del hospital; se constituye como primer benefactor.

 

Su entrega a los más necesitados fue tan lejos, que cuando le fue concedida la Gran Cruz de Isabel la Católica, por parte del Gobierno de Isabel II, se lamentó diciendo que "ese dinero estaría mejor empleado en los pobres de su obispado", manifestándose satisfecho al llevar al cuello su cruz de madera.

 

Finalmente, y como consecuencia de un accidente sufrido en la parroquia de Tafira, se le declaró una hidropesía que le llevó a la muerte el 18 de noviembre de 1857.

 

En 1978 se procedió a la exhumación de sus restos mortales, los cuales habían sido sepultados en la cripta de la Catedral de Canarias ciento veinte años antes. Su cuerpo se mostró incorrupto, vestido de manera muy austera, y llevando al cuello aquel sencillo crucifijo que había preferido al otro, más rico, que le había ofrecido la Reina Isabel II.

 

Hoy se exhibe en la Capilla de Ntra. Sra. de Los Dolores de la Catedral de Canarias.

 

Toponimia del lugar

La toponímia “El Calero”, según el Dr. Hernández Benítez, en su libro “Telde”, le viene de ser un lugar donde abundan las piedras de cal.

 

No obstante, según se desprende de otros documentos posteriores, al parecer en este lugar existía un horno de cal, al igual que en El Goro y en los Hornos del Rey.

 

Fueron estos hornos controlados por el poder gubernativo en los inicios del siglo XVII y hasta llegado el final del siglo XIX, dado que de los mismos se obtenía el preciado material para construir los edificios. Se regentaban al parecer por concesiones anuales en subasta.

 

Dejaron de trabajarse los mismos cuando al final del siglo XIX se descubre y fabrica el cemento que junto a la arena forma el mortero para enlucir, así como con la piedra formar el aglomerado para las estructuras y los forjados con hormigón.

 

Esta zona marcó desde principios del siglo XIX un imaginario límite entre los cultivos de la platanera –propio de terrenos de regadío- y el del tomatero –más adaptable a la modalidad de secano y a la constitución del propio suelo, con alto índice de alcalinidad-

 

También fue una zona propia para el cultivo de la vid a finales del siglo XIX, cereales y hortalizas, cultivos que generalmente se intercalaban en el de los tomateros, manteniendo esta tipología hasta mediados del siglo XX, fecha en la que acaba el esplendor de los ciclos de los cultivos de la platanera y el tomatero.

 

Finalizado el esplendor de la agricultura, sucede como siempre, se dejan de cultivar los terrenos y se urbanizan los mismos, en poco tiempo su superficie es ocupada por viales, zonas de dominio público o edificaciones, como testimonio fiel de la evolución social pero, que en este como en otros tantos lugares, choca frontalmente contra la reserva del espacio medioambiental que, aquí y en cualquier otro caso, carece de ella.

 

Efemérides

Un día tal como hoy, se cumplen 275 años, de aquel 29 de Octubre de 1740, día en el que desembarca un corsario inglés, con cincuenta y cinco marineros fuertemente armados, en la zona del actual Gran Tarajal y saquea la zona camino de Tuineje y su iglesia de San Miguel. Una milicia formada por vecinos de la región, dirigida por el Teniente Coronel Sánchez Umpiérrez, sale a su encuentro. El armamento de la milicia canaria se reducía a piedras y palos que históricamente han manejado con tanta maestría los isleños. El enfrentamiento es inevitable en la batalla de El Cuchillete, donde los ingleses resultan derrotados. El resultado es la muerte de 33 de los 55 soldados desembarcados y la captura del resto.

 

Sucedió hace ahora mismo 86 años, es decir el 29 de octubre de 1929, que este día pasará a la historia como el del "crack del 29" o "martes negro", cuando el índice de la Bolsa estadounidense en Wall Street cae a plomo, perdiendo los inversores miles de millones de dólares. El crack ha sido consecuencia de un periodo de especulación salvaje unida a la proliferación de la deuda, además de un exceso de préstamos de grandes bancos que no pueden liquidarse. Los valores industriales descenderán entre 1929 y 1932 de 452 a 58, la producción industrial caerá en un 54 %. El paro subirá a una cifra récord sin que la protección social aumente. Tras este día, el mundo industrializado entrará en una espiral de Gran Depresión en la que el desempleo, el hambre y el malestar social durarán una década. El mercado neoyorquino se desplomó y los suicidios fueron una constante.

 

Contemplando este amanecer y pensando en cada una de las temáticas tratadas en nuestra crónica de hoy, pensamos en la diversidad de expresiones y formas de actuar del ser humano, ante las diferentes circunstancias que se dan en su vida.

 

De una parte el sacrificio y entrega por parte del obispo Buenaventura Codina en pos de sus feligreses, arriesgando su vida y renovando las costumbres que se seguían en la diócesis canaria. Tanto que en una de ellas termina sufriendo un accidente que le llega a costar la vida, todo un ejemplo de entrega a la causa de su devoción.

 

Por otra parte, tenemos la unidad y bravura del pueblo majorero, con unas milicias desarmadas, en las que el arma más contundente era el espíritu de lucha por defender su tierra y a su gente, que llega a derrotar a las fuerzas inglesas mejor armadas y profesionales en las acciones bélicas.

 

Por último, hemos visto en más de una ocasión textos y fotos de el gran desastre que se dio en ese tristemente denominado “crack del 29” y las consecuencias que ello se derivó, el hambre, los suicidios, el paro y la miseria que sobre el país más rico de entonces, se llegó a cernir como si de una plaga se tratara.

 

Tal vez la primera de las desgracias viene producida por la propia naturaleza, al confluir en la carencia de medios y medidas sanitarias la propagación de enfermedades y epidemias. En la segunda y la tercera, es la influencia nefasta del ser humano en su comportamiento social, de una parte el tratar de invadir una tierra ajena como fue el caso de los ingleses y en la segunda un incontrolado gasto y falta de medidas reguladoras en el desarrollo de la economía que llevaron a la ruina a muchos ricos hacendados.

 

Por lo general, la falta de cordura en el ser humano en su comportamiento para con sus semejantes y la falta de respeto o de caridad, suelen desembocar en inhumanas consecuencias.

 

Dejamos aquí nuestra intervención de hoy, nos echamos la gena a la espalda y emprendemos una nueva caminata para dirigirnos a otro lugar, nos vamos hacia el Norte, concretamente a la Urbanización Valle de Jinámar, donde visitaremos la calle Obispo Diego de Muros, con el fin de saber algo más del lugar de su emplazamiento y sobre este personaje histórico, pero bueno, eso... será en la próxima ocasión, si Dios quiere, allí nos vemos. Mientras tanto cuídense por favor.

 

Sansofé.

 

Comentarios

  • Luis A. López Sosa
    03/11/2015 - 23:32

    No ha lugar dar las gracias, ya que, la trasmisión cultural es una obligación del ser humano hacia sus semejantes y esta fue la filosofía con la que asumimos el compromiso hace una década en los inicios de este periódico digital al servicio de la ciudadanía. Me honra el reconocimiento, pero les pertenece a cada uno de los lectores por igual.

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  • Un seguidor.
    30/10/2015 - 08:28

    Don Luis A. López Sosa, muchísimas gracias por su trabajo. Que importante es conocer las historias que se encuentran detrás de cada nombre de nuestras calles y que, en bastantes casos, desconocemos. Sr. López Sosa, no deje usted de publicar las indagaciones en la Historia que lleva a cabo porque, además de interesantes y entretenidas, también enriquecen el conocimiento cultural de cada habitante que espera y lee sus artículos. Una vez más. muchísimas gracias.

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